Un huevo
¿Cómo un huevo puede ser tan frágil y tan fuerte a la vez?
Un huevo

Ilustración: Rodrigo Podestá.
Desayuno dominical o almuerzo frugal con María, mi esposa. La solución rápida y a la vez nutritiva: hacer huevos revueltos. Tomar dos o tres de la heladera, sin distinción de color, ni origen: orgánicos, de campos verdes y cristalinos, de criaderos de explotación 24/7 (sí, esos donde prenden las luces toda la noche para que las gallinas sigan poniendo y no descansen, no nada), sucios o limpios. Cualquiera sirve, es un huevo.
Agarrar un bowl, acercar la mano al borde y escuchar ese crack, ese mismo, esa maravilla. Ese crujir que requiere de una presión justa, ni mucha ni poca. Luego que queden las manos limpias, secas, como demostración de cierta maestría, de un crack nítido e inmaculado, eterno.
¿Cómo un huevo puede ser tan frágil y a la vez tan fuerte? Frágilinvencible.
Volcarlos, batir levemente, tirar en la sartén caliente con aceite, estar muy atentos, se cocina rápido, muy. Levantarlos en lo posible con cuchara de madera, mis favoritas, tan nobles, tan lindas. Esos recipientes que van acumulando memorias de las cocciones, retienen en sus células sabores, aromas y hasta anécdotas.
Mi hijo Juan come ahora los huevos sobre una tostada hecha en el horno, es una mañana clásica de domingo, viviendo el segundo tiempo del fin de semana, tratando de meter todos los goles posibles: descansar, dormir, hacer lo que la semana laboral no indica, caminar por el cerrito bien temprano cuando todos duermen salvo los pájaros, salir con Iuki, un par de bolsas y un guante, levantar latas, tetras, botellas, potes de helado, cucharitas, paquetes de cigarrillos, una buena muestra de placeres diurnos y nocturnos.
Controlar mi furia cuando veo tanta basura, levantarla con “amor”, convertirme en ese vecino ejemplar al que felicitan, “sos un ejemplo flaco, ojalá haya muchos como vos”, llenar dos bolsas y darse por hecho, andar en bicicleta con amigos por la sierra y recordar que debo comprarme un casco y ser más prudente, leer autores argentinos, luego olvidarme de todo lo que leí y odiar a la gente que tiene mucha memoria y presume en podcasts con análisis pasionales sobre todas las películas que vio o los discos que escuchó. Cocinar y darme cuenta que cada vez más me gusta comer alimentos que encierran cierta vitalidad, luz solar, ya sea frutas, verduras, miel, agua, cereales, una dieta casi prehistórica. Pensar cuándo comenzó el hombre a cosechar huevos, ¿cómo encerraba a las gallinas?, ¿los cocinaba?, ¿el huevo o la gallina?
(Ilustración: Rodrigo Podestá).
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