Triste y Tropical #47
La rave en la ficción, Turrobaby y el Animal Print.
Triste y Tropical #47
La rave en la ficción, Turrobaby y el Animal Print.
“Cuando se armó el mundo era todo ruido. La música necesita inventar el silencio para empezar y para terminar, porque sino no tiene un antes y un después. Bailamos porque nos gusta perdernos en la música y que ella sea nuestra casa, como un refugio del ruido previo y ante un nuevo silencio. Por eso la música es mi casa”.
Pablo Schanton — Bienal de Performance 2017.
Santiago Motorizado va a entrenar al mismo gimnasio que yo. Me lo cruzo todas las semanas. Cuando estoy corriendo entra y se queda unos segundos mirando la tele. Su bronceado, la amplia gama de colores de las prendas que lleva y el ánima deportiva traducen lo evidente: el fin de una época. Hasta el indie necesita sus gains en 2025. Veo en su cara mucho más que el cantantedeelmató porque es la baldosa de la sensibilidad de otros años. Sin intenciones de juzgar sus ansias de hacer ejercicio (o más bien lo que brinda practicarlo), no deja de sentirse un poquito de derrota. Por más que hace bastante no escucho su música, su banda resguarda entre sus más grandes hits ese sinónimo de fracaso. Irónico. ¿Santiago quiere ponerse fuerte para seguir cuidando a los suyos? Ha pasado tiempo, ahora para subirse al techo hacen falta protector solar y calcular la distancia con el suelo. Quizás sólo va por el shot de endorfinas. De sentirnos bonitos nos tenemos que ocupar solos, de que cuestionen nuestros parámetros para hacerlo, nos cuidamos entre todos.

Los años nuevos.
Los kioscos cierran y son reemplazados por locales de venta de batidos de proteína. Es un tiempo que te quiere magro pero te acerca un sueldo (con suerte) que alcanza para alimentarte con la masa saborizada de las empanadas low cost. Sacan fotos a las personas multiplicadas que duermen en la calle porque parecen ignorar que ya suficiente se ha ultrajado su intimidad como para volverse postales de la barbarie. Encima de atrevidos, infantiles: varios roban la imagen para denunciar el abandono, se pelean por los créditos y ya nadie se acuerda de lo que pasa, como el número de gente es tan alto arman un efecto dominó (en la esquina de una librería y en cualquier otro lugar de la Ciudad).
Ese formato de YouTube: “cocinando las recetas de las imágenes que traen los envases” es una estupidez porque:
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Los envoltorios vienen con la leyenda “imágenes de carácter ilustrativo”.
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Por ley, las marcas no pueden poner fotos en sus empaques, por eso contratan ilustradores hiperrealistas. Sí, las naranjas del Citric están dibujadas.
Me despierta muchísimo odio este otro: “un día comiendo los productos más baratos del super”. El drama de tu challenge es la realidad de muchísima gente o algo que ni en rachas dulces pueden imaginar (ni hablar cuando el desafío exige elegir los más suntuarios de la góndola).
Si hablamos de diseños y su aplicación masiva, hay uno agotadoramente recurrente. Corporate Memphis es el nombre que lleva el estilo que copó el mundo desde 2010 y, aunque esté de salida, todavía se ve por todos lados. La pareja que baila cuando hacés una transacción financiera, un par de tazas de café chocando manos anuncian precios desorbitantes del menú de estación, una caja de vinilos te encuentra chocha al abrir una app por más que el digging sea lo que le sigue a lo imposible, todo luce de un modo amable e inocuo. Brazos y piernas demasiado largos, colores de piel humanamente inconseguibles. Algunos la llaman “la comic sans de la ilustración comercial”, fue un vehículo para que las empresas vuelvan amistosas sus dinámicas para hacerte más miserable y tengas la falsa sensación de formar parte. La homogeneización de los muñecos con los que interactuamos virtualmente se volvió la pauta de cada agencia creativa: formas geométricas planas con rasgos exagerados te guiñan un ojo para conseguir que pases dentro de sus aplicaciones el mayor tiempo posible. Su simpatía está supeditada a la monetización que vos generes.

