Biblioteca de sobrevivientes
A propósito de La llamada, de Leila Guerriero, uno de los libros del año.
Biblioteca de sobrevivientes
La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama), uno de los libros del año.

Doble Paréntesis
Leo en distintos lugares que La llamada, de Leila Guerriero, es considerado uno de “los libros del año”.
Entiendo que no solo por su éxito de venta, sino por el debate que trajo consigo.
O por reavivar un debate, particularmente sensible en el marco del proceso de memoria, verdad y justicia en Argentina: la condición ética, política, judicial y narrativa del sobreviviente de los campos de concentración de la última dictadura cívico-militar (1976–1983).
En tiempos de vaciamiento de las políticas de derechos humanos, la revitalización de este debate es bienvenida.
Me gustó mucho el libro. Lo leí a instancias de uno de los clubes de lectura a los que asisto. Me gusta la no ficción, pero no es de los géneros que suelo elegir. Voy más del ensayo a la narrativa.
El libro hace un retrato de la ex militante montonera y sobreviviente del centro de detención, torturas y exterminio de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), actual Espacio de Memoria y Derechos Humanos ex ESMA, Silvia Labayru.
Secuestrada el 29 de diciembre de 1976 (embarazada de su pareja en ese momento, Alberto Lennie), Labayru fue conducida a la ESMA, donde se la mantuvo clandestinamente en cuativerio, sometida a torturas, obligada a colaborar con sus captores, y donde tuvo a su hija Vera, entregada luego a su familia. Recuperó su libertad el 16 de junio de 1978 y una semana después partió exiliada a Madrid.
El rasgo biográfico más controvertido de Labayru es haber colaborado en el grupo de tareas de la Armada. Se vio especialmente comprometida por su participación como “hermana” del represor Alfredo Astiz, infiltrada junto a él en incipientes organizaciones de madres de personas desaparecidas.
“Durante años fui ‘la que acompañó a Astiz’” (215), le confiesa a la autora. Señala que la eligieron por su parecido físico con el marino, ambos rubios y de ojos celestes.
Junto a otras dos víctimas, Labayru testimonió en el juicio por abusos sexuales en la ESMA, llevado a cabo entre octubre de 2020 y agosto de 2021, con intervención del Tribunal Oral Federal Nº 5, en el que resultaron condenados Jorge Eduardo “El Tigre” Acosta, jefe del Grupo de Tareas 3.3 de la ESMA a 24 años de prisión, y Alberto Eduardo González, jefe del “Sótano” de la ESMA, a 20 años de prisión. Condenados anteriormente por otros crímenes de lesa humanidad, las penas de Acosta y González se unificaron en una única de prisión perpetua.
Un retrato
El objeto que se propone la autora es componer un retrato de Labayru a través de entrevistas, conversaciones y encuentros, que se suceden en un período situable entre pandemia y post-pandemia (2021–2022).
Incluye a una red de vínculos compuesta de familiares de Labayru, parejas, ex compañeros de militancia, o que compartieron con ella el campo de concentración o el exilio, compañeras y compañeros del Colegio Nacional de Buenos Aires, toda una “tribu” de personajes que no mantiene, necesariamente, una versión de la historia consistente con lo que Silvia va relatando.
Un aspecto significativo del libro es la relación que se establece entre la narradora y su retratada. El vaivén de ese vínculo, las dificultades de la comunicación (barbijos, Zoom, la distancia geográfica que a veces las separa). Sus intercambios van desde circunstancias atroces del campo de concentración, el miedo, el terror; atraviesan temas movilizadores, como la maternidad o modelos de familia, hasta toques frívolos (lo apuesto que es Zinedine Zidane). Al final del relato, parecen funcionar como compinches.
El texto permite ver una crítica a la actuación de los organismos de derechos humanos en relación al sobreviviente (Labayru exceptúa al Equipo Argentino de Antropólogos Forenses). Una mirada que tendía a asociar al sobreviviente con la sospecha, si no con la traición.
“¿Qué hiciste para que no te mataran?” (174), era una pregunta recurrente en su exilio español.
Desde un lado conexo, también se lee cierta crítica al feminismo. En su denuncia, Labayru señala al capitán de navío Alberto “Gato” González como su violador, en ocasiones con el concurso de su esposa.
Los sentimientos de culpa, arrepentimiento, vergüenza aparecen tanto en lo que Labayru va contando, como en lo que Guerriero reconstruye, evalúa y narra. También los silencios y el tabú.
