¿Qué ocurre después de rechazar el oro?
El caso de Tambogrande enseña que las victorias sociales no son puntos de llegada, sino hitos dentro de procesos de largo aliento. La…
¿Qué ocurre después de rechazar el oro? Veinte años después del conflicto minero en Tambogrande, Piura
El caso de Tambogrande enseña que las victorias sociales no son puntos de llegada, sino hitos dentro de procesos de largo aliento. La capacidad de una comunidad para defender su territorio no garantiza automáticamente su capacidad para construir alternativas de desarrollo sostenibles. Para ello, se requieren políticas públicas que reconozcan, sostengan y distribuyan las capacidades organizativas de las comunidades; alianzas estratégicas que no se retiren abruptamente tras el triunfo; y mecanismos de transmisión intergeneracional que permitan que la memoria sea una herramienta viva de agencia política.

Panel conmemorativo por los 20 años de la consulta vecinal, 2022. Fuente: CooperAcción
El caso de Tambogrande es emblemático en la historia de los conflictos socioambientales latinoamericanos. En 2002, este distrito piurano realizó la primera consulta vecinal contra un proyecto minero en el continente, logrando que más del 98% de los ciudadanos rechazara la presencia de la transnacional Manhattan Minerals. La victoria, unida a un robusto movimiento social, fue celebrada internacionalmente como un hito de la democracia participativa y la defensa del territorio. Así, la minera se retiró oficialmente en 2005.
Pero, ¿qué ocurre veinte años después de aquella victoria? Esta fue la pregunta central de una investigación sociológica reciente en la que, a través de más de treinta entrevistas, líneas de tiempo y observación participante, busqué comprender el impacto de la memoria colectiva en el tejido cívico de Tambogrande. Los hallazgos, presentados a continuación, revelan un panorama complejo y, en varios sentidos, paradójico, donde esta victoria pionera convive con una memoria más heterogénea, cerrada y disputada de lo que pudiera creerse inicialmente.
Como se mencionó anteriormente, la resistencia contra Manhattan Minerals fue un movimiento social sólido, articulado desde el Frente de Defensa del Valle de San Lorenzo y Tambogrande, con apoyo de organizaciones nacionales como Cooperacción, la Iglesia Católica e internacionales como OXFAM. Aquí, se presentaba una clara alternativa económica: la agricultura de pequeña escala, y se consolidó una identidad colectiva en torno al lema “agro sí, mina no”.
Sin embargo, dos décadas después, el panorama es otro. Los líderes entrevistados coinciden en describir el estado actual de la organización ciudadana con palabras como “dejadez”. Lejos de haberse consolidado como un polo de desarrollo agrario alternativo, Tambogrande muestra signos claros de desmovilización, como, por ejemplo, la menor participación cívica, la toma de poder por parte de activistas líderes y el escaso relevo generacional. La literatura sociológica ha denominado a este fenómeno como un proceso en el cual los movimientos sociales, lejos de desaparecer, adoptan formas no confrontativas de acción debido a cambios en el contexto político y económico (Lapegna, Paredes & Motta, 2023). En América Latina, la desmovilización no implica necesariamente derrota o apatía, sino una reconfiguración de las estrategias de lucha bajo nuevas condiciones. Tambogrande condensa varios de estos mecanismos, mostrando que la victoria puede ser el inicio de nuevos tipos de tensiones, y no su fin definitivo.

Calles de Tambogrande con inscripción que la identifica como la tierra del mango y limón. Fuente: fotografía de la autora
La investigación identifica varios procesos que explican este cambio. En primer lugar, el reconocimiento institucional de los líderes antimineros. Con ello se refiere a que varios líderes pasaron a ser alcaldes y ocupar cargos públicos. Ello, si bien permitió mantener ciertas agendas agrarias en la municipalidad, terminó desarticulando las instancias autónomas de base. El Frente de Defensa, columna vertebral de la resistencia, fue perdiendo fuerza a medida que sus principales cuadros asumían cargos. Sin embargo, la poca articulación se debió, entre varios factores, a una fragmentación dentro del propio movimiento social respecto a la legitimidad de que diversos líderes hubieran generado partidos políticos luego del conflicto. Ello llevó a que se percibiera que la organización se estaba instrumentalizando.