Corporate Memphis.
Su nombre viene del grupo Memphis, un colectivo de diseñadores que tomaron las estructuras gráficas del Bauhaus sumando lo divertido de la marca de juguetes Fisher Price. Los primeros bocetos que picaron se vendieron a Facebook, con lo cual todas las startups del momento fueron corriendo a imitarlo. La artista Cat Graffam explica el conflicto de estos diseños vectoriales: “el problema es el contexto. Facebook y todas las demás compañías abusaron de él porque se siente seguro e indefenso. En sus pretensiones de universalidad termina siendo tan genérico y sin voz que no consigue interpelar a nadie”. Que todo luzca igual no es una sensación: todas las referencias son tomadas de la misma librería porque es de licencia gratuita. Graffam se cuestiona entonces: “Si acaso hay intenciones de conectar con las diversidades, siendo abstractos y no realistas, entonces no representan a nadie. No pueden ser criticados por fallar en su representación o tener “demasiada diversidad” cuando toda la gente que ilustrás es amarilla, rosa y azul”.
Las empresas acuden al Corporate Memphis porque quieren que los percibas de la forma menos amenazante posible y en esa narrativa llevan su wholesomeness al límite del ridículo: ¿por qué deberíamos ver dos personas saltando por una pradera una vez que se vacía nuestra cuenta bancaria como consecuencia de haber efectuado el tan noble acto de transferir el alquiler a la inmobiliaria?
En 2025 esto llegó a su límite. Sigue la ilustradora: “se convirtió en la representación tangible de todo lo que desconfiamos de las big tech”. Su uso traspasa la pantalla de nuestros celulares y, con discretas diferencias, podemos encontrarla en diseñadores de moda, la estética de los cafés de especialidad, los locales de decoración de interiores, son máscaras para cagarte buscando que te sientas cómodo. Lo percibo en esas casas inmaculadas donde todo parece haber sido encargado por catálogo y hasta el objeto más vintage luce como fabricado en serie, dueños de propiedades cuyas pretensiones estéticas acaban en una asepsia visual más acorde al template Ikea que a un hogar. Un mercado de pulgas regentado por Pinterest.
La conclusión de Graffam habla mejor que yo:
“Corporate Memphis represent the rightful anxieties the average person has towards the current failings of a capitalistic society and how those with massive wealth and power have built it to work in their favor and not ours”.

Saturno devorando a su hijo adoptado a Corporate Memphis.
Cazzu volvió a ser noticia, está vez por su música. Finalizada su estampa de familia tradicional, la jujeña eligió el diss track para responder las traiciones de su ex, Cristian Nodal. “La cueva” y “DOLCE” no son sólo sus respuestas líricas al cantante, son las canciones que saca después de casi dos años. Resulta un poco chocante que los videos inmediatamente anteriores a los clips de estos temas sean los de su presentación en el Movistar Arena, cuando Julieta hizo su embarazo reveal.
Ambos son la fiel herencia del espíritu de Cazzu: sensible y sensual. El primero, en clave folk, la encuentra con un vestido blanco y transparente, despejada de todo recurso estrafalario, en el cuerpo y en lo escrito: la canción es concreta y confesional, casi que podría valer como un “C14TORCE”, la colección de canciones emo-románticas que grabó durante 5 años consecutivos. En general no me interesan las historias de origen de los tatuajes, pero quienes llevan un notable número de marcas en su piel, llevan a expensas suyas, una historia paralela, la de la mutación anatómica de las cicatrices en el correr del cuerpo. Cuando Cazzu camina en ese campo, el viento le vuela las extensiones y su espalda descubierta nos recuerda la araña, portada de su último disco, Nena trampa, la viuda negra, un canibalismo sexual que suena a chiste en un traje donde lucen más adecuadas su “inseguridad” (con el in tachado) y la cara de animé hoy algo reubicada post maternidad. A Cazzu le duele mucho todo como para comulgar con una erótica asesina.