Silvia cuestiona el lugar desde donde pensar el “consentimiento” de las sobrevivientes hacia sus abusadores, en conexión con un instinto de vida. Lo que Agamben, trabajando principalmente textos de Primo Levi, llamó “la vida biológica como tal, la simple, impenetrable ‘prioridad del elemento biológico’”.
Citas y red intertextual
En la reunión del club, Rocío, coordinadora del grupo, nos propuso el siguiente eje disparador: ¿desde qué lugar nos incomodó el libro de Guerriero?
Del debate surgieron varias líneas o subtramas. Al final de esta reseña transcribo algunas de las frases que muestran un arco diverso de inquietudes.
La incomodidad que sentí en mi lectura podría llevar el título de “biblioteca de sobrevivientes”.
Hablo de biblioteca en un sentido amplio de “textos”. De bibliografía y red intertextual que preceden, dialogan, contienden y de algún modo propulsan el relato.
Y me refiero a la biblioteca que rodea o gravita el trabajo de la autora. No las bibliotecas de Labayru que, en más de una oportunidad, son apuntadas y registradas por Guerriero. Entre las cosas que Labayru quisiera dejar ordenadas si tuviera que morir, hay libros y autores favoritos (aquello que sobrevive al sobreviviente).
Esta incomodidad, o aprehensión, se manifiesta de distintos modos, pero pasa algo particular con las citas del libro, sobre lo cual trataré de argumentar.
Como en cualquier investigación, la autora se encuentra con una biblioteca de autores y publicaciones que ya han tratado el asunto, frente a la cual muestra, no digo “incomodidad”, pero sí cierta impasibilidad tensa.
El modo como la autora cita a estas autoridades y trabajos precedentes puede adoptar la forma de mera referencia, atribución, cita a medias o con omisiones, o bien citas veladas, sobreentendidas, conceptuales o cifradas.
Por otro lado se enfrenta con trabajos que ya han reflexionado o narrado historias de sobrevivientes en los campos de exterminio de la dictadura, incluyendo las de Labayru (como el artículo de Página 12 que parece ser el puntapié del relato), o de otras circunstancias históricas traumáticas, como las del Holocausto.
La narradora nos dice que las primeras noticias sobre Labayru se las acerca Dani Yako, el fotógrafo que preparaba entonces su libro Exilio. 1976/1983, con imágenes de la cotidianeidad en Europa de aquellos jóvenes que escaparon de la dictadura (entre quienes se cuentan él mismo y Silvia Labayru).
Yako le muestra además la entrevista a Labayru que aparece en Página 12, firmada por Mariana Carbajal, donde Guerriero ve por primera vez la imagen de Labayru en una foto.
Un libro de imágenes y un artículo periodístico son, así, los disparadores del texto.
Si uno va al foro que provocó la nota, una de las primeras contribuciones es la del lector Oscar Meier, que nos apunta que “en la literatura postdictadura no se encuentran muchas obras que traten el tema de la violencia desatada especialmente contra las mujeres. Y menos aún sobre la sospecha y la hostilidad que tuvieron que padecer las sobrevivientes por parte de sus propios compañeros”.
Y destaca como excepciones, en materia de ensayo, Traiciones de Ana Longoni (Norma, Buenos Aires, 2007); en materia de narrativa, Procedimientos. Memoria de la Perla y La Ribera, de Susana Romano Sued (El Emporio Ediciones, Córdoba, 2007); y en cine, el film Cuentas del alma. Confesiones de una guerrillera (2012), de Mario Bomheker, “cuya temática acusa notables similitudes con el testimonio de Silvia Labayru”, escribe el forista, quien agrega que la misma “sorprendentemente sufrió cierta censura por parte de… Página 12 que se negó a reseñarla”.
Como vemos, el artículo que de algún modo motoriza el relato de Guerriero ya viene embargado de parte de su biblioteca.
En su propio relato, Guerriero cita el libro de Longoni, sobre el que elige qué referir y qué no. Menciona dos de los tres textos de ficción sobre los cuales trabaja la ensayista: El fin de la historia, de Liliana Hecker (Alfaguara, Buenos Aires, 1996) y Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso (Bruguera, Buenos Aires, 1984). Omite el tercero: Los compañeros, de Rolo Diez (Ediciones de la Campana, La Plata, 2000).
Otros textos citados por Guerriero son: en ensayo, Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina, de Pilar Calveiro (Colihue, Buenos Aires, 1998); el artículo “De la ESMA a Francia: hacia una reconstrucción histórica del Centro Piloto de París”, de Facundo Fernández Barrio y Rodrigo González Tizón -este último no mencionado por la autora- (Folia Histórica del Nordeste, UNNE, Nº 38, pp. 99–134, Corrientes-Resistencia, agosto de 2020); en investigación periodística, el trabajo de Uki Goñi, Judas. La verdadera historia de Alfredo Astiz, el infiltrado (Sudamericana, Buenos Aires, 1996, edición aumentada en 2018).
Sabemos que en el marco de la no ficción, los protocolos de cita académica son indiferentes. El autor los puede citar como le guste. Guerriero lo hace con un sentido meramente utilitario, autosuficiente, parcial, sin sentirse compelida a discutir los argumentos e hipótesis de esos antecesores. Casi uno podría decir, “a desgano”.
La historia que pudo haberse contado
Hay dos autores citados que son particularmente significativos, pues postulan o bien el intento no acometido, o bien la tentativa frustrada de una historia que, de haberse concretado, convertirían en superflua la narración que leemos.
Una es Graciela Fainstein, autora de Detrás de los ojos (Icaria, Buenos Aires, 2006), de corte testimonial, que Guerriero dice haber leído en pdf. Sobreviviente del centro clandestino “Garage Azopardo”, y amiga de Labayru en el exilio en España, Fainstein sostiene en una entrevista con la autora que animó a Silvia a que ella misma cuente su propia historia.
Escribe Guerriero: “… con un café delante, dice que la persona que tiene que contar la historia de Silvia Labayru, su amiga, es Silvia Labayru, su amiga. No yo” (255). La tautología no pasa desapercibida.
El otro es Juan Martini. El escritor y Labayru se conocieron en 1982, en Barcelona, con el propósito, finalmente frustrado, de publicar su historia. Guerriero cita la columna “Videla” de Martini, publicada en 2012 en el blog de Eterna Cadencia, a propósito de una publicación que Guerriero no cita: el libro de Ceferino Reato, Disposición final. La confesión de Videla sobre los desaparecidos (Sudamericana, 2012; y edición definitiva en 2016). En esta columna, Martini explica por qué desistió entonces de la idea.
“Me sacudió el espanto y el tono gélido de Labayru en su relato me aniquiló. Entonces le dije que yo no podía escribir lo que ella quería”, dice el escritor rosarino.
Y cuenta que, años después, usó la grabación de esa charla para escribir “La colaboración”, uno de los cuentos que forman parte de su libro Rosario Express (Norma, Buenos Aires, 2007), donde la voz de un personaje adopta el tono de Labayru:
“Yo sé que hago un relato frío de esta historia. No es fácil hablar. No es fácil contarla. Y lo hago como si fuera una película que miro desde afuera, o la historia de otra gente, no la mía. Yo sé que a veces hablo como si no hablara de mí… pero no puedo hacerlo de otra manera”.
En una de sus entrevistas, Labayru reconoce que en aquel encuentro con Martini ella “hablaba como un robot” (242).
Fantasmitas
Otra modalidad que adopta la intertextualidad en La llamada tiene que ver con las citas no explícitas.
Algunas son más o menos evidentes para un lector informado, como puede ser la recursión al tópico borgiano “del traidor y del héroe”.
Otras son más bien conceptuales. Es el caso de autores no citados, y que sin embargo gravitan, como Primo Levi.
La presencia fantasmal de Levi sobrevuela el texto, pero encuentra un punto de condensación en la parte donde Labayru se refiere al “limbo” de la ESMA, cuando al desplazarse por su interior “sentía que no estaba ni viva ni muerta, ni en un lado ni en el otro. En el limbo” (366).
La remisión aquí al concepto de “zona gris” del escritor italiano es plausible. Importa poco que Labayru no lo cite y que Guerriero no lo reponga (no aparece el nombre de Levi en el registro de las bibliotecas de Silvia; sí de otros sobrevivientes de la Shoah, como Jorge Semprún). La noción adviene.
En su famoso capítulo de Los hundidos y los salvados, Levi refiere la existencia en el campo de concentración de un tipo de subjetividad intermedia entre los verdugos y las víctimas, la “zona gris”, uno de los conceptos clave para analizar una ética del sobreviviente.
Indecible e irrepresentable
En esa madeja de testimonios, relatos, imágenes, documentos y publicaciones, la voz de la narradora libra su batalla por expresar a la retratada. Por contar su historia.
Que no es cualquier personaje, sino una sobreviviente del horror. Guerriero expone, en más de una ocasión, el “temor reverencial” que, según Huyssen, se siente ante el sobreviviente y su dolor. Dolor que tiene algo de “indecible e irrepresentable”.
Un temor manifestado de distintas maneras: cuando Labayru no responde a los mensajes y pone en riesgo el trabajo hecho (68); el temor sobre “si no estaba harta de mí” (245).