En segundo lugar, la glocalización de la protesta, compuesta por las alianzas con redes internacionales mencionadas antes, resultó un arma de doble filo. Si bien potenció el conflicto en su momento de auge, las organizaciones transnacionales se retiraron tras la victoria, dejando un vacío organizativo y una sensación de agradecimiento y abandono entre la población. Si bien sería importante realizar más entrevistas a este sector, preliminarmente este retiro parece haberse debido a que varias de ellas no buscaron crear efectos en la población. Más bien, lo sustancial era asegurar la resistencia a la mina, aunque con recursos limitados para ello. Una vez que esto ocurre, aparecen otras prioridades, cada un con sus propias problemáticas.

Fuente: Blog Lamerolica
En tercer lugar, la falta de relevo generacional se ha convertido en un problema estructural. Los líderes históricos, muchos de ellos que superan los sesenta años, continúan ocupando los principales cargos de poder. Y esto cae de una intuición sencilla de entender: si en un distrito se ha demostrado que los líderes tuvieron resultados valiosos, ¿cuál sería la necesidad de cambiarlos si, además, ellos quieren seguir? Para estos líderes, seguir en la política fue potenciado por el orgullo de haber sido parte de la victoria, mientras la población no tenía muchas razones para dudar de su habilidad y capacidad de trabajo hacia el territorio. Es entonces que ellos ya no solo acumularon la experiencia de los inicios de los 2000 (teniendo varios de ellos experiencia previa en política), sino que también siguieron acumulando capital político y redes años después. Esta situación genera un círculo vicioso: los jóvenes no logran insertarse sin la aprobación de los mayores, quienes, como se mencionaba en el primer punto, son quienes han ocupado la representación institucional, y los mayores no terminan de ceder el paso por prejuicios sobre la juventud.
En esa línea, una pregunta surge: ¿cómo se recuerda un proceso histórico tan relevante como este para un distrito? Lo primero que debo decir es que uno de los hallazgos más reveladores es que la memoria del conflicto, lejos de ser un patrimonio cohesionador para toda la comunidad, se ha convertido en un recurso disputado y, en ciertos casos, desgastado. El lema “agro sí, mina no” ha sido utilizado recurrentemente por candidatos y autoridades como “caballito de batalla”. Es visto por la población como si fuera la posición perfecta para capturar votos y genera en ella una percepción de instrumentalización política. Así, me decían: “Ya la gente ve el tema minero como el caballito de batalla, pero no hay propuesta, no hay acción”. Esta desconfianza ha erosionado la legitimidad de los liderazgos históricos y ha contribuido a la fragmentación del tejido cívico.

Mural en Tambogrande. Fuente: fotografía de la autora
En esa línea, se evidencia que la memoria colectiva, lejos de ser un archivo estático del pasado, es una construcción social activa atravesada por relaciones de poder, disputas y procesos de resignificación (Nora, 1989; Simko, 2021). Es aquí donde, en contextos de posconflicto, los artefactos de la memoria, como monumentos, libros, obras de teatro y conmemoraciones, funcionan como mediadores que concentran significados sociales y afectivos (Mendoza García, 2014). Sin embargo, su permanencia no está garantizada: requieren políticas públicas, financiamiento y voluntad política para sostenerse.
Los artefactos de memoria que existen los he buscado registrar en fotografías: estatuas, instituciones como la Casa del Agricultor, conmemoraciones anuales, etc. Estos han tenido una suerte desigual. Cuando los artefactos son abandonados, removidos o politizados, la memoria no desaparece del todo, pero se vuelve frágil, fragmentada y disputada. En Tambogrande, la estatua de la familia movilizada fue enviada al basurero por una gestión municipal y la Casa del Agricultor permanece casi cerrada. Estos “nonumentos” son testimonios fallidos de un relato triunfante y revelan las tensiones irresueltas de una sociedad que no logra ponerse de acuerdo sobre qué y cómo recordar (Benjamin, 2024). Entonces, varios están dejados de lado. Algunos han sido removidos por disputas políticas y otros permanecen, pero con escasa convocatoria o sentido para las nuevas generaciones.