El segundo tema busca transicionar hacia el despecho desde el lenguaje artístico de Nodal: el corrido tumbado. Es algo decepcionante su decisión porque lo que trae no alcanza a enrostrarle algo más que lo que dice. Cazzu podría terminar de sepultar mediáticamente su matrimonio con una buena fronteada de trap, el monopolio mainstream que como mujer en Argentina por ahora nadie le ha quitado, y dejar al descubierto que, justamente, no necesita de su influencia para seguir en carrera. Que no necesita nada de él (amén de una cuantiosa cuota de alimentos, como merece quien lleva su apellido). El recibimiento del público responde más a la contienda angeldebritesca que a una performance musical. Mis fichas siguen en la palma, algo humedecidas por el calor, pero imaginando que estos no serán singles de un futuro álbum y su forthcoming está al caer. Hay algo ¿accidental? en la forma en que lucen su pelo y cara en el primer videoclip, poco maquillaje y peluca suelta, recordando un poco a la Chapiadora, a la Cazzu que supimos concebir. Quizás las dos canciones vienen a acondicionar el espacio para algo más grande, apartando el estorbo poco disimulable que dejan las cicatrices para empezar la fiesta. Así como cuando dejás la casa impecable para recibir visitas.

Cazzu en “La Cueva”
Para (todo el equipo de comunicación detrás de) Tiago PZK, que un hombre heterosexual juegue un poquito más de lo habitual con el rango de su voz y aprenda una coreografía que incluye un paso jacksonista donde se lleva la mano a la entrepierna, es equivalente a un renacimiento, como si fuese un escándalo hacer posturas tradicionalmente feminizadas y deba jugar la carta de la muerte artística (con Post Mortem tan cerca eso es un suicidio, A&Rs). Dos discos fallidos y un tercer intento que ya arranca debiendo. Si lo vemos desde el cariz supersticioso, es peor: pensemos en canciones tituladas como la de Tiago, “Señorita”: Justin Timberlake, Puff Daddy, Camila Cabello y Shawn Mendes, Duki, todas canciones olvidables y más bien penosas. Señorita fue una palabra bastante usada en los 2000 en la música anglo como gesto de frontera para los comprometidos “mi gente latino”.
Tiago (o todo el grupo de personas que trabajan por y para él) debería confiar en su mayor virtud: la voz. No es un mal comienzo para alejarse del rap y animarse a ambientes profundamente poperos, como bien sabe hacer Rauw Alejandro (a quien sí habría que hacerle RCP después de que su Cosa Nuestra haya pasado de apreciarse con buenas intenciones a verse igual que un jarrón deforme hecho por un niño en su primera clase de cerámica, víctima absoluta de DeBÍ TiRAR MáS FOToS). Lo intentaste, Raúl.
Ya se fue enero no sin antes arrojar por su ventana un colchón de discos. Entre ellos, I LOVE WACHAS, el segundo de Turrobaby. Aunque su deseo de agitarla desde un apodo (como paso ineludible a la senda de la celebridad) le censure su nombre de pila, ya sabemos que se llama Félix. Si bien muchos lo están conociendo ahora, Turrobaby hizo su debut en 2023 con El paraíso de los turros. Su universo se presentaba con una remera Adidas hecha de cielo, algo así como un lugar donde la pilcha es infinita y los wachines desfilan en una pasarela de nubes mientras se dicen entre sí lo coquetos que se ven.
Félix canta como si nunca se le hubiese ido el asombro por el llamado de Dios (en su escala): el follow de Duki. No pudo aguantar ni minutos para abalanzarse en sus historias a contarlo y arrojarse entonces al vacío de la fama. Fuera de la escuela pero anotado a la carrera del show business, Turro llora de felicidad.
Cecilia Pavón, su mamá, se mudó de su Mendoza natal a Buenos Aires para vivir en lo de su tía. Estaba fascinada por los sonidos. En Congreso, 1994, cuenta:
“Me gusta vivir en Congreso porque hay discotecas y me gusta ir a la discoteca porque la considero una escuela. No voy a la discoteca para conocer hombres, ni para sentir la música en mi cuerpo, ni para beber tragos exóticos. Voy simplemente para reeducar mi oído. Luego de incorporar la estructura de la música extraña de la discoteca a mi sistema de percepción, los ruidos de la calle me parecen música. Así, dejo de sufrir. Cuando siento que esos ruidos hieren mi alma, me digo, no la hieren, la hacen gozar, el ruido es placer, como la música de Daft Punk. Además los ruidos me acompañan siempre. Gracias a los ruidos es imposible que me sienta sola en Congreso. Cuando camino, no me parece hacerlo sobre el asfalto, sino sobre un colchón de ruidos, o una alfombra cuyo diseño fueran intrincadas combinaciones de sonidos misteriosos y excitantes.
