Vargas Llosa en el campo: 12. El final
Sus últimos años y su legado
Vargas Llosa en el campo: 12. El final
Sus últimos años y su legado
No solo fue literario, sino institucional, ideológico y económico, articulado en una red que ordenó el campo cultural y limitó sus márgenes.

Durante la década y media que siguió a la apoteosis del Nobel, Mario Vargas Llosa dejó de ser un interlocutor dentro del campo intelectual para convertirse en algo más definitivo: el escritor que trazaba los límites de lo que consideraba válido. Su palabra ya no abría posibilidades, sino que ordenaba. En el Perú, ese desplazamiento adquirió un peso singular. Aunque convivía con instituciones, medios y agentes diversos, su voz funcionó como un eje de estabilidad en un país donde la cultura suele moverse entre sobresaltos. Ese ordenamiento, sin embargo, convivía con un punto ciego: el modelo literario que proponía dejaba fuera buena parte de las emergencias artísticas del siglo XXI, desde las escrituras queer y las poéticas de archivo hasta la literatura indígena, la ciencia ficción latinoamericana o las nuevas formas del terror y lo fantástico. Su autoridad simbólica, lejos de ser abstracta, incidía directamente en la manera en que el campo cultural se organizaba y en cómo el mercado respondía a ese panorama.
Esa exclusión no fue solo el resultado de juicios ocasionales o silencios estratégicos. Vargas Llosa ejercía un poder económico concreto dentro del campo literario y del mercado del libro: era el punto de articulación entre el campo local y el mercado editorial transnacional, y tanto el comercio de sus obras como el consumo de los libros que él promovía resultaban centrales para la estructura — pequeña y precaria— del mercado editorial peruano. A ello se sumaban los ingresos, la visibilidad y la publicidad generados por las conferencias literarias que presidía, que reforzaban su posición como eje de legitimación cultural. En la práctica, apartarse sensiblemente de su perspectiva resultaba perjudicial para los negocios transnacionales en el Perú, lo que consolidaba aún más la eficacia de su gravitación dentro del campo. Ese poder económico se sostenía, además, en una lectoría amplia y socialmente diversa cuya composición reforzaba su centralidad.

Para el público general, leer a Vargas Llosa funcionaba como un signo de pertenencia cultural. Sus libros circulaban ampliamente y se integraban al repertorio de cultura general que muchos peruanos asumían como parte de su educación informal. Esa presencia tenía un respaldo institucional: Los jefes, Los cachorros y otros títulos aparecían de manera recurrente en los planes lectores escolares. A ello se sumaba una demanda comercial excepcional entre las clases medias y altas, que pagaban los precios más altos por sus distintas publicaciones. Según las librerías miraflorinas, ningún lanzamiento editorial ni reedición significativa quedaba fuera de los cinco títulos más vendidos, un indicador elocuente de la excepcionalidad de su presencia en el circuito formal. La piratería amplificaba aún más esa circulación, volviéndolo ubicuo en kioscos y puestos callejeros y asegurando una difusión sostenida en el espacio público. Esa masividad convivía con bajos niveles de comprensión lectora y con una universidad que, marcada por las secuelas de la guerra interna, había optado por la cautela antes que por la renovación teórica. En ese contexto, la omnipresencia de su obra no generaba reflexión crítica significativa: en la práctica, se imponía verticalmente sobre una lectoría con escasos medios para interrogar la cultura que se les ofrecía.

A partir de 2011, Vargas Llosa sumó a su presencia dominante en el campo latinoamericano y peruano un dispositivo institucional decisivo: la Cátedra Vargas Llosa. Esta articulaba universidades, editoriales y redes intelectuales en torno a su figura y trasladaba al Perú un capital simbólico ya consolidado en el circuito internacional. Más que un espacio de investigación, la Cátedra funcionaba como una plataforma de circulación y consagración cultural: privilegiaba la presencia de autores e intelectuales afines a su pensamiento literario y político, reforzando un horizonte crítico homogéneo y consolidando la afinidad ideológica como criterio de legitimación. Su estructura se apoyaba en instituciones que habían sostenido el hispanismo durante décadas — la filología académica española, la Real Academia Española, el Instituto Cervantes y sellos editoriales que operaban desde una lógica más conservadora que productiva — y que veían en Vargas Llosa una figura central del canon contemporáneo. Cuando la Cátedra se instaló en el Perú, ese capital simbólico se proyectó hacia universidades como la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde su nombre funcionaba como garantía de legitimidad y como señal de pertenencia a un canon estable y reconocible. En paralelo, la red institucional articulada en torno a su figura tendía a consolidarse en algunas universidades norteamericanas prestigiosas, pero con un perfil filológico y canónico poco permeable a la renovación teórica, donde persistían programas de literatura española que acumulaban décadas sin transