Reseña de ‘El Ruletista’, de Mircea Cărtărescu
El relato de ‘El Ruletista’ de Mircea Cărtărescu enfrenta la Fortuna y el Destino — en su origen trágico sinónimos — que aquí aparecen…
Reseña de ‘El Ruletista’, de Mircea Cărtărescu

El relato de ‘El Ruletista’ de Mircea Cărtărescu enfrenta la Fortuna y el Destino — en su origen trágico sinónimos — que aquí aparecen como un Jano, una contraposición entre la voluntad de morir y la teleología. La Fortuna sonríe al ruletista, quien hace acopio de una fama inapelable e, irremediablemente, de un caudal económico boyante, mientras que el destino al que persigue no encuentra hasta el desenlace. Tanto es así que, queriendo perder el pulso contra la muerte igualadora, burla al Dios único, «el gemelo negro que nació junto a él», ad aeternum hasta que la obra lo exige, descansando bajo un epitafio en cuyo texto reza Elliot.
Si bien la extensión de la novela es brevísima, la complejidad está latente en cada página. La negación divina de lo espiritual que se sustrae en las anécdotas del ruletista contadas por el narrador, un ‘espejo’ autobiográfico, rezuman un ateísmo que roza el nihilismo. Sin embargo, el lector se da de bruces contra el inmenso muro de la realidad. La imposibilidad de la existencia del ruletista es evidente, se trata de una obra ficticia, pero que Cărtărescu recalque en el colofón del relato que éste existe solamente en ese mundo de la ficción donde todo es posible — incluso alargar el hilo de la vida — hiere al lector profundamente. El recuerdo de la mortalidad humana y la obscenificación del goce de quienes observan a ese púgil que lucha contra sí mismo en la obra producen una náusea, acompañada, sin contradecirla ni paliarla, de un alivio sin precedentes.
Me colma de felicidad la idea de que tal vez Dios no exista.
Por otro lado, el ruletista ejemplifica una reinterpretación de la hybris clásica, una pulsión antropológica por superar lo divino. Es necesario entender que aquí el verdadero dios es el autor, quien asegura haber conocido a ese afortunadísimo hombre, si es que así podemos dirigirnos a él, y es precisamente Cărtărescu quien tiene la última palabra y mata patéticamente a su personaje, despojándolo de toda voluntad y deseo. La hybris es pues involuntaria en el ruletista; él jamás desea sobrevivir a la fatalidad del casquillo del revólver, al que va añadiendo gradualmente más hasta llenar el tambor de seis, pero es víctima de la libertad creadora absoluta de la literatura, aquí inmisericorde.
De nuevo, el matrimonio entre Eros y Thanatos se funden en el rol de la mujer. El narrador, que acaba identificándose con el ruletista al no disfrutar de sendas ‘carreras’ exitosas’, se ve abrumado por el comportamiento femenino más hibristofílico: «Siempre me ha estremecido el deseo femenino de acercarse a la muerte, su fascinación por los hombres que huelen a pólvora de forma casi metafísica». El ruletista, atravesado por la desesperación del yo y la angustia, por hablar en clave kierkegaardiana, jamás se siente lleno, ni siquiera conforme, con el éxito económico ni con la atención femenina. De hecho, es irónico, ya que invierte las primeras ganancias de esquivar la muerte en putañear en burdeles y cabarés. La repetición compulsiva del riesgo a morir no es por ende adrenalínica, sino necesaria para reafirmar su humanidad, la mortalidad que no es dada hasta el final, cuando toda burla hacia el desgraciado protagonista arrojado al mundo literario ya ha sido proferida.
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