En realidad, eso es todo lo que puedo decir de Congreso: mi cuerpo está quieto en mi departamento, y el único movimiento es el del sonido. (Viento, radios que se mezclan con colectivos y ambulancias, taladros, televisores, gente que grita porque sí, o gente que grita consignas políticas acompañada por el ritmo de poderosos tambores).
Y por último: no quiero vivir en un departamento de Buenos Aires, quiero vivir en una discoteca de Buenos Aires. O mejor: no quiero vivir, quiero bailar. O más aún: no quiero bailar sólo quiero escuchar, escuchar, escuchar”.
Este texto se publicó originalmente en 2007 (mientras yo lo leo en su edición de 2010, como parte de Los sueños no tienen copyright), el año en que nació Félix. Me encanta cuando les hijes de artistas parecen desentenderse de la estructura creativa que edificaron sus padres, como si ese lenguaje habilitara el permiso para construir con códigos propios. Es obvio que a Turrobaby le iba a interesar más llegar a la pirámide de un cartel de encuentro musical que participar en un catálogo de poesía. El deseo juvenil y moderno adquieren volúmenes espectaculares que en la escritura en verso son sutiles. La rebeldía y la urgencia los acerca de igual modo: el ritmo excitante de un fanzine como puede haber sido la editorial autogestiva de Belleza y Felicidad y un primer disco escupido sin reparo en la excelencia: quiero hacer ya con lo que (y sobre lo que) tengo, determinan madre e hijo. En “Anto Roccuzzo” (me hubiese encantado que todas las canciones se titulen con nombres propios) Félix canta: “Le agradezco a mami está facha que me dio”. Imposible no recordar ambas caras y ver el profundo parecido.

Turrobaby cerrando su show en Uniclub.
Belleza y Felicidad fue un proyecto que Cecilia creó con la también poeta Fernanda Laguna. En 1999 alquilaron un local donde había funcionado una farmacia y montaron una galería de arte que al poco tiempo abrigó en su pecho publicaciones editoriales, venta de chucherías, centro cultural y amparo para inquietos jóvenes porteños y aledaños. Sus fundadoras tenían una amiga residente: Gabriela Bejerman. Félix también anda en barra, sus compañeros de andanzas son los SWAGGERBOYZ (en mi cabeza Agus es Fernanda y Stiffy Gabriela) y a la crew se les suma Zell: son los PILF (completen el paralelismo con la figura intelectual que quieran).
I LOVE WACHAS toma esa confianza dada por el beneplácito de tu ídolo, y se escuda de antemano por cualquier análisis con la intro de La Joaqui. Y como toda dinámica cultural moderna ve acortar un eslabón en su proceso, Turro no se tatuó la tapa del disco: el disco ES su vientre de adolescente lampiño coloreado con su pasión por las chicas en las barrigas peludas de una cadena de osos cariñosos rosados. Todo muy meta — (t)rap.
Cecilia tuitea seguido sobre su hijo famoso. Enternece leerla contando lo emocionada que estuvo cuando cantó en su ex colegio, el Mariano Acosta, o confesar que, por más que él no la deje, va a verlo en vivo. Me gusta pensar que el anonimato que él entregó sin darse cuenta, ella lo aprovecha para saciar el papel de madre orgullosa. Cecilia es un personaje conocido en la cultura porteña, pero tiene una más a su favor (que juega en contra en otras cuestiones): la poesía no es mainstream. No importa la cantidad de libros que haya publicado, puede caminar tranquila por la calle sin ser interceptada por pibes que, como los fans de Turrobaby, quieren su sonrisa de grillz con forma de pipa de Nike en una foto.
