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PERDÓN LEJANO

Sentada en el piso de la cocina, la mujer descubrió, de pronto, que la oreja de la taza estaba trizada. La miró con pena y la rodeó con…

Ingrid E. Oschilewski · 2026-05-01 12:54 · 1 claps · 2.1 min read
#cuento #cuento-corto #escritos #stories
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Perdón lejano

Sentada en el piso de la cocina, la mujer descubrió que la oreja de la taza estaba trizada. La miró con pena y la rodeó con sus manos para sentir el calor del café. Estaba tiritando y su rostro reflejaba amargura. No era vieja, pero tenía las líneas de la cara muy marcadas y ojeras que delataban noches de insomnio. Se sentía abandonada. Tenía la impresión de que todos la acusaban, sin palabras, de algo que ella había hecho; su garganta estaba ronca por el llanto pidiendo misericordia y absolución.

El piso donde estaba sentada era frío, de color anaranjado claro; ella estaba acurrucada en una esquina. A su lado, con majestuosidad, su perro la miraba. La observaba con ojos inquisitivos y acusadores; le dio miedo. Su corazón latía con fuerza, y con ambas manos apretaba la taza. Sentía que desde muy lejos la observaba una tierna carita, con ojos brillantes y tristes, cuyo aliento le daba escalofríos. Sintió que su estómago se revolvía, llegó hasta su lengua un desagradable gusto a bilis. Se llevó una mano a la boca y cerró los ojos; estaba mareada y un nudo invisible trataba de ahorcarla. Sus manos estaban húmedas; manos que la habían llevado a amar para luego matar. Matar lo que ahora sólo era un recuerdo mirándola distante desde el paraíso. Con los ojos llorosos levantó la taza sobre su cabeza y la arrojó lejos, con un grito mudo… La taza se estrelló contra una pared; pequeños pedazos de loza chocaron contra su rostro, ahora cubierto por ambas manos, para luego repartirse por el piso. El ruido resonó en un espacio que parecía estar vacío. El perro se alertó levantando su cabeza para luego bajarla con resignación. El líquido oscuro y amargo se derramó rápidamente por el suelo y llegó hasta el lado de la mujer. Ella sintió que algunas gotas tibias traspasaban su ropa para hacerla sentir más culpable. El líquido también llegó hasta las patas del perro, quien comenzó a lamerlas sin ánimo.

Con finos dedos de pianista acarició con dolor su vientre aún hinchado. Buscaba las cálidas caricias que siente en su interior el que es perdonado; tenía frío y sus manos sudorosas estaban ásperas.

La noche en que comenzó todo, seguía rondando como un fantasma su mente; aquel muchacho con ojos de felino, llevándola de la mano a una habitación oscura y tibia. Esa era la primera vez que ella experimentaba aquellas sensaciones; un nudo de excitación se anidaba en su cuerpo. Todo volvía a suceder muy rápido en su memoria.

Más adelante, podía verse entrando a una sala fría y ajena, donde la recibieron dos personas con batas blancas.

Con su rostro bañado en lágrimas, observó una vez más los trozos de loza… Miró hacia el techo y desde el alma se le escapó un grito desgarrador… Nunca se perdonaría.

24 Oct.1998

Photo by Vitaly Gariev on Unsplash

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© Ingrid Oschilewski, 2026. Todos los derechos reservados. Este texto nace desde mi propia voz y experiencia. Cualquier uso, reproducción o adaptación requiere autorización previa de la autora.


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