No hablamos el mismo idioma existencial
Mi amiga Raquel es un ser de otro planeta.
No hablamos el mismo idioma existencial
Mi amiga Raquel es un ser de otro planeta.
Vive en Florida, en una casa con su esposo, su hijo y sus perros. Y de verdad pareciera que eso le basta. Como si hubiera encontrado una frecuencia de vida mucho más silenciosa que la mía. Ella es esposa, mamá y ya. Pero ese “y ya” no se siente vacío. Se siente completo.
Raquel es parques, paseos, naturaleza, cantar, música, arte, ópera, jugar con su hijo. Tiene una manera de existir que parece no necesitar demasiadas capas para sentirse viva.
Y luego estoy yo.
Salir. Emprender. Ambición. Conversaciones. Proyectos. Experiencias. Movimiento. Una vida más variada. Más estimulada. Más llena de cosas pasando al mismo tiempo.
Y a veces, cuando estoy frente a ella, siento culpa.
No porque Raquel me critique directamente. De hecho, creo que rara vez lo hace. La incomodidad viene de otro lugar. Viene de sentir que su paz vuelve visibles mis excesos. Como si su sola existencia preguntara, sin palabras
¿de verdad necesitas tanto?
Tanto movimiento. Tanta intensidad. Tantas capas. Tanto hacer. Tanta búsqueda.
Y lo más raro es que no creo que ninguna de las dos esté equivocada. Creo que simplemente no hablamos el mismo idioma existencial.
Raquel parece hablar el idioma de la suficiencia. Yo hablo el idioma de la expansión.
Ella encuentra sentido reduciendo ruido. Yo encuentro sentido creando conexiones.
Ella construyó hogar. Yo construyo proyectos.
Ella parece tener un sistema nervioso orientado a la presencia. Yo, uno orientado al devenir. A la transformación constante. A la narrativa. A la sensación de que vivir también implica moverse, probar, crear, arriesgar, reinventarse.
Y entonces pasa algo extraño entre nosotras: yo me siento demasiado. Y probablemente yo también la hago sentirse demasiado poco.
Porque si soy honesta, hay una parte de mí que tampoco entiende del todo cómo alguien puede necesitar tan poco. Cómo alguien puede quedarse en un mismo paisaje emocional tanto tiempo y no sentir hambre de otra cosa. Hambre de más mundo. Más versiones de sí misma. Más estímulo. Más caos incluso.
Supongo que las dos nos espejeamos límites incómodos.
Ella me confronta con la posibilidad de que tal vez sí se puede vivir con menos ruido. Yo quizá le confronto la posibilidad de que existe una vida más expansiva, más ambiciosa, más hambrienta.
Y ninguna de las dos termina de traducir a la otra.
Creo que esa es la verdadera incomodidad.
No la diferencia. La intraducibilidad.
La sensación de querer mucho a alguien y aun así sentir que partes completas de tu forma de existir no encuentran subtítulos cuando hablas con ella.
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