El hueco que encuentra Félix para hacerse un lugar es lo que está inmediatamente antes del ahora. ¿Cuánta fe se puede tener para escribir un tema titulado con una pareja mediática (China Suárez y Franco Colapinto) y esperar que no quede viejo? Asequible como andar en bicicleta con una bici patrocinada por un banco. La contemporaneidad es un jacuzzi inflable y Félix lo pincha mientras se caga de risa.
Como escritora, traductora y poeta, imagino que Cecilia debe escuchar las canciones de su hijo. No digo interpretar, digo escuchar, consumir, como enterarse de a qué se dedica el nene. Después de desfilar por streams, copar una plaza para filmar un videoclip, formar parte del line up del Bs. As. Trap y abrirle a una rapera española, ya pasó la barrera de un llamado de atención. Por más desafectado que sea el delivery de Turrobaby, hay espacio para mencionar el magro sueldo de los jubilados y cómo detecta las marcas de la inflación a partir del precio de los cigarrillos.
Mientras en los ’90 Cecilia perseguía el sonido del Microcentro, en los 2020 Félix ES el fulminante de los disparos auditivos de la Buenos Aires del momento. Que el arroba de la vieja cuenta de Instagram de la poeta haya sido @poscultura lo vuelve más profético. En los créditos de las canciones, su apellido se anota sin tilde, dato que sospecha más descuido que deliberación. Escribe Lia Quezada sobre el estilo de Pavón madre: “su poesía es actual: la podrían haber escrito mis amigas, se parece a lo que se escucha hoy en los micrófonos abiertos de poesía”. Una reversión que describa al heredero diría: “sus barras son actuales: las podrían haber dicho en un Discord, se parece a lo que se escucha hoy en los directos de Kick”.

Portada del nuevo álbum de Turrobaby.
Rompí mi abstención de series con un acierto: Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen. Ana y Óscar se conocen en una fiesta de fin de año y se enganchan enseguida. Son los dos muy lindos, cogen a más no poder y, aunque se libren de desnudos, lo demuestran con escenas bastante verosímiles como para calentar. La energía sexual es, de hecho, una de las barricadas que pierde custodia a medida que la historia se desarrolla. Los refuerzos parecen ir a socorrer detalles, cuando ni siquiera son capaces de mirarse a los ojos. Son diez capítulos y el nombre explica el momento en que sucede: cada episodio es una hora de un 31 de diciembre en tiempo real. Además de las celebraciones cristianas, su calendario tiene más eventos: ella nació el último día del año y él, el 1° de enero. Las fiestas entonces, son también sus cumpleaños. Los saltos temporales obligan al espectador a reconstruir la elipsis: a veces Ana y Óscar serán amigos, a veces estarán esperando su saludo de natalicio, otras más enamorados que nunca. Mientras tanto, el tiempo pasa, tienen 31, 32, 33, 34. Ella deja ir y cambia de trabajo, él padece las guardias como médico. Los amigos en común pasan, fueron excusas cómplices y hoy argumentos de conflicto. Menudo lío. Me interesa detenerme en uno de mis capítulos favoritos, el del baile. Óscar le regala a Ana un viaje a Alemania. Allí se encuentran con dos viejos amigos de ella y van a bailar. Aunque nadie mencione nada, la referencia a Berghain (ese famosísimo boliche en Berlín al que sólo podés entrar según el ortodoxo arbitrio del patovica y está prohibido filmar) es evidente. Ellos nunca estuvieron, no saben cómo comportarse ni en qué idioma hablar, sacan teorías sobre el supuesto patrón del Seguridad. Luego entran, se meten de todo en el baño y encaran hacia la pista. Loas al musicalizador porque si por algo protesto seguido es a causa de lo truchos que son los temas que suenan cuando toca ambientalizar escenas de disco. Lo que se escucha está bárbaro. La credibilidad de sus masturbaciones también se percibe en el clima de esta noche: el hastío de un intento ocre, el agotamiento después de drogarse y haber agitado en cada drop beat. Dos cuerpos que se buscan, pero por más guía que propinen los golpes de graves, no logran encontrarse. Podría seguir pero voy a respetar a aquellas personas que vayan a verla, sólo diré: la escena del taxi.
