¿Qué tierra soy?
🎙️P. Roberto V.
¿Qué tierra soy?
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El evangelio nos dice que Jesús se estaba hospedando en una casa que estaba cerca del mar, y un día muy temprano se sentó a la orilla del mar. (Mateo 13, 1–9)
Quizá Jesús quería hacer un ratito de oración con su Padre Dios, como el que ahora estamos haciendo tú y yo. Muchas veces contemplando las maravillas de la naturaleza, el corazón se nos va a Dios. Tal vez eso era lo que Jesús buscaba; un momento de estar él a solas con su Padre Dios.
Pero nos dice el evangelio que poco a poco se fue reuniendo alrededor de él mucha gente. Habrán sido, primero, quizá unos amigos que pasaban por ahí, gente que iba al trabajo y se dan cuenta de que es Jesús, y quieren saludarlo, quieren hablar con él. Y estos van llamando a otros y a otros se va corriendo la voz.
Entonces Jesús se ve rodeado de tantas personas que lo que hace es subirse a una lancha que estaba allí a orillas del mar, y la separa un poquito de la tierra para que lo puedan escuchar todas esas personas que se han reunido. Jesús se compadece de esas personas que andan buscando luz, andan buscando esperanza.
Tú y yo necesitamos también de Jesús. Bien podemos identificarnos con esa gente que lo busca. Y así, oír su palabra. ¿Qué es lo que dice Jesús? Jesús cuenta una parábola. Les dice: “Salió un sembrador a sembrar”. Un sembrador hace muchas cosas; no pienses que Jesús dice “algo obvio”. Un sembrador no siempre siembra, a veces va a abonar la tierra, a veces va a quitar estorbos, a construir una malla o a poner un espantapájaros.
El sembrador al que se refiere Jesús sale a sembrar un día. Y la siembra -ponte a pensar-, es un gesto de confianza, un gesto de esperanza. Porque un sembrador tira una semilla que todavía podría convertirse, por ejemplo, en pan. Y cuando la tira, espera que se convierta en una planta que dé más fruto.
Pero el sembrador no tiene asegurado que eso suceda. Tiene que dejar pasar el tiempo y poner cuidado para que aquello suceda; esperar que haya buen clima, que no haya lluvias demasiado fuertes, o que no falte la lluvia, o que el sol no sea demasiado duro. Sembrar, tirar la semilla, es un gesto de esperanza. Y Jesús es el sembrador. Él nos ofrece a todos su gracia. Nos la ofrece generosamente, sabiendo que a veces no damos el fruto que Él espera de nosotros. Jesús, te pido que no te canses de mí, que sigas sembrando en mí tu semilla.
Quería contarte una historia que leí, y que nos puede ayudar para nuestra oración. Resulta que un muchacho joven soñó que en su ciudad se inauguraba una tienda padrísima. Una tienda con un escaparate que tenía cosas muy bonitas, sobre todo tenía un gran letrero que decía “La felicidad”.
Entonces este muchacho, en su sueño, entró a esa tienda y vio un mostrador muy grande y, de pronto detrás del mostrador descubrió a Jesús. Y entonces entre la sorpresa y que quería buscar algo que le diera esa felicidad le preguntó a Jesús: “Jesús ¿qué es lo que vendes aquí?”, y Jesús le respondió: “Aquí tengo todo lo que tu corazón puede desear”, y este muchacho emocionado y sorprendido le dijo: “Pues, Jesús, dame mucho amor, dame sabiduría, dame la medicina para que en el mundo se acaben las guerras; el terrorismo y la corrupción”.
Entonces Jesús sonreía… Y en un momento le dijo: “Hijo mío, discúlpame pero creo que no me has entendido bien. Aquí no se venden frutos, aquí se venden semillas”.
Jesús sigue sembrando su semilla en todo el mundo, sigue sembrando su semilla en cada persona, sigue sembrando en ti, en mí y, estamos llamados a recibir, tú y yo, esa semilla y hacerla fructificar.
