Sobre mi archivo cuir
Una memoria encarnada en el cul*
Sobre mi archivo cuir
Una memoria encarnada en el cul*
Quiero contarles una memoria de mi archivo cuir, ese que poco a poco se vuelve texto y se reconoce como cuerpo que reclama lecturas en clave sexoafectiva. Una cartografía íntima de esas intensidades que van configurando lo que ahora entiendo como mi cuiridad.
A los 16 empecé a sentir cosas en la tripita por un chico de mi misma edad, y por cosas me refiero a esas miradas que te paralizan, a esos ojos que se quedan posados en el rostro y que rápidamente giran en señal de lo que ahora nombramos como “pánico marika”. Esa respuesta corporal automatizada ante el reconocimiento del deseo prohibido, esa tecnología del pánico que mi cuerpo ya había aprendido sin que yo lo supiera.
Era un chico de la iglesia a quien estéticamente reconocía por intentar desheterosexualizar la vestimenta de una iglesia en la que te vestías como jurista o vendedor/a/e de biblias. Su ropa operaba como una práctica micropolítica de resistencia, interrumpiendo la gramática visual de lo normativo. En fin, este chico me fascinaba, sentía como choques eléctricos en muchas partes de mi cuerpo, esas intensidades afectivas que ahora entiendo como el despertar de algo que había estado ahí, latente, esperando el momento de manifestarse.
Pasaron los meses y yo seguía cayendo cada día más por la imagen prohibida, el anhelo de un beso que no sería o el saludo ante el cual huiría. Mi subjetividad se configuraba cada vez más intensamente alrededor de esa figura inalcanzable. Era 2009, el mundo y la escena marika en Latinoamérica era muy distinta a la de ahora, la figura de la loca marika era algo que interrumpía la vida hetero, una presencia disruptiva que hacía visible la contingencia de lo que parecía natural.
Yo como buen investigadore, encontré al chico que me gustaba en Facebook, se llamaba Miguel, lo encontré justo con una foto de perfil en la que mostraba su incipiente trabajo en el gimnasio. Mis habilidades como investigadore cuir ya se manifestaban, aunque yo no tuviera aún el lenguaje para nombrarlas.
Cuando me enteré de su nombre completo, se me ocurrió una idea digna de un episodio de Skins, no sé cómo, pero fui al RENAP — esa institución estatal que opera como archivo biopolítico de la ciudadanía — a buscar el acta de nacimiento de él. Di su nombre completo y su fecha de nacimiento. Me dijeron que pasara a pagar al banco el costo del acta de nacimiento, lo hice, regresé, entregué el comprobante y en dos minutos me entregaron el documento. El procedimiento se desarrolló con una facilidad que ahora me resulta perturbadora.
Para mi sorpresa el chico tenía un año menos que yo, conocí dónde nació y los nombres de sus progenitores, tenía una foto pequeña de él en la parte superior del documento. Yo de lo ansioso que estaba decidí irme a casa y ver por largo tiempo esa acta de nacimiento. Ahora que lo pienso, mis dotes como investigadore cuir ya se notaban, y notoriamente mi búsqueda estaba atravesada por la cuiridad de mi deseo. Una metodología obsesiva que buscaba apropiarse simbólicamente del objeto de fascinación.
Llegué a casa y entré al baño con el acta de nacimiento de Miguel debajo de mi playera, cerca de mi pecho y estómago. Ese documento operaba como fetiche, como reliquia jurídica de mi deseo. Empecé a sentir mareos, todo estaba muy vibrante y latiendo, lo sabía, era un hecho, no lo podía negar más porque estaba ante mis ojos. La evidencia se volvía innegable: yo era (soy) marika, ese chico me gustaba tanto que había hecho toda una indagación para poder dar con un documento del marika al que estaba seguro de que yo también le gustaba.
Vomité, ese vómito iniciático a mis 17 años. Esa marca visceral, ese asco auto-homofóbico como paso hacia un diálogo, una crisis continua que perduraría los siguientes años de mi vida. El vómito funcionaba como inscripción corporal del tránsito hacia una nueva configuración subjetiva, como ceremonia involuntaria de reconocimiento identitario.
¿Por qué me daba asco saber de alguien que a la vez me gustaba? ¿Por qué darme cuenta de mi gusto hacia los chicos me resultaba nauseabundo? Ahora sé que ese asco estaba mediado por el conjunto de normas morales inscritas y prescritas en mi cuerpo. Como una brújula, como un instinto “heterosexual” aprendido que funcionaba como dispositivo de control, operando más allá de mi voluntad consciente.
Esta memoria se ofrece como fragmento de una cartografía mayor: el reconocimiento de cómo el poder se inscribe en la carne y, simultáneamente, de las posibilidades de resistencia que emergen desde esa misma inscripción. Un archivo cuir que se va construyendo en el tiempo, revelando las tecnologías mediante las cuales aprendemos a desear y, también, las formas en que ese deseo puede volverse territorio de disputa y transformación.
메타데이터
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- 2026-07-19 16:50:09