Buscando a Dios
ENSAYO | FILOSOFÍA
Buscando a Dios
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Buscando a Dios
JAIME DESPREE
Introducción
Desde que cayó en mis manos un ejemplar del ensayo «El miedo a la libertad», del filósofo alemán, Erich Fromm, han transcurrido 50 años de pasión por la filosofía. Una de las primeras preguntas que me hice fue sobre la existencia de Dios, y he tardado esos 50 años para encontrar una respuesta satisfactoria, que pusiera fin a un recalcitrante agnosticismo, sin que en ningún momento cayera en el ateísmo, porque nunca pude negar categóricamente su existencia.
Por supuesto que no tengo ninguna aversión contra las facultades de filosofía, todo lo contrario, sufrí una profunda desilusión cuando mis padres se vieron obligados a emigrar a la industriosa y acogedora Alemania de Willy Brandt, y tuve que acompañarlos justo cuando yo debía cursar el primer año de Filosofía y Letras.
Por entonces creía que sin los estudios superiores nunca podría adquirir la necesaria preparación como para afrontar el ambicioso proyecto filosófico que me había propuesto. Hoy pienso todo lo contrario, que el paso por la universidad puede anular la capacidad de contactar con la propia intuición y dejarse alienar por las corrientes filosóficas dominantes. La intuición nos pone en contacto con la información que hace posible la naturaleza. Las facultades de filosofía generan excelentes profesores, pero pocos creadores, al menos esta era la opinión de Descartes o Spinoza. La historia de la filosofía académica ha sido la proliferación de ismos para el consumo interno. Bien podemos decir que son productos de laboratorio filosófico. En cuanto a la filosofía española contemporánea, su referente más destacado, José Ortega y Gasset, propone un sistema, «La razón vital», difícil de articular en la filosofía, porque la vida es un concepto de la física.
Fue desde mi llegada a Berlín, en el 2004, cuando volví por enésima vez sobre mi histórica pregunta, lo que me llevó a lo que finalmente ha resultado ser un método para entender la realidad según la percibimos, con el que pude, finalmente, ubicar a Dios en su contexto, que, al menos para mí, era suficiente.
Pero lo cierto es que tardé bastante tiempo en darme cuenta del alcance real de la tesis. Fue a partir del ensayo, «Sobre el Ser, Dios y el Cosmos», en que conseguí exponer los fundamentos de esta teoría de forma más o menos esquemática y metódica. Sin embargo, tras cada nueva lectura, sigo teniendo la impresión de no haber expuesto los argumentos con el necesario orden y claridad para hacerlo comprensible. La complejidad y dificultad en la exposición argumental de la tesis básica es debida a la amplitud del tema en sí. De hecho, al analizar la realidad siempre es necesario partir de una causa primera. Pero también está la dificultad de analizar la simultaneidad de las diversas percepciones que el ser humano tiene de la realidad.
Este breve ensayo parte del supuesto de que todos somos personas razonables y estamos interesados en entendernos mejor a nosotros mismos y la realidad que nos rodea, y no sólo en conocernos como organismos naturales, para lo que la ciencia ya nos ha aportado una abrumadora avalancha de conocimientos sin que, a pesar de todo, sirvan para entendernos.
Nueva filosofía de la armonía
Estamos viviendo una época fascinante, pero llena de peligros e incertidumbres, porque está siendo una transición demasiado rápida desde un mundo analógico a otro digital, cuyas características fundamentales son la velocidad del proceso de la información, y el creciente poder de las redes sociales controladas por los gigantes de la comunicación y que están desplazando a las instituciones de la política tradicional. Si a esta tendencia le añadimos la astronómica deuda de los Estados, el cambio climático, la enorme brecha entre pobres y ricos, la corrupción de las democracias o el envejecimiento de las centrales nucleares, tenemos un sombrío futuro para la generación que está tomando el relevo, que serán los afectados. Es en estas encrucijadas de la historia cuando se crean las condiciones de la creatividad para la necesaria regeneración y dar respuesta a todos estos retos, porque vivimos con la sensación de que todo se está reinventando con una rapidez que supera la capacidad de asimilación del ser humano.
También la filosofía debe reinventarse, porque es la encargada de encontrar una razonable explicación de las causas y sus efectos de todo lo que sucede. No podemos esperar que ideas que surgieron cinco o veinte siglos atrás puedan servir a este fin, porque las condiciones sociales y culturales actuales cuentan con nuevos y revolucionarios elementos que marginan la filosofía.
Sobre este método
Todos los objetos pueden ser conocidos, valorados y entendidos por tres cualidades y características diferentes:
- por las características de su materia o consistencia (sensaciones)
- por el valor emotivo de su imagen (emociones)
- por la impresión de su forma (impresiones)
Estas tres características y cualidades pertenecen a un mismo objeto y quien las observa tiene, a su vez, la capacidad de percibirlas, es decir, las siente, le emocionan y le impresionan.
La primera percepción es la de los sentidos de las cosas sustanciales o consistentes, que suceden durante el primer año de vida. La percepción de las emociones, que surgirá durante el segundo año y la tercera percepción posiblemente durante el tercero, en los inicios del habla.
Una vez asumidos, los tres medios de percepción son espontáneos y y equivalentes, por lo que son simultáneos. El énfasis o el interés con que se asuma cada una de estas percepciones dependerá de circunstancias genéticas, éticas y ambientales.