Estado actual de los monumentos en Tambogrande. Fuente: fotografía de la autora
Un punto que me sorprendió fue que la mayoría de los jóvenes entrevistados afirmó no haber aprendido sobre el conflicto en sus centros de estudio, y solo algunos lo hicieron por iniciativa propia. Sin embargo, la gran mayoría menciona que ellos y sus colegas han aprendido de la movilización de hace 20 años recién al insertarse en política. Cuando busqué ahondar en ello, algunos docentes entrevistados confesaron que, a pesar de considerar relevante enseñar la historia de la resistencia contra Manhattan, evitan hacerlo por miedo a ser acusados de adoctrinamiento, de politizar la educación o, en el lenguaje local, de ser “terruqueados”. Esto llama la atención en un distrito que, en general, sí tiene tendencia hacia la izquierda y que tuvo una movilización basada en lineamientos internacionales y sin saldo de fallecidos del lado contrario. “Creo que ahí hay mucho tabú todavía — señaló una profesora — , piensan que hablar de eso es politizar. Como no te hablan de terrorismo, no te hablan de todas esas cosas”. Así, la escuela, que podría ser un espacio privilegiado para la transmisión intergeneracional de la memoria en el mismo distrito, se convierte en un espacio de omisión.
Adicionalmente, cabe resaltar que esta fragilidad de la memoria no es casual ni atribuible únicamente a la voluntad de los actores locales. En un país altamente centralista como el Perú, los distritos rurales como Tambogrande enfrentan una precariedad estructural que condiciona sus posibilidades de acción. Los presupuestos que llegan por transferencia tienen destinos ya definidos, como agua, limpieza pública, serenazgo, y los ingresos propios son escasos. Como señaló una autoridad local, “para hacer acciones como el museo, la memoria, acciones de tipo cultural, te ves un poco limitado”. Sin fondos públicos ni privados sostenidos (como los de ONGs), la promoción de la memoria y la implementación de proyectos de desarrollo alternativo se vuelve complicadas. A ello se suma la vulnerabilidad económica de los propios líderes: campesinos y campesinas que enfrentan enfermedades, violencia de género o la urgencia del sustento diario. En ese contexto, escribir la historia, mantener un museo o formar a las nuevas generaciones se convierte en un lujo que pocos pueden costear. Ello permite reflexionar sobre cómo, por ejemplo, continentes como Norteamérica o Europa son los que más cuentan con espacios de memoria. En contraste, en el Sur Global, pensar en aspectos emocionales, de trauma y posconflicto suelen quedar relegados, especialmente en casos como el de Tambogrande, que parecen tener finales felices.
Además, la memoria se encuentra en un campo afectivo complejo. Las emociones juegan un papel central en la persistencia o el repliegue de los movimientos sociales. Los sentimientos son fuerzas que movilizan, sostienen o paralizan a los sujetos colectivos (Jasper, 2011). Quizás el hallazgo más significativo es que, para los líderes y lideresas de Tambogrande, el conflicto minero nunca terminó del todo. A pesar de la victoria formal de 2002, la amenaza extractiva se ha mantenido latente, como muestra el propuesto proyecto minero Arcoíris o El Algarrobo, promovido por Compañía de Minas Buenaventura y confirmado a finales de 2025. Esto ha configurado un clima emocional marcado por el orgullo (por haber logrado el retiro de una mina que pocas comunidades consiguen), la desilusión (porque el desarrollo agrario prometido no se materializó) y la desconfianza (hacia líderes, instituciones estatales y, en algunos casos, hacia la propia comunidad). Los líderes entrevistados expresan sentimientos encontrados. Por un lado, se sienten orgullosos de haber derrotado a una transnacional. Por otro, reconocen que la victoria no se tradujo en transformaciones estructurales. A ello se suma la culpa retroactiva (Elster, 2003). Muchos líderes reconocen que debieron haber continuado organizándose después del triunfo, pero no lo hicieron, lo cual también les desmotiva por creer que ya es “muy tarde”.

