Falla.
Créeme, lo que digo tiene sentido. Fallar no es un enemigo, es un maestro disfrazado. Yo mismo he fallado incontables veces, y cada…
Falla.
Créeme, lo que digo tiene sentido. Fallar no es un enemigo, es un maestro disfrazado. Yo mismo he fallado incontables veces, y cada tropiezo me ha enseñado más que cualquier éxito inmediato. Fallar, aunque duela, ha sido probablemente lo mejor que me ha pasado en la vida.
Para entenderlo mejor, quiero contarte dos historias. La primera es la de Jaimito. A Jaimito le gustaba escuchar ópera, comer saludable y tenía un talento natural para la pintura. Sin embargo, no era del todo consciente de su habilidad: a veces lo alababan, otras lo criticaban, y él solía compararse con artistas que parecían mejores. Un día, mientras pintaba en su habitación, su madre entró y le dijo: “Tus cuadros son hermosos, deberías venderlos”. Jaimito, motivado por el deseo de comprarse una PlayStation 5 para jugar GTA VI, decidió intentarlo. Llevó sus pinturas a la escuela. Algunos compañeros lo felicitaron, aunque no pudieron comprarle nada. Uno sí lo hizo, y eso lo llenó de ilusión. Pero pronto llegó la crítica: “Qué pintura más mala. Ni aunque fuera millonario la compraría. Deja de vender eso”. Al principio Jaimito no le dio importancia, pero al llegar a casa y ver que solo había vendido una pintura, la duda lo invadió. Pensó que quizá no era tan bueno. Desde entonces, nunca volvió a vender.
La segunda historia es la de Pablito. A él le gustaba el lofi, comía lo que fuera y pasaba horas viendo videos en YouTube. Tanto le apasionaba que decidió crear los suyos. Al principio lo hacía por diversión, pero pronto quiso números: suscriptores, vistas, reconocimiento. Subió videos durante un mes y nada. Dos meses, nada. Tres meses, apenas veinte suscriptores. Aun así, siguió. Probó de todo, sin resultados inmediatos. Estuvo a punto de rendirse, pero recordó que hacer videos lo relajaba. Y entonces, a los seis meses, llegaron sus primeros cien suscriptores. Decidió celebrarlo con un video especial. Para su sorpresa, obtuvo mil vistas en un día, cinco mil al segundo, quince mil en una semana. En poco tiempo alcanzó mil suscriptores. La felicidad era inmensa, aunque también llegaron los haters. Uno en particular lo atacaba constantemente. Pablito se desanimó, pero pronto notó que también tenía seguidores fieles: gente que lo aconsejaba, que lo animaba, que valoraba su trabajo. Se enfocó en ellos. Con constancia, al cabo de un año, alcanzó los cien mil suscriptores.
La diferencia entre Jaimito y Pablito es clara. La historia de Jaimito terminó pronto. La de Pablito fue larga, llena de tropiezos, pero también de perseverancia. Esa es la diferencia: la constancia. Muchos abandonan por un mal comentario o por no ver resultados inmediatos. Pero todo logro requiere tiempo y repetición.
Fallar no es perder: es descartar posibilidades. Cada intento fallido acerca más al éxito. Si lanzas una moneda una vez, puede salir cara o cruz. Si la lanzas muchas veces, tendrás múltiples caras y múltiples cruces. La probabilidad de obtener lo que buscas aumenta con la repetición. Lo mismo ocurre con los sueños. Si quieres cien mil suscriptores, debes pasar por los 99,999 anteriores. Cada paso cuenta. Al principio ganarás de uno en uno, luego de diez en diez, después de cien en cien. El fracaso multiplica las oportunidades.
Fallar es necesario. Es parte del camino. Cada error es un descarte, un paso más cerca de la meta. Este libro mismo podría ser una falla, o quizá un acierto. Pero lo importante es intentarlo. Así que te lo digo con certeza: falla un millón de veces, y verás que lo conseguirás.

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