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Entre dos esquinas

Camino. Nada extraordinario: una acera cualquiera, una mañana cualquiera —hoy—, el ruido habitual de la ciudad acomodándose a mi paso. Sin…

Juan Álvarez in El Intersubjetivista · 2025-12-27 11:56 · 0 claps · 3.0 min read
#dirección #columbrar #recordar #presente #estar
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Entre dos esquinas

Camino. Nada extraordinario: una acera cualquiera, una mañana cualquiera —hoy—, el ruido habitual de la ciudad acomodándose a mi paso. Sin embargo, mientras avanzo, algo se hace evidente. Estoy aquí. Ahora. Y ese estar, tan obvio en apariencia, se vuelve extraño cuando lo observo con atención. No estoy en otro lugar posible. Estoy exactamente donde piso. Cada nuevo paso se vuelve mi Roma. Mi cuerpo — esa palabra que a veces trato como si fuera un objeto secundario — resulta ser el hecho principal.

Hace unos segundos estuve en la esquina anterior. Lo sé con certeza. La recuerdo sin esfuerzo: el semáforo, una pared con grafitis viejos, una mujer esperando con una bolsa en la mano. Ese lugar ya quedó atrás. Existe solo como huella. Y aun así, esa esquina pasada pesa. Sostiene mi continuidad. Me dice que vengo de algún sitio. Recordar, pienso, consiste en eso: en llevar conmigo lo que ya dejó de estar, sin poder volver a pisarlo. Como el río al que uno regresa solo en apariencia, ese al que nunca se vuelve de verdad. El agua ya es otra, y quien se asoma a la orilla también cambió. Volver se parece más a constatar una distancia que a repetir una experiencia. El recuerdo fluye así: conserva una forma reconocible mientras todo en su interior sigue moviéndose.

Levanto la vista y, sin darme cuenta, me anticipo. Imagino la próxima esquina. Todavía no la veo del todo, pero la proyecto: tal vez un café, tal vez un árbol, tal vez nadie. Ese gesto ya sucede solo. Nadie me lo pidió. Columbrar es una forma de adelantarse, de estirar la existencia unos metros más allá del presente. Vivo entre esas dos operaciones: cargar lo que fue y tantear lo que viene. Y todo eso ocurre mientras camino, mientras el cuerpo sostiene el ritmo sin consultarme.

En ese trayecto breve aparece otra pregunta, aunque hoy se me presenta con un tono diferente: ¿estoy atrapado en mi cuerpo o es el cuerpo el modo mismo en que existo? Durante años me enseñaron la idea del encierro. Pensar el cuerpo como una jaula ofrecía una coartada elegante para el cansancio, el límite, la torpeza. Alguien me puso aquí, pensaba, y ahora debo arreglármelas. Hoy esa explicación me resulta pobre. No explica nada, solo desplaza la incomodidad y el gozo hacia un culpable invisible.

Mientras camino, pienso algo distinto. El cuerpo no me contiene como una caja contiene un objeto. El cuerpo organiza mi relación con todo lo demás. Frena cuando hace falta, corrige excesos, goza sin pedir permiso, se agota antes de que yo admita el desgaste. Su inteligencia es opaca y persistente. Gracias a él el mundo tiene distancia, peso, temperatura. Gracias a él el tiempo avanza en una sola dirección.

Esa dirección importa. Vivir se parece menos a buscar equilibrio que a sostener una tensión. Cuando todo se estabiliza del todo, algo se apaga. Los sistemas vivos vibran, se desajustan, corrigen sobre la marcha. El equilibrio absoluto es —tal vez— la quietud final. Caminar lo demuestra: un paso tras otro, pequeñas caídas controladas, un desequilibrio constante que permite avanzar.

Pienso entonces en la muerte, no como un drama súbito, sino como un punto en el que ya nada se corrige. Un estado sin deriva. Quizás por eso la asociamos al descanso definitivo. La vida, en cambio, insiste en moverse. Cada paso que doy confirma una verdad simple y exigente: lo vivido no regresa, lo imaginado todavía espera, y el presente se agota mientras intento caminarlo.

Sigo caminando y otra pregunta aparece sin estridencia: ¿soy el testigo cuya mirada vuelve posible todo esto? No en un sentido grandilocuente o arrogante, sino de lo más sobrio. Sin este estar aquí, sin este cuerpo caminando entre esquinas, el mundo carecería de escena. Nada tendría dónde ocurrir. El universo necesita un punto desde el cual ser vivido. Yo soy uno de esos puntos, fugaz y limitado, suficiente.

Llego a la próxima esquina, otra Roma a la que me trajo el camino, quizá solo para intuir otra Roma en el paso siguiente. Resulta algo distinta a como la había imaginado. Sonrío. Eso también forma parte del acuerdo: avanzar sin garantías, sostener la dirección sin confundirla con control. Camino un poco más. Aquí. Ahora. Entre lo que recuerdo y lo que apenas alcanzo a intuir. Entre recordar y columbrar. Hasta que aparezca otra Roma.


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2026-06-23 17:05:31