Sogoroyen contó que Berghain es el mítico, pero en Berlín está repleto de clubes donde no se puede tomar registros, como el boliche real que se eligió para grabar estas escenas (y que por supuesto su nombre está censurado en los agradecimientos). El cantante español Marcelo Criminal dice sobre la serie:
“Al concedernos solo diez horas de diez años, los personajes están al mínimo, podemos tener nuestras preferencias pero la realidad es que ni les conocemos, ni sabemos quién es más insoportable, quién lava más platos, quién es “el bueno”. Para mí el logro de Los años nuevos, durante gran parte de la serie al menos, es su antisentimentalismo, su afán por crear un suspense bajo una apariencia romántica. Usar el aparato romántico, familiar, generacional, musical, para darnos un puto thriller español”.

Los años nuevos.
Lo que aleja a Ana y Óscar, Romy y Samuel lo imantan en Babygirl. Luego de un te amo igual de sentido que el buen día que sale de la boca de un empleado de call center, el personaje interpretado por Nicole Kidman corta su celular, se mete a un antro neoyorquino y es embestida por una fiesta alucinante. “I try to be a good girl/but I wanna feel alive” y que haga lo propio el track: Yellow Claw & Natte Visstick & RHYME — “CRUSH”. Romy está ahí, como gran parte de sus acciones, por orden de Samuel (el papel de Harris Dickinson, con quien ya nos habíamos fascinado en Beach Rats). No sabe qué tiene que hacer, no le envió instrucciones, camina guiada por la intermitencia de las luces, su cara de confusión es malinterpretada por una chica que le enchufa una botella de agua para luego aprovechar el envión y besarla (porque quién no querría chapar con Nicole Kidman Y en una rave). Hidratada y fabulosa, aún no encaja, la mirada se le desvía para seguir buscando a su amo, que sacude los brazos musculosos al compás de los BPMs, se agarran de la cabeza con el amigo y alaban, como buenos acólitos sintéticos. La toma cenital y su expresión refuerzan el desencaje: el que no está en cuero, tiene un top, o alguna prenda estridente, sudor y pelos alborotados. Romy es rubia, lleva una blusa color mostaza con un lazo en el cuello, el cabello recogido. Es el mismo outfit que se pone para ir a trabajar: el outfit de CEO. La postura corporativa se desarma con una sola movida de Samuel que, colocado como está, alcanza a tomarla de la mano y sacarla del agite colectivo para rumiar a pares en una habitación con luces rojas. Aprietan la música y los bíceps de Dickinson. Dan ganas de recargar la botellita en el baño del cine y meterse en el primer sótano que encuentres.

Babygirl.
Pasadas la desesperanza y el ardor de pista, hay otra tercera escena de baile: El llanto pasó desapercibida por salas, pero su arranque en un bar (acaso en La Plata, como sucede la mitad de la película) aclimata con valentía. Una de las protagonistas sale de joda con amigos y, excitada, le insiste al DJ que haga juegos de luces. Ella salta, baila, hasta que un huésped interrumpe la armonía estética (que sostiene todo el guion) para meternos en el primer acto. El personaje ya no se mueve por las pautas de la música, lo desconocido entra en acción y la fiesta termina antes de lo esperado.

El llanto.
[La omisión de Anora es intencional: los bailes de Ani son de otro calibre y si me pongo a hablar de Sean Baker extendería otros miles de caracteres].
Después de más tiempo del que creo recordar, cambio de lado de la cama. La decisión tiene soundtrack propio: Plastilina Mosh, “La cama es muy grande sin ti”. La etiqueta del sommier sugiere: “diseñado para dormir de a dos”. Me estoy dejando crecer el pelo después de años, la cortina frigorífica que me asesta cuando corro es la prueba definitiva. Tampoco lo tiño, no piso una peluquería desde 2022.
Lecturas recientes me enseñan palabras, pero de una me quedo prendida porque su aplicación me hace reír: en El niño resentido, César González llama gaznápiros (simplón, persona que se emboba por cualquier cosa) a los jugadores de fútbol que se tatúan al primer santo que conocen, teniendo la posibilidad de ser acompañados por el gran Gauchito Gil.

