Una tragedia en las sombras de Lebu: el caso de Isabel Fica
Extraído de diario “La Crónica” edición 16 de abril de 1970
Una tragedia en las sombras de Lebu: el caso de Isabel Fica
Extraído de diario “La Crónica” edición 16 de abril de 1970

En marzo de 1970, la pequeña localidad de Santa Rosa, situada en las alturas de Lebu, fue escenario de un horrendo crimen que conmocionó a todos. La víctima, Isabel Fica Urra, una joven de apenas 18 años con una discapacidad mental, encontró un final brutal en manos de Matías Contreras Flores. Este trágico evento fue reportado en el diario La Crónica por Wolrad Klapp, quien narró los detalles oscuros y sórdidos de este incidente.
Contreras, inculpado de homicidio, relató al periodista que el fatídico día 27 de marzo, Isabel estaba calentándose en el fogón cuando su esposa le pidió que se lavara los pies. Al ignorar la petición, la frustración de Contreras se desbordó. “Me dio tanta rabia que pesqué un coligüe de maqui verde y le di un garrotazo en la espalda”, confesó. El segundo golpe, dirigido a la cabeza, fue fatal. “Ahí mismo quedó muerta”, añadió, detallando cómo luego de verificar que no tenía pulso ni respiración, decidió enterrarla.
El temor y la desesperación se apoderaron de Contreras, quien, con la ayuda de “el cojo Germán”, un conocido que se encontraba en su casa, decidió ocultar el cuerpo de Isabel. Germán, cuyo verdadero nombre no se menciona, fue una figura clave en el encubrimiento. “Mire, don Matías, sepultémosla mejor. Después a usted lo van a tomar preso y lo va a pasar mal. Después avisamos que la chiquilla se fue de la casa si alguien pregunta”, le aconsejó Germán. Ambos cavaron un pozo de un metro veinte de profundidad, destinado inicialmente para un servicio higiénico, y allí enterraron el cadáver.

Isabel Fica Urra, descrita como una joven de apariencia frágil, había llegado a la casa de Contreras en calidad de allegada, tras deambular por campos y caseríos. Su vida en la vivienda fue marcada por la miseria y la promiscuidad, con la presencia de la esposa de Contreras, María Martina Vira Garcés, y dos convivientes: el mencionado Juan de la Cruz Herrera y el propio Contreras. Isabel era frecuentemente maltratada y, según Contreras, requería ser bañada dos veces por semana debido a su estado.
El caso, lleno de detalles macabros y de una evidente negligencia institucional, se vio agravado por la falta de un juez titular en Lebu. El juez de Policía Local, Raúl Villagrán Cabrera, actuaba como juez del crimen subrogante en ausencia del titular y sus subrogantes, todos ausentes de la localidad.
Tiempo después, La Crónica publicó un artículo que reveló un aspecto inquietante del caso: el “cojo Germán”, supuesto instigador del crimen, nunca fue encontrado. Simplemente se esfumó, lo que llevó a muchos lugareños a creer que este misterioso personaje era en realidad el diablo, manipulando a Contreras para cometer el atroz acto. Esta creencia se arraigó profundamente en la comunidad, envolviendo el caso en un aura de misterio y superstición.
Esta trágica historia, relatada por Klapp, no solo expuso la crudeza de un crimen atroz, sino también la miseria y la desolación que embargaban a una familia en los márgenes de la sociedad. La triste vida de Isabel, arrancada prematuramente, quedó marcada por el abandono y la violencia, en un entorno donde la justicia parecía ausente y las leyendas se entrelazaban con la realidad.
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