Y, sobre todo, el temor de asumir la autoridad sobre un relato traumático que es de otro, irreductiblemente otro.
Esto no impide el discurrir fluido del texto de Guerriero, quien demuestra oficio en mantener el interés por la trama en toda su extensión. Un relato construido de un solo tirón, sin estructuración por capítulos, sin una periodización clara, y con momentos de máximo dramatismo, como la llamada telefónica que da título al libro.
Algo en la evolución de ese vínculo entre Guerriero-Labayru, en la trayectoria que va del resquemor y la zozobra inicial a la confianza y el afecto del final, fundidas ambas en un “abrazo fuerte” (389) durante un evento en la ex ESMA, en 2022, pone de relieve quizás cierto exceso de artificio. Como de conjura simbólica.
Pero tiene que ver con la capacidad, justamente, de haber acertado en desenvolver un trauma y contar una historia que tendrá su lugar en la biblioteca:
“… yo no soy alguien que haya escrito sobre la ESMA. Todavía” (391), nos dice la autora, cuando se interroga en carácter de qué ella está participando del evento de 2022, junto a las ex-detenidas del campo de concentración.
Volviendo a la pregunta disparadora: si tuviera que decir cuál ha sido la principal “incomodidad” del texto de Guerriero, me inclino a decir que se trata de ese desacople enunciativo.
Esa posición de discurso que se sabe concurrente, agónica, fracturada, acaso vicaria, pero que la autora resuelve en un relato que se lee con apetencia de principio a fin. Una versión polifónica, de a momentos contradictoria y dialógica en su rigurosa acepción bajtiniana. Dislocante, subyugadora.
La reunión con el club
Fue una tarde-noche de junio en San Telmo. Discutimos más de cuatro horas el libro de Leila.
En las reuniones anteriores nos habíamos ocupado de ensayos político-económicos, influidos seguramente por la coyuntura. Los resultados del balotaje de noviembre de 2023 nos habían dejado entre el azoro y la aflicción. Buscábamos explicar la determinación de una sociedad que parecía haber ensayado un salto mortal.
Pasar del ensayo a la no ficción no significó cesar en esa búsqueda, sino abrir otros caminos de sentido.
Fue una reunión muy participativa. La lectura colectiva ayuda a la comprensión de un texto. Y, sobre todo, a completar y refinar las inquietudes individuales. A desafiar la inercia que traemos y que nos lleva por lo general a poner bajo foco algunos planos, opacando otros.
Transcribo a continuación las frases de mis compañerxs que apunté en el cuaderno. Apenas una pequeña muestra de un debate intenso.
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La protagonista del libro, ¿quién es?
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Labayru, ¿víctima o victimaria?
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Este libro, en manos de otro autor, hubiera desbarrancado
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Muy largo, muchas páginas
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¿Le creo o no le creo?
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No es tan inaugural en la crítica a Montoneros
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No se entiende el magnetismo que Labayru ejerce sobre la autora
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Manipuladora
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Mirada psicoanalítica: represión, discurso vacío. Pero el hallazgo de algo.
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Frivolidad de la revolución (gourmet, Lacoste, sibaritas)
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Uno va migrando en relación al libro
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Hay un enamoramiento de los personajes: sus contradicciones, humanización de los personajes, hasta de los torturadores
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El delirio de Massera de ser el nuevo Perón
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¿Un libro sobre los 70?
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Lo leí en tres días
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La crítica a Montoneros me dejó sabor a poco
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Los matices… Pero elaborar una memoria colectiva demandó sacarse de encima los matices. Tal vez ahora sirve volver a los matices.
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Los jóvenes que andaban con una pastilla de cianuro… es como hoy entender a los jóvenes que tientan la muerte por otro lado
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La pulsión de vida de Silvia
Una compañera trajo a colación el libro de Mariana Eva Pérez, Diario de una princesa montonera (primera edición Capital Intelectual, 2012; primera edición ampliada Planeta, 2021). Valga para sumar a esta biblioteca.
Referencias
Agamben, Giorgio: “La vergüenza, o del sujeto”, en Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III, Pre-Textos, Valencia, 2000, traducción de Antonio Gimeno Cuspinera (pp. 91–142, la frase citada en página 97)
Huyssen, Andreas: “Momentos y memoria del Holocausto en la era de los medios”, en En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007, traducción de Silvia Fehrmann (capítulo V, las frases citadas en página 154)
Levi, Primo: Los hundidos y los salvados, Muchnik Editores, Barcelona, 2000, traducción de Pilar Gómez Bedate
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