Portada de la revista de Belleza y Felicidad.
El estampado de leopardo se puso más de moda que nunca y a mí eso me encanta porque lo siento como una revancha personal. Yo, que siempre fui una persona extremadamente introvertida y tuve pudor por mostrarme, tomo el leopardo como la trama definitiva para cubrir (no tanto) mi piel. En general me visto igual de determinante que mi personalidad: evito flecos, no me gustan las tachas, ni los tajos, las remeras de una sola manga, las rasgaduras, volados o irregularidades. El Animal Print es el espacio donde lo permito todo, donde esa definición con que respondo (y exijo) en la vida puedo relajar, voy de lo textual a lo textil, ni cuadrados ni círculos, dame ese *Disfraz de tigre (extraño a Hidrogenesse) quiero ser mi propia Miami, como la contratapa del libro de Susana Giménez (Retrato íntimo de su vida*) que te regalaban en Musimundo con la compra y $5, o el peluche de las solapas de los trajes de Fran Drescher. Para muchos es la trama de lo grasa, una aventura que rechazan de cuajo. El leopardo es de la mandona, de los microlujos y la customización kitschera: del forrado del volante del auto a los tatuajes que muchas chicas se hacían en los 2000, en paralelo al boom trivalista de varón. Con estampa aleopardada tengo pantalones, polleras, mallas, tops, corpiños y bombachas, hasta cordones de borcegos. Sueño un festejo donde corone con un tapado sintético, el egreso de la desfachatada. El leopardo es mi vía de escape hacia lo que no se define ni tiene por qué hacerlo. Animal Print, soy tu miembro honorífica del Sindicato de lo Salvaje.
Bastante seguido se me viene a la cabeza una foto mía a los 5 años sentada en el living de mi casa con camisa y cancanes rojas. Como alguien que se puso una pollera por primera vez a los 25, acordarme de eso me hace entender todo el trecho que anduve apagada y de qué manera fui, por suerte (o mejor dicho, por mí) recuperando los colores. El leopardo está un nivel por encima de la irreverencia cromática. Vuelvo a ser la roja, la brillante, de plush (no la extraño porque por suerte sigue sacando música, pero qué temazo este de Simona). Al leopardo se le dice Animal Print aunque el término es más expansivo, como la cebra (no me gusta tanto) o la vaca, que se ve bastante poco (¿quizás porque los otros animales simbolizan furia o fuerza bestial y la vaca es elegida como insulto?).
En abril de 2024, Sofia Finkel curó la muestra Too Much pensada desde la teoría del color, de la mano de Fantasy Dinasty. Se montó en la galería Hipopoety donde colgaba del techo una araña enorme sostenida con tiras cubiertas en peluche y un taco tapizado en cebra fucsia y naranja. Dice Sofi en el texto de sala:
“Décadas atrás, una empresa pionera en la estandarización del color (no la nombraremos) ideó un filtro capaz de envolver la atmósfera y absorber las ondas de luz que sintetizan al color Animal Print. Fue algo así como un cerco ilegal para borrar el espectro visible a un color que suponía un riesgo para el mercado, su imposibilidad por codificarse esquivaba licencias de producción dado libre albedrío a su utilización, una amenaza total para el negocio.
Sin embargo, este gesto de censura produjo un efecto adverso: la entropía del Animal Print. destinadas al destierro en la oscuridad del espacio exterior, se fueron acumulando ellas, las ondas de luz Animal Print. Rechazadas del sistema terrestre. Se organizaron y desorganizaron pero juntas abrieron un vértice espacio temporal con distintas sedes, una de ellas en Once. (…) Se nos presenta en múltiples aspectos y personalidades, de la vedette a la rollinga, ahí están ellas contenidas y expandidas con trazos juguetones de una gestualidad caprichosa y seductora. Las veo como ventanas a un paisaje interior blando y sinuoso o como respaldos de un hotel alojamiento cómplices de fantasías ajenas”.

Fantasy Dinasty y Sofi Finkel en la muestra Too Much.
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