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Que el vestido no nos tape el bosque

El mismo día en que se ratificaba la Neutralidad de la Red, la atención online se desvió hacia llamas en fuga y un vestido. ¿Casualidad?

Alejo S. Tarrío in Historias en español · 2015-03-02 14:16 · 0 claps · 3.4 min read
#neutralidad #vestido #internet
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Que el vestido no nos tape el bosque

El mismo día en que se ratificaba la Neutralidad de la Red, la atención de los usuarios de redes sociales se desvió hacia llamas en fuga y los colores de un vestido. ¿Casualidad?

El pasado 26 de febrero, internet estalló a partir de dos fenómenos que se viralizaron vertiginosamente en redes sociales y medios digitales: la fuga de las llamas en Arizona, Estados Unidos, y la insólita polémica alrededor de los colores del vestido.

Pero mientras sumábamos amigos, parientes, colegas y extraños a la discusión en torno a estos temas de “hondo contenido humano”, como diría Alejandro Dolina, en Estados Unidos se gestaba un hecho trascendental para el uso de la web: la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por sus siglas en inglés), ratificaba el Principio de Neutralidad de la Red, que exige a todos los proveedores de internet ofrecer los contenidos de forma igualitaria y equilibrada con la misma velocidad de conexión, lo cual garantiza el mismo nivel de acceso para todos los usuarios.

La propuesta, aprobada por un ajustado 3–2, considera internet como servicio público (de comunicación, ya no sólo de información), lo que determina que las prestadoras de servicios de telefonía inalámbrica, cable y banda ancha no podrán cobrar extra a las compañías que ofrecen contenidos online (por ejemplo, Netflix). Los beneficios directos son para el usuario, ya que seguirá navegando a la velocidad contratada, sin estar sometido a decisiones de terceros.

De haberse derogado la Neutralidad de la Red (amenazada por el lobby de las grandes telecos, a pesar del respaldo de Obama), esta condición podía sucumbir ante eventuales acuerdos comerciales entre prestadores del servicio y las empresas de internet, ya que tendría consecuencias restrictivas sobre la experiencia de navegación.

El acceso más rápido o más lento a los contenidos dependería de que las empresas pagaren o no el canon correspondiente. Así se iba a configurar una internet con usuarios categorizados en privilegiados y de segundo orden, de acuerdo a su capacidad adquisitiva para adquirir el servicio.

Nada es lo que parece ¿Es casualidad que ese mismo día la web haya sido copada por dos fenómenos virales masivos? La ratificación de la neutralidad de la Red fue una de las noticias más importantes en lo que respecta al acceso a contenidos y la navegación libre en internet, pero quedó opacada por la fiebre en torno a las llamas y el vestido.

Sería ingenuo creer que la multiplicación global de ambas estrellas fugaces 2.0 haya respondido únicamente a la voluntad de los usuarios de redes sociales ávidos por comentar, opinar y compartir el trending topic más caliente del día.

Es habitual la representación de internet como un ámbito libre, que favorece el acceso a conocimiento y la comunicación sin condicionamientos. Incluso la UNESCO ha impulsado la discusión de las pautas que definan la gobernanza de la web.

Pero lo que vemos y consumimos online está cada vez más determinado por algoritmos que estructuran nuestro campo de navegación. Esto ocurre tanto en Google como en sitios permeables a publicidad personalizada, que se adecua al perfil del navegante (por lo general elaborado a partir del historial de búsquedas y consultas).

Tanto los buscadores como las redes sociales, en las que cargamos todos nuestros datos personales sin preocuparnos por leer los Términos y Condiciones, ofrecen contenidos que responden a los intereses comerciales de esas empresas.

Queramos o no, interactuamos en mayor o menor medida con aquellas publicaciones que responden a sus estrategias comerciales. Y si bien en última instancia nosotros decidimos cómo utilizar lo que se pone a nuestra disposición, la capacidad de elección termina siendo parcialmente ilusoria.

Así las cosas, no sorprende que, ante una resolución que por el momento garantiza un consumo de contenidos online más igualitario y accesible, se desatara un bombardeo de noticias simpáticas, atractivas para el “Me gusta” y el “Compartir” casi irreflexivos. Quizás haber recurrido a gatitos o bebés hubiera sido demasiado obvio.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad No es necesario estar atento a cada noticia “seria” que se publique, ni hace falta dejar de seguir cuentas de animales o militar en una agrupación hacker. Al igual que en la vida cotidiana, simplemente se trata de estar alertas, no dar por sentado lo masivo, moderar la exposición de lo privado, hacer valer la capacidad de decidir, etc.

En vano es debatir si las empresas (y mucho menos la tecnología) son malas o buenas. En realidad debemos aprovechar las herramientas y posibilidades que nos ofrece internet, y los medios disponibles para hacerlo. Pero que la fascinación que la vida digital genera no nos convierta en ingenuos tecnológicos con el sí fácil. Sólo así vamos a poder ver más allá de un vestido (o un gatito, o un bebé).


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