Monumento en Tambogrande. Fuente: fotografía de la autora
El resultado es una subjetividad política ambivalente, donde el pasado se recuerda con nostalgia; el presente, con frustración; y el futuro, con incertidumbre. “Ganamos la batalla, pero la guerra continúa”, resume una lideresa. Se ganó contra la minera Manhattan, pero, desde su punto de vista, se siente interminable el enfrentamiento que perciben los líderes opositores al modelo extractivista que sigue buscando establecerse en Tambogrande desde concesiones mineras. Esta ambivalencia afecta la disposición a movilizarse y la capacidad de articular proyectos colectivos. Cuando uno está en duda, es difícil que busque actuar e invertir tantos recursos, sobre todo para personas que, como decíamos antes, tienen además trabajos precarizados.
El caso de Tambogrande enseña que las victorias sociales no son puntos de llegada, sino hitos dentro de procesos de largo aliento. La capacidad de una comunidad para defender su territorio no garantiza automáticamente su capacidad para construir alternativas de desarrollo sostenibles. Para ello, se requieren políticas públicas que reconozcan, sostengan y distribuyan las capacidades organizativas de las comunidades; alianzas estratégicas que no se retiren abruptamente tras el triunfo; y mecanismos de transmisión intergeneracional que permitan que la memoria sea una herramienta viva de agencia política.
La investigación concluye que, veinte años después, Tambogrande se encuentra en una encrucijada. Su tejido cívico se sostiene en la defensa reactiva, más en la vigilancia constante ante nuevas concesiones mineras que en la implementación de transformaciones estructurales. La consigna “agro sí, mina no” opera hoy como una identidad colectiva desgastada que legitima ciertas posturas, pero que también excluye nuevas formas de participación.
Para terminar, quiero dejar en claro que esta investigación no debe verse como un diagnóstico pesimista. Los líderes entrevistados mantienen una vocación de servicio inquebrantable. Los jóvenes, a pesar de los obstáculos, buscan hacerse un lugar. Y la memoria del conflicto, aunque disputada y fragmentada, sigue siendo un recurso moral y emocional al que la comunidad apela. Es entonces que existen aspectos que pueden trabajarse aún en esta sociedad. La pregunta abierta es si logrará transformar ese legado en un proyecto de futuro compartido.
Daniela Martuccelli García
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Bibliografía Benjamin, E. (2024). Monuments and ‘nonuments’: A typology of the forgotten memoryscape. Memory Studies, 17506980241255079. https://doi.org/10.1177/17506980241255079.
Elster, J. (2003). Emotions and Transitional Justice. Soundings: An Interdisciplinary Journal, 86(1), 17–40.
Jasper, J. M. (2011). Emotions and Social Movements: Twenty Years of Theory and Research. Annual Review of Sociology, 37(1), 285–303. https://doi.org/10.1146/annurev-soc-081309-150015.
Lapegna, P., Paredes, M., & Motta, R. (2023). Demobilization Processes in Latin America. En F. M. Rossi (Ed.), The Oxford Handbook of Latin American Social Movements (1.a ed., pp. 283–300). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oxfordhb/9780190870362.013.44.
Mendoza García, J. (2014). La configuración de la memoria colectiva: Los artefactos. Por caso, la escritura y las imágenes. Entreciencias: Diálogos en la Sociedad del Conocimiento, 2(3), 103–119. https://doi.org/10.21933/J.EDSC.2014.03.041
Nora, P. (1989). Between Memory and History: Les Lieux de Mémoire. University of California Press, 26, 7–24.
Simko, C. (2021). From Legacy to Memory: Reckoning with Racial Violence at the National Memorial for Peace and Justice. The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science, 694(1), 157–171. https://doi.org/10.1177/00027162211011604.
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