De manera que los creyentes reprimen su sensualidad y su raciocinio para poner más énfasis en lo espiritual, en tanto que los ateos reprimen su emotividad, para dar un mayor protagonismo a la realidad física o razonable, en oposición radical, sin ninguna concesión a la duda razonable, como es la posición de los agnósticos.
De esta reflexión se induce que una persona sería prácticamente perfecta si atiende con el mismo interés las necesidades del cuerpo, la mente y el alma, y se podría considerar como prácticamente perfecta. Pero es muy posible que estuviésemos a dos o tres siglos de retraso con relación al «progreso» según lo entendemos en la actualidad, porque una persona que es feliz, alegre y está en paz con su consciencia no tiene ningún interés por el progreso según lo entendemos.
Dios debe de existir, pero…
Después de todos estos años de agnosticismo, finalmente he llegado a la razonable conclusión de la existencia de Dios. Esta afirmación no tiene sentido si no aporto los argumentos por los que he llegado a esta trascendental conclusión, tras desarrollar un nuevo método ontológico, que provisionalmente he calificado “método contextual”, pues se basa en la constatación de la existencia de tres contextos etimológicos, cada uno de los cuales expone lo mismo pero con tres lenguajes distintos, de manera que lo que tenga sentido en uno debe tener sentido en los otros dos o carece de sentido en los tres.
Estos tres contextos son el físico o de la naturaleza, el instinto, la experiencia y la ciencia; el espiritual de la iluminación, la imaginación y la teología, y el mental, de la conciencia, la intuición y la metafísica.
Dios aparece históricamente dentro del segundo contexto, cuando podemos decir que la imaginación se hace trascendental, pero sus fuentes no están ni en la razón ni en la experiencia, sino en la revelación, lo que no es ni válido ni suficiente para ateos, escépticos y agnósticos.
Es importante entender que cuando nos preguntamos por la existencia de algo, buscamos su certidumbre física, que sería su consistencia y su visión, que sería su apariencia. Es decir, la existencia de Dios sería aceptable si pudiéramos experimentar su sustancia o la imagen de su apariencia. ¡Y aquí está el problema!
Para darme una respuesta aceptable he recurrido a este método de equivalencias, por tanto, buscamos a Dios desde estos tres contextos posibles:
Primer contexto: En el origen del universo, hace ahora alrededor de 13,7 mil millones de años, y de acuerdo a la aceptable teoría de la «Gran explosión». Esta energía liberada se transforma en materia por su progresiva condensación. La materia informada en sus orígenes por el instinto y posteriormente por la experiencia, tuvo la capacidad nata de organizarse inteligentemente y de forma dinámica, es decir, como organismos, de donde procede la vida natural, o la naturaleza.
Segundo contexto: la teología. En el origen del cosmos está el «Espíritu santo», es decir, el espíritu, que se transforma en mundo. El mundo, informado por la revelación, tiene la capacidad de «crear» las criaturas que lo pueblan, pues el mismo Adán surge del polvo, de donde proceden todas las criaturas.
Tercer contexto: la metafísica. En el origen de la consciencia está la mente, que gracias al intuición y el pensamiento razonable se transforma en entidad.
Según esta primera reflexión tanto la materia, el mundo como la entidad, deben ser en realidad una misma cosa, pero expuesta en tres contextos distintos. Podremos hacer extensible este método a otros conceptos y veríamos que todos se pueden agrupar, pero para este caso nos quedamos aquí, porque ahora vamos a situar a Dios en el contexto que aparece por primera vez y tratar de buscarlo en los dos restantes.
Dios surge en el contexto de la teología como una revelación de su imagen fruto de la imaginación, y como creador debe de estar fuera de lo creado, es decir, fuera de este mundo y de la creación misma. Por tanto, sin duda que debe morar en el “cielo”, que es otro mundo o el mundo de Dios.
Si lo vemos en el contexto de la física decimos que Dios debe de estar fuera de la naturaleza. Como la naturaleza constituye una unidad espacio-temporal contenida en una duración, la del universo, el Dios de la física, que ya no es creador sino productor, debe de estar en otro universo, contenido en otro espacio-tiempo, con otra duración.
Una vez descartada la posibilidad de sentirlo y de verlo, descartamos la posibilidad de su existencia, que es la razonable conclusión de ateos y agnósticos.
Pero ya he dicho que lo real se expresa en tres contextos, por lo tanto, nos queda por averiguar que hay en el contexto de la metafísica, donde no hay nada físico o imágenes aparentes, simplemente “es”, puesto que es uno de los contextos de la realidad. Y ya tenemos la causa de todo a la que podemos llamar como Dios, puesto que todas las cosas y no cosas “son”. Conclusión ya enunciada por Spinoza.
Pero esta última reflexión nos lleva a una dramática conclusión: ¡Dios es, pero no existe! En efecto, para ser Dios no puede existir, puesto que solo existe lo que es consistente o aparente.
Esta conclusión, a pesar de ser razonable, no puede ser aceptada por los creyentes, pues para creer en la existencia de Dios necesitan una apariencia y consistencia, lo que dio origen a la creación de imágenes, es decir, fueron los propios hombres quienes hicieron que Dios, ademas de ser existiera, con la imagen inspirada en la creatividad de los artistas locales. Un buen ejemplo es la image de Dios que Miguel Ángel pintó en la capilla Sixtina.
Por tanto, no se trata de negar a Dios, sino situarlo en el contexto que le corresponde, lo que deja sin argumentos a ateos, agnósticos y escépticos.
Revisado en Berlin, 13 de julio de 2024
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