En la parábola, Jesús nos dice que hay distintas clases de tierra. En primer lugar, está la tierra que se encuentra al borde de un camino. Imagínate una terracería, un lugar por donde camina mucha gente o pasan los coches. La tierra que está ahí alrededor ha sido pisada porque la gente se sale del camino. Jesús nos dice que hay personas que son como esa tierra pisoteada. Es una tierra dura, en la que la semilla no puede entrar; y entonces, cualquier animal que pasa por allí se lleva la semilla. La semilla no penetra, porque la tierra es dura.
Tú y yo a veces podemos tener un corazón duro. Un corazón por el que pasan todo tipo de cosas; un corazón que es indiferente, un corazón terco.
Señor, ¿cuándo dejo que entren por mi corazón cosas que no me ayudan a escucharte, que me hacen insensible a lo que me pides? ¿Cuándo dejo que mi cabeza se ocupe en cosas que no tienen que ver contigo o que no te agradan?
Jesús también nos dice que hay otra tierra donde cae la semilla que está llena de piedras, el pedregal. Y nos dice que en esa tierra la semilla empieza a germinar, pero luego no crece, se muere muy rápido. ¿Por qué? Porque en esa tierra no hay humedad, porque en esa tierra las raíces no pueden penetrar y entonces llega el sol, le da a la semilla y se reseca.
Tú y yo a veces podemos ser como esa tierra superficial; que sí dejamos que entre un poquito la semilla en nuestro corazón, pero a veces como para “dar la impresión de que sí, sigo a Jesús”. Es como un “barniz” de cristianismo.
Y a veces me falta constancia, perseverancia para seguir a Jesús. A veces me dejo llevar solo por el sentimiento. ‘Si se me antoja, sí hago mi oración, pero si no, no’. A veces me falta valor para ir contra corriente.
Después Jesús nos habla de una tierra donde hay plantas con espinas. Ahí cae también la semilla. Y Jesús nos explica que en ese lugar, la semilla empieza a germinar, pero que es ahogada por esas espinas.
Podemos pensar, tú y yo, cuando a veces; como que estamos encadenados, encarcelados. Nos dejamos dominar por las tentaciones, por nuestras pasiones.
Pues vamos a pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a liberar nuestro corazón de esas cadenas, de esa falta de lucha, de esas tentaciones.
Finalmente Jesús habla de una tierra buena, de una tierra donde la semilla puede dar fruto. De todos modos Jesús nos advierte que hay quienes dan el 30%, el 60% o el 100% de lo que pueden dar.
Tú y yo vamos, hoy, a renovar con motivo de este evangelio; nuestro deseo de dar lo máximo, de dar lo más que podamos por Dios.
El Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud de Brasil -ya se cumplen 10 años y también podemos pedir por la próxima Jornada que ya está muy cerquita-, le decía a los jóvenes que le hicieran un cachito de buena tierra a Jesús, que dejaran que cayera allí la semilla de Jesús. Y les decía: No se dejen llevar por lo que ya saben de ustedes, que a veces están llenos de piedras o de espinas. Es verdad, eso puede ser así, pero háganle un cachito a Jesús, díganle a Jesús que quieren recibir la semilla.
Eso vamos a hacer hoy, tú y yo. Vamos a dejar entrar la semilla de Jesús en nuestro corazón. Vamos a pedirle que estemos dando fruto toda la vida.
Hoy es la fiesta de san Joaquín y santa Ana, los padres de la Virgen. Y el Papa ha querido que, alrededor de este día, pensemos especialmente en las personas mayores y en los abuelos. Vamos también a pedir por todos ellos para que sigan sintiendo la cercanía de Dios, para que sigan dando fruto aunque no tengan la misma movilidad, energía o agilidad que un muchacho de 20 años. Pueden dar todavía mucho fruto.
Acudimos también a nuestra madre, la Virgen, la hija de san Joaquín y santa Ana. La Virgen que es modelo de correspondencia a la gracia, que es modelo de tierra buena. Madre nuestra, ayúdanos a dar el fruto que tu Hijo desea de nosotros.
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