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La otra

—Mira, ahí está otra vez —le había dicho al de soporte, cuando apareció en mi pantalla la respuesta de la IA.

Antonio Kobashikawa · 2026-05-30 04:20 · 0 claps · 4.7 min read
#cuento #short-story #short-fiction #mandela-effect #ai
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La otra

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—Mira, ahí está otra vez —le había dicho al de soporte, cuando apareció en mi pantalla la respuesta de la IA.

—¿Alucinando?

—Mintiendo, diría yo. Pero ¡con qué frescura! Si no fuera porque puedo cotejar la respuesta en Google, me la creería.

El de soporte sonrió.

—Bueno, no me diga nada a mí. El programador es usted.

—Me preocupa que si para temas de cultura general es capaz de mentirme en la cara, qué no hará con el código que le pueda pedir que genere.

Supongo que pensaba que no era su problema. Siguió con lo suyo y procedió a marcharse porque ya estábamos sobre la hora de salida.

—No se quede hasta muy tarde, jefe.

Me había acostumbrado a que me dijeran jefe solamente por ser mayor que ellos. Ven unas canas y ya ni te tutean.

—No te preocupes, en un rato cierro mi kiosco.

La puerta automática se cerró con suavidad y me quedé solo en la oficina.

Me intrigaba que esa IA fallara tanto. Quizás se quedaba sin memoria, había pensado, pero seguía alucinando después de la actualización. Podría haberme ido, pero no tenía nada urgente de momento y decidí quedarme un rato más a ver si podía seguirle la pista al enigma.

No era la única computadora corriendo el mismo software. Las demás se comportaban como se esperaba, pero esta daba respuestas inusuales. No ilógicas; incluso se sentían coherentes. Parecía que sabía mentir, la pícara.

Me dieron ganas de reinstalar el sistema una vez más, todo desde cero, pero me contuve.

Hice la pregunta de cultura general:

—¿Conoces a tal personaje histórico? —pregunté por un santo.

—Claro —me respondió—. Se trata de un sacerdote y escritor que vivió en tal ciudad, tal año.

Equivocado.

—Y escribió tal obra, que narra los acontecimientos... —continuó.

¡Qué manía! Nada de eso existe.

—Ni que fuera un efecto Mandela —me dije, casi en voz alta.

Respiré. Parece que sí lo dije en voz alta.

Solo para no dejar nada sin comprobar, verifiqué la red. Veintitrés conexiones en el área, decía el monitor. Revisé el router. Veintitrés. Eso parecía normal.

Reflexioné un rato. Las IA no se conectaban a internet del mismo modo que el buscador, sino a través de otro servidor. Uno de los de arriba.

Tomé otra computadora y lancé un comando para verificar todas las conexiones de la red superior. No es tan difícil cuando una IA te ayuda. Todo parecía normal.

Decidí indagar personalmente. Salí y subí al piso de la sala de servidores. Nadie entraba allí. Era un ambiente controlado. Pero recordé que habían venido la semana pasada a hacer unas instalaciones, y quizás algo tuviera que ver.

Usé mi pase y entré al hábitat helado. Caminé por los pasillos buscando algo fuera de lugar.

Había un rincón oscuro que destacaba porque se supone que no deberían haber rincones oscuros en esos ambientes uniformes.

Allí, en el suelo, un pequeño router conectado a la fuente de alimentación, con sus luces titilando, parecía una mascota robótica abandonada.

Quizás lo habían usado para hacer pruebas y en el apuro lo dejaron.

Decidí no mover nada. Mi teléfono decía que estaba ante un router con el mismo nombre de red que el de abajo. Intenté conectarme. No funcionó. La contraseña era otra, por supuesto. Bueno, era de pruebas, así que intenté con las conocidas: 1234, admin, prueba. Nada.

El servidor de al lado tenía el teclado descubierto. Otro descuido. Quizás ese era el conectado al router solitario. Sí, era otra contraseña. Lo comprobé en mi teléfono. Bingo.

Ahora estaba en otra red, pero era la misma donde la IA buscaba para responder mis preguntas.

Sin pensarlo mucho, hice la misma pregunta. Obtuve la misma respuesta equivocada.

Bajé al primer piso, conecté mi teléfono a la red normal y obtuve la respuesta normal.

Volví a subir, volví a conectarme al router solitario y cuando refresqué la pantalla del buscador, pareció responderme el testigo de un mundo diferente.

Sorprendido, sin embargo mi mente parecía moverse en automático. Debía haber algo aquí, entre esta penumbra, algo que funcionaba como un nexo. ¿Era el router, al que no me atrevía ni a mover? ¿Era la pared del fondo? ¿Era la esquina?

Fotografié su posición e hice un video.

Me senté en un pequeño banco que tampoco deberían haber dejado y navegué un rato.

Mis siguientes búsquedas empezaron sin sorpresas. Era nuestro mundo. No había muchas diferencias que yo notara. Pero al profundizar en lo que yo conocía muy bien había cierta información que no estaba y debería estar. O que estaba y no debería. Personajes de mi infancia con algo diferente en su apariencia o su nombre, libros que recordaba y no aparecían, vidas que habían transcurrido de un modo diferente... un momento... ¡ese actor no ganó el Óscar este año!

Temeroso de que fuera algo temporal y luego no me creyeran, hice captura tras captura.

Quizás debería enviarlas a alguien.

Vi mi lista de contactos y le envié un hola a mi hermana. Hola, respondió.

La llamé, usando internet. Respondió al otro lado. La saludé, pero la impresión del tono de su voz fue rara, como cuando te escuchas por un altavoz y no reconoces tu propia voz. Titubeaba. Supongo que también ella notó algo en la mía. Me colgó.

Salí al pasillo y llamé por la línea convencional.

—Hola —escuché el tono familiar, dulce.

—Hola —respondí, aliviado. ¿Te llegó mi mensaje?

— No, aún nada, quizás en un rato, a veces demora ¿Cómo estás? ¿Pasa algo?

Una idea rondaba por mi cabeza. Quizás el router, el teclado descubierto, el banquito, no eran un descuido. Eran un abandono.

—No, aquí en el trabajo, con un caso... un caso extraño.

—Ah ya, no te vayas a quedar tan tarde.

—No, solo que no quiero dejarlo para mañana y se me vaya la idea.

—Ah bueno, pero no te olvides de que mañana tienes que venir, que te extraña tu sobrina.

¿Podría desaparecer si sigo indagando? ¿Quedar atrapado de algún modo?

—Sí, ahí estaré.

—Y no te preocupes de traer nada, que yo cocino.

—Estaré antes entonces, gracias.

Quizás no debería correr ese riesgo solo y llamar a alguien más.

—Cuídate, voy por la bebe.

—Cuídate también.

Colgué.

No era prudente seguir investigando solo. Me esperaban mañana en casa. Me imaginé si desapareciera, las preguntas que se harían. Y esta última llamada, cómo encajaría en todo.

Decidí irme. Como dice el dicho: si faltas al trabajo no te extrañarán, pero tu familia sí.

Ni siquiera volví la vista. No quería convertirme en una leyenda urbana flotando por las redes sociales.

Fui hacia la puerta y ya estiraba la mano cuando sonó mi teléfono.

Lo vi. Era una llamada por internet.

Era mi hermana.

La otra.

Nota del autor

La idea surgió de una conversación. Probando un modelo que realmente decía de modo muy convincente algo que no correspondía con la realidad que Google, Wikipedia y el resto del mundo pintaban. ¿Que tal si una IA también sufriera el Efecto Mandela? Jugando con esa idea me puse a escribir.


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