El 48
A Cristina la conocí a mediados de 2018. Conseguí su número de teléfono a través de un amigo que en ese momento trabajaba en la…
El 48

Un momento de la visita guiada nocturna en el cementerio de La Plata.
A Cristina la conocí a mediados de 2018. Conseguí su número de teléfono a través de un amigo que en ese momento trabajaba en la Municipalidad de La Plata.
Era una época lejana en la que todavía creía en el periodismo: vivía mis días pensando en qué historias podría contar, con quiénes hablar, cómo hacer para contactarlos, cuántos diarios debía consultar en archivos y hemerotecas, qué libros debía rastrear, qué imágenes ilustrarían mis notas, qué palabras iba a elegir para escribir las oraciones.
Después empecé a darme cuenta que en los medios de comunicación todo se fue al carajo y ahora no tengo esas mismas ganas.
Pero en ese momento tenía. Y quería hablar con Cristina porque Cristina era -sigue siendo- la mujer que más sabe de muertos en La Plata. Así titulé aquella entrevista con Cristina Espinosa, la señora de 78 años que encabeza las visitas guiadas por el cementerio platense y que respondió a mi primer llamado con mucha amabilidad.
Me gustó escribir aquella nota y por eso hoy, seis años después volví a llamarla, ahora para entrevistarla en el programa de stream -creo que se dice así- en el que participo cada quince días con una columna que se llama Aguafuertes platenses, con el perdón del bueno de Roberto Arlt.
— ¡Vos sos el que puso que yo era la mujer que más sabía de muertos! — me dijo ahora cuando nos vimos, media docena de primaveras después.
Cristina hace catorce años se dedica a dirigir estos recorridos por uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, construido en 1886 e inaugurado un año después. Son caminatas que captan la atención de mucha gente que completa enseguida los cupos de inscripción, por eso son tan multitudinarias y exitosas. Las más cautivantes son las visitas guiadas nocturnas.
Mi primer intento para participar de una de esas recorridas bajo la luz de la luna fue hace seis años, pero llegué tarde y me quedé afuera. Después me pasó lo mismo una, dos y tres veces. Luego vino la pandemia y me olvidé.
Ahora que revivimos esta historia con Cristina en el programa de stream y esta nueva entrevista generó una gran repercusión en los oyentes -no sé si se les dice oyentes-, ella tuvo que agregar al menos tres visitas guiadas nocturnas a la única que tenía pensada hacer en septiembre, porque recibió decenas de solicitudes en sus redes sociales y varios mensajes a su teléfono con pedidos para participar, que excedían el cupo máximo de cincuenta personas.
Eso me lo contó al día siguiente. Me envió un mensaje de voz por WhatsApp en el que dijo que estaba muy contenta porque nunca le habían llegado tantas consultas como en ese momento.
Días después vi de casualidad en sus redes un flyer con el anuncio de una nueva visita guiada nocturna. Me anoté, pagué y me llegó la confirmación de mi cupo. Finalmente iba a participar de un recorrido de noche entre los muertos, tras seis años de espera.
La tardecita del 7 de septiembre se fue con una brisa primaveral, de esas en las que uno duda si ponerse o no un pequeño abrigo. Me puse, porque en el cementerio a la noche refresca.
Cristina estaba hablando con su compañera de aventuras, que también se llama Cristina. Comían unas facturas que ella guardaba en su Volkswagen Gol gris. Me ofreció una y cuando abrió la caja me fue imposible no agarrar una rellena con dulce de leche. Hablamos de lo que había pasado la tarde anterior en su casa con un risotto, de sus charlas con un alemán que le escribía desde Europa, de cómo se vendía su libro y de las pilas de repuesto que había preparado para el equipo de audio que la acompañaría durante las siguientes dos horas bajo las estrellas.
A esta visita concurrieron setenta y cinco personas. Son muchas, me dice en secreto Cristina, siempre maquillada y elegante con uno de sus sombreros que la distinguen entre el resto.
Después de la bienvenida a todo el contingente, la mujer que más sabe de muertos comenzó formalmente con la visita: micrófono en mano habló sin parar de Dardo Rocha, de Pedro Benoit, de que diagonal 74 nace en el río -que es la vida- y termina en el cementerio -que es la muerte-, de los estilos arquitectónicos neogótico, neoclásico, art nouveau, art decó, del modernismo catalán y del egipcio, de los masones y de muchas de las personalidades que descansan bajo esta tierra y los platenses desconocemos.
La recorrida fue vigilada de cerca por dos perros que viven entre los espíritus y siempre siguen los pasos de Cristina, incluso cuando la guía recibió tiempo atrás a uno de los hermanos de Susana Giménez, que vaya a saber uno porqué había venido a hacer una nota: cuando preguntó el nombre del perro que lo seguía a todos lados no se animaron a decirle que se llamaba como él, Patri.
Conocimos la historia de Dante Pelanda Ponce, de la maestra Morcillo, de los integrantes de las logias Luz y Verdad y La Plata 80, del Negro Platero, de José Podestá, de Almafuerte, de Florentino Ameghino, de Alejandro Korn, de Carlos Spegazzini, de Juan Vucetich, de los arquitectos Rótolo y Coutaret, de los creadores del Hospital Italiano y la Escuela Italiana y muchos mitos de la época fundacional de la ciudad, siempre relacionados a la cuestión de la masonería.
El paseo de casi dos horas es un monólogo de Cristina, que es una estudiosa de la vida de todos los que están descansando desde hace décadas en este cementerio. No hay fantasmas, no hay ruidos extraños, no hay muertos vivos, no hay túneles ni extraterrestres. Es un recorrido distinto que vale la pena hacer, es un disparador para todo aquel que quiera seguir leyendo sobre la historia de La Plata y sus personalidades.
Las únicas luces que alumbran la visita son las de un par de linternas y la de la luna. En el cementerio no hay una sola lámpara que funcione. Y esto, sumado a las baldosas flojas, a las paredes despintadas, a las bóvedas rotas, a las puertas a medio cerrar con cadenas y candados oxidados, a las ventanas estalladas y a la obra inconclusa en la entrada -con media avenida 131 clausurada-, configuran el escenario ideal para alguna remake de Alfred Hitchcock o Stephen King.
Pese a las buenas intenciones de Cristina, las mejoras edilicias no dependen de ella. Lo intenta, pero no logra que alguna de las partidas de la Municipalidad sea destinada a la compra de lamparitas. No fui al baño, pero algo me dice que a esa partida se le podría sumar un rollo de papel higiénico y ni hablar de otra adquisición de lujo: un jabón.
La gente se va contenta. Todos la saludan y varios hacen fila para comprarle su libro sobre masonería. Ahora está escribiendo otro en el que cuenta concretamente las historias de los difuntos.
El que quiera participar de estas visitas o preguntarle lo que sea, ella pide que la agreguen a su cuenta de Facebook.
Ya es de noche y ahora sí que se siente un silencio sepulcral. El de todas las noches. Nada raro, los muertos que hablan están descansando.
— Miedo hay que tener de la puerta para afuera, acá adentro no pasa nada — dice al micrófono, previo a los aplausos, la mujer que más sabe de muertos en toda la ciudad.
메타데이터
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- 2026-09-01 07:40:09