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Era de noche

Cerca de las once pm.

Camila · 2025-08-12 12:14 · 0 claps · 2.2 min read
#pudor #fantasia #misterio #desorden #caos
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Era de noche

Cerca de las once pm.

El cuarto estaba sumido en una penumbra que respiraba conmigo. La cama me recibió como un animal tibio y paciente, guardando mi olor en cada pliegue de la sábana. La humedad que mi cuerpo produce se despegaba de mi piel. Ésta cama, es una extensión de mí misma. Todo estaba en calma. El teléfono vibró.

Un solo mensaje. Lo abrí.

Era una imagen negra, sin forma ni luz. Un vacío. “Sabías que querías hablarme. Solo no sabías cómo”, respondí.

Y entonces comenzó. Una secuencia de mensajes llegó como un goteo irregular: cortos, inquietantes, crípticos. Palabras que parecían arrancadas de un sueño febril o de un rincón olvidado de mi mente. Mensajes que olían a óxido, como si hubieran sido escritos desde un sótano húmedo, en un idioma que solo yo podía entender.

Ese lugar… Ese que evito habitar, donde las paredes están cubiertas de sombras que se mueven aunque no haya luz. Allí viven mis deseos más sucios, los que desgarran y lamen a la vez. Allí las fantasías tienen dientes, y no les importa si la carne que muerden es la mía o la suya.

No es arrogancia. Es certeza. La certeza de lo que he sido, de lo que soy… y de lo que algún día seré.

Él está hecho de grises. Su cabello negro y ondulado podría engañar a cualquiera; no, no es adorable, habrán otras mujeres y yo, que sabemos que bajo esa textura suave hay un nudo enmarañado y húmedo. Un hombre herido. Sus gafas no son un adorno: son una trampa. Una puerta falsa que esconde algo viscoso y afilado a la vez. Sus peticiones llegan de a poco, pero siempre pesan. Son como piedras sumergidas: no las ves, pero si entras al agua te golpean las piernas. Llenas de moretones saldrán.

Puedo sentirlo sin tocarlo. El filo frío de una navaja trazando una línea en su mejilla. El suspiro áspero que le arrancaría. La sangre, tibia, lenta, dibujando caminos sobre la piel, mezclados con el olor metálico que flota en el aire. Él lo agradecería, lo suplicará.

Él ya lo sabe. Yo ya lo sé.

Todo esto podría ser placer si se sabe dónde tocar, qué cortar, qué herir. Pero yo soy adicta a cuerpos que se evaporan, a esos que probablemente nunca más volveré a tocar. A esas pieles que poco a poco se disuelven en deseos, como si fueran humo. A voces que nunca vuelvo a escuchar. Quizá por eso me intriga. No lo conozco, y creo que nunca lo haré. Sin embargo, él pareciera conocerme desde hace demasiado tiempo.

Este chico, que calcula como un cirujano, parece entender la precisión de los daños.

Calcula, deduce, podría seducirte si así lo quisiera pero él sólo ensambla hilos invisibles con una precisión quirúrgica. Detrás de cada mensaje que textea, detrás de esa capacidad lógica, sé que se esconde algo más. Algo que huele a óxido, a sudor y a peligro. Teje frases con puntadas invisibles, pero firmes, como si fueran suturas. Y en cada punto, hay algo más. Un temblor. Un silencio que no se puede medir, ese silencio, son las preguntas que llegan en forma de una constante a mí.

A veces pienso que ya no es él quien me escribe. Que en algún momento la pantalla se convirtió en un espejo. Y que lo que veo no son sus mensajes, sino los míos.


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