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El motor del mérito: por qué “corregir” el esfuerzo sale más caro de lo que parece

¿Es justo que a alguien le vaya mejor solo porque se esforzó más? La pregunta parece simple. La respuesta, no.

Jorge Flores Gallegos · 2026-07-26 03:41 · 0 claps · 3.5 min read
#meritocracy #igualdad-de-oportunidades #riesgo-moral #esfuerzo-individual #movilidad-social
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El motor del mérito: por qué “corregir” el esfuerzo sale más caro de lo que parece

¿Es justo que a alguien le vaya mejor solo porque se esforzó más? La pregunta parece simple. La respuesta, no.

Casi todos nos la hacemos alguna vez, aunque no la digamos en voz alta. Michael Young la planteó hace más de sesenta años en El triunfo de la meritocracia (1958), y Michael Sandel la revivió hace poco en La tiranía del mérito (2020) con una idea incómoda: el mérito no solo reparte de forma desigual, también convence a los ganadores de que se lo merecen todo, y a los perdedores de que la culpa es solo suya.

Es una crítica que duele porque toca algo real. Pero de ahí a pensar que el Estado debería intervenir para “corregir” el esfuerzo hay un salto que vale la pena revisar con calma.

Lo que dicen los críticos, y por qué convence

El argumento de fondo es moral: nadie elige el barrio donde nace, la genética que hereda ni la mesa familiar en la que crece. Decir que el éxito depende solo del mérito propio es, cuando menos, una simplificación cómoda y oportunista. Algunos críticos van más allá y sostienen que la igualdad de oportunidades ayuda, pero no alcanza, porque el mérito no elimina la pobreza: solo cambia quién tiene más chances de salir de ella, mientras la herencia, los contactos y el código postal siguen pesando fuerte.

Es un diagnóstico honesto. El problema empieza cuando se convierte en receta.

El mérito no reparte justicia perfecta: enciende el motor

Aquí está el malentendido de fondo. Se juzga al mérito como si fuera una máquina de repartir justicia sin fallas, cuando en realidad cumple una función más simple y más útil: es el motor que te hace estudiar de noche, te hace practicar más de lo debido, meter tus ahorros en un negocio o quedarte una hora más resolviendo algo en el trabajo. Ni la lotería, ni las cuotas que puede imponer una ley, ni el reparto forzoso del poder público según necesidad, logran sostener ese vínculo entre esfuerzo y resultado sin, de paso, debilitarlo.

Que el mérito no sea puro, que se mezcle con suerte y herencia, no lo invalida — ningún criterio humano lo es. Y la alternativa, que sea el Estado el que decida “quién merece qué” según necesidad o identidad, no borra el sesgo: solo lo traslada del mercado a la política, con sus propios riesgos de favoritismo y arbitrariedad. Hasta la propia crítica lo reconoce sin querer, cuando advierte que las viejas aristocracias suelen ser reemplazadas no por sociedades más justas, sino por nuevas oligarquías con otro nombre y otros intereses más particulares.

Cuando “corregir” el resultado apaga el motor

Pensemos en algo simple: si supieras que, hagas lo que hagas, tu recompensa va a ser casi la misma que la de alguien que no se esforzó, ¿seguirías esforzándote igual? La mayoría, con honestidad, diría que no, o mucho menos. Eso es lo que la economía del comportamiento llama riesgo moral: cuando el resultado se desconecta del esfuerzo, las ganas de esforzarse bajan, y no solo para quien recibe la ayuda, sino para todos.

No es una opinión, se ve en la práctica: muchos programas de asistencia terminan convirtiendo el puente en techo y generan trampas de pobreza. La crítica al mérito es contundente diagnosticando el daño, pero floja proponiendo qué poner en su lugar sin generar estos mismos efectos.

Depender de tu esfuerzo o depender del gobierno de turno

Hay una pregunta más de fondo, y quizás la más práctica de todas: ¿qué le conviene más a una persona: que su bienestar dependa sobre todo de lo que ella misma controla — su trabajo, su disciplina, sus talentos, sus decisiones — o que dependa de un subsidio o una exención que un gobierno puede dar o quitar según le convenga?

Cuanto más depende una vida de decisiones políticas, más queda expuesta al ciclo electoral, a la corrupción y al clientelismo, y menos a lo que uno mismo hace. Esto pesa el doble en países con instituciones débiles, donde el Estado que promete “corregir” el mérito termina, con demasiada frecuencia, capturado por intereses particulares, repitiendo con otro nombre las mismas jerarquías que decía querer romper, en fin, una consecutiva expresión de incoherencias. La autonomía que da el esfuerzo, aunque imperfecta, ata tu destino a algo que en buena parte está en tus manos. Eso vale más de lo que se le reconoce.

El combustible que sí puede repartir el Estado

La respuesta no es elegir entre mérito puro o redistribución total. Es algo más simple de decir que de lograr: fortalecer la línea de salida — educación, salud, infraestructura básica — sin tocar la línea de llegada una vez que la carrera ya se corrió. El Estado cumple su papel cuando nivela el punto de partida, no cuando castiga el punto de llegada.

Los críticos tienen razón en algo esencial: nadie compite en igualdad de condiciones desde el primer día. Pero la solución no es apagar el motor que empuja a la gente a esforzarse. Es asegurarse de que todos tengan, al menos, el combustible suficiente para arrancar — y llegar por su propio esfuerzo.


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