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Retomar el ritmo

Ojalá fuese como el pinche David Byrne para poder contar que después de unos cuantos kilómetros en una plegable me puse una pedota con unos…

Adrián IV · 2021-03-15 10:39 · 5 claps · 3.5 min read
#fixie #ciclismo-urbano #desamor #cdmx #vida-nocturna
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Retomar el ritmo

Ojalá fuese como el pinche David Byrne para poder contar que después de unos cuantos kilómetros en una plegable me puse una pedota con unos artistas plásticos súper excéntricos o con los putos Rolling Stones; pero no, soy tan solo un individuo común y corriente, un asalariado promedio que usaba la “fixie" como medio de transporte. Sin embargo, el que no sea el pinche David Byrne no significa nada. Creo que, al final de cuentas, hay más humanidad en el individuo “de a pie" que en las celebridades. Digo, tampoco quiero subirme a un pedestal y menospreciar a David Byrne; pero vamos, ¿cuántos podemos alcanzar el sueño de la vida de ese tipo de personas? Aún así, debemos mirarnos al espejo y sonreír, porque, de algún modo, todos somos valiosos en algo.

Mi camino inició donde hace muchos años los chichimecas decidieron que era buena idea construir un centro ceremonial: Tenayuca. Sobre calzada Vallejo descendí hacia la gran Tenochtitlán que duerme debajo de mierda y asfalto. Un “fixero" de piernas más gordas que las mías empezó de “caldoso", pero no le seguí el juego. La verdad es que no iba con ganas de competir y, aunque así fuera, estaba muy complicado que le siguiese el ritmo, pues apenas estoy tratando de retormar mi condición; aparte ya me había fumado cinco cigarrillos.

La ansiedad está cabrona por estos días. Rezuma entre las paredes a las que nos confinamos. ¿Quién no la ha sentido? Incluso, si nos ponemos “conspiranoicos”, uno podría jurar que se trata de un juego maquiavélico orquestado por fuerzas que no logramos comprender. Como sea, para retomar el ritmo se necesita mucho empuje, porque aunque uno se “sepa varias" es casi como volver a empezar. Hay mucho miedo de por medio. Uno recuerda los madrazos que se ha dado y las situaciones que ha provocado por falta de experiencia o mera imprudencia. Pero, ¿qué mejor empuje que un corazón roto?

A medida que avanzaba mis emociones disminuían: cambiaba el tono de su voz por el beso del viento en mi rostro.

Cuando llegué a Cuitláhuac, sobre la pista que recorre el Metrobús, uno de los choferes de estas bestias rojas aceleró para jugar a las carreras conmigo. No creo que esto sea paranoia mía, o ¿quién sabe?, pero, por lo regular, estos güeyes te dejan de chingar hasta que alcanzan y rebasas al metrobús que venía delante.

Ya sé que circular por el carril confinado no es correcto, pero hay tantas cosas que son, o fueron, legales y no necesariamente significa que estén bien. Ahora mismo no tengo algo en la mente para dar un ejemplo, pero la esclavitud antes era legal; hasta hay memes de eso.

Un ciclista que conozca la zona no me dejará mentir: es más cómodo circular en ese carril, ya que por la lateral van muchos camiones hechos la verga y el tráfico también es otro problema.

A la altura de Tolnáhuac me topé con una familia ciclista. Mamá iba con el hijo y papá con la hija. Me dio mucho gusto verlos escapar del confinamiento juntos, y no puedo negar que algo de nostalgia invadió mi cuerpo. “Debe ser lindo poder crear una familia”. Pero también pienso que las condiciones de este mundo complican este panorama y entiendo por qué el poliamor es una tendencia a la alta: niños abandonados a su suerte, en cuerpos de adulto, jugando al amor.

Mis jadeos y un poco la desorientación de no tener un rumbo fijo me llevaron a Balderas. Allí, el panorama era más desalentador. Una horda de indigentes apilados entre sí trataban de apagar el sueño, ese mismo que la vida les arrebató por diversas circunstancias. No sé si mi percepción sea errónea, pero me dio la impresión de que cada vez hay más población en situación de calle. No quiero imaginar lo que debe ser vivir así, pero me dio tanta tristeza verlos que sólo pude maldecir y compadecerme.

Conforme estiraba la distancia, la noche me presentó otros matices. sobre avenida Chapultepec, a la altura de la colonia Roma, un poco antes del desnivel de Insurgentes, personas de mi edad se negaban al confinamiento en fiestas y bares clandestinos custodiados por chacales. No los culpo, la soledad es un monstruo terrible que no todo el mundo puede soportar o, quizás, el haberlo soportado tanto tiempo, todavía antes de la pandemia, es justo lo que los orilla a esto. Metros más adelante, chicos, probablemente centenials, se reunían en la glorieta de Insurgentes; patinetas, patines y un poco de rebeldía nihilista en esa noche calurosa.

Hacia ese punto ya no pensaba en nada, sólo era yo y mi bicicleta cruzando entre ellos buscando el paseo de la Reforma, mismo que, hasta la fuente de petróleos, hallé semidesierto; sólo un par de corredores y a la altura del auditorio nacional una pareja se enamoraba en un beso que me arrebató el aliento.

Las emociones y recuerdos de “ese amargo amor" (como el meme), trepaban a mi cabeza, pero, también, se presentaba ante mí la esperanza de volver a retomar el ritmo con los aprendizajes vividos. Poco a poquito, ganando cada vez más confianza, sanando, como cuando se vuelve al ruedo después de un accidente…

Por ahora, inicié con 40km, más adelante veremos qué tal nos va.


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