Reflexiones de un no-lugar: Tavelli
Reflexiones de un no-lugar: Tavelli

Calor insoportable en Santiago. Su reloj pulsera de cuero marcan diez minutos para las cuatro de la tarde. “Un cortado doble”. El joven pregunta si necesito algo más. Pienso en todo lo que necesito. Como buen autista que soy, dudo si su pregunta iba dirigida a una genuina curiosidad por saber de mí. Vuelve a hojear el diario. No podía ser otro que El Mercurio. Bajo su mesa, su mochila abierta deja ver un paquete de regalo comprado en Falabella. Una carpeta amarilla se asoma desde dentro del estuche para laptops. Tiene su agua soda intacta. Parece ser que ya se tomó su doble espresso, a juzgar por el tamaño de la taza de cerámica china. Mira el reloj de su muñeca izquierda, la misma mano donde tiene un anillo de matrimonio en uno de sus dedos. “Joven, la cuenta por favor.” Él decide irse. Saca un billete de mil y uno de cinco mil y se los entrega al mesero. El mesero es inusualmente atractivo para ser chileno. Tiene el semblante típico venezolano: ojos grandes, nariz redondeada, pelo ondulado, un poco de barba que junto con un piercing en su oreja izquierda le da un aire varonil. Su voz aguda, sus jeans negros apretados y bíceps debajo de su apretada camisa blanca delatan su queerness.
Al costado, ellas conversan mientras saborean su café helado, afogatto. La hija de unos treinta y tantos no aparta la vista de su teléfono. Prefiere estar en WhatsApp que sumergirse en una incómoda small talk con su mamá. Su mamá sigue su ejemplo y navega en su celular. Ya casi no le queda helado. De a poco, usando esas cucharas largas que entregan con un vaso ostentosamente alto, prueba las últimas cucharadas de vainilla. Su reloj es más brillante que el del hombre en la mesa de al lado. También tiene pulsera de cuero. Sobre sus delgadas piernas de gimnasio reposa su cartera; negra, con puntos que sobresalen. Su hija le enseña unas fotos. Ambas sonríen. Hablan algo sobre la playa. La verdad es que estando vestidas como andan, pareciera ser que vienen de una tarde en la costa. Sus anteojos con marco de leopardo están enterrados en su su pelo sobre su frente. Los Ray-Ban de la hija también apuntan al cielo. Un camisón rosa que le queda grande, baggy, cae sobre unos shorts denim de cinco pulgadas de inseam, con unos flecos rotos colgado.
Dos chicas menores de edad llegan y se instalan en la mesa que ocupó el hombre del diario. Su outfit de denim shorts y camisetas blancas se alinean con su pelo rubio como si fuesen fans de Taylor Swift. Con sus bolsas de compras de regalos de navidad, se paran y se van del Tavelli. Ni si quiera el mesero alcanzó a tomar su pedido.
Matucana. Museo de la Memoria. La realidad de hoy, discuten dos hombres en la mesa de al lado. El acento de uno de ellos delata su clase social. Cuico. Nido de Águilas. Teatro. Lollapalooza.
Al parecer soy el único cliente de clase social diferente. ¿Cómo lo sé? Muy fácil. Mucha gente blanca y rubia. Me siento más cerca de los meseros que de los otros clientes. En este ambiente hay dos tipos de personas: meseros y clientes. Dentro del grupo de clientes, uno pierde su identidad ya que un café corresponde a un no-lugar. De esta forma, no existen clases sociales cuando uno entra a formar parte del colectivo de clientes. Sin embargo, cuando una clase social predomina dentro del grupo de un no-lugar, ¿por qué ciertas personas de las clases sociales no predominantes del grupo se sienten fuera de lugar? Las personas del grupo social predominante dentro de la categoría clientes, ¿se darán cuenta de que su posición social es más fuerte que el blurriness que provoca el no-lugar, el cual difumina las pertenencias de grupo externos a éste? ¿Cómo operan las relaciones cliente-mesero? Si los meseros, al terminar su turno de trabajo, se sentasen en el café, transformándose en cliente, ¿cómo se forma la identidad de ese mesero-cliente dentro de este contexto?
El Drugstore de Providencia es un no-lugar increíble para estudiar. Sus tiendas boutique, cafés — ¿como llamaría al grupo de cafés tipo Tavelli, donde ofrecen tortas y helados, a demás de café? — librerías y tiendas de música lo convierten en un lugar de encuentro. ¿Para quién? Para las personas que tienen conocimiento de la funcionalidad de un no-lugar como éste. El comfort lo produce el paseaerse por los pasillos de una librería, bajar a un café escondido en el subterráneo, probarse ropa de una tienda donde sólo hay unas pocas prendas — únicas en su estilo — a la vista. El Tavelli de Providencia es un lugar que muchos conocen, pero especialmente gente del sector oriente de la capital. Aquí se reúnen amigas seniles a tomar el té, hombres a leer El Mercurio, jóvenes a tomar helado y otros, a leer y pensar en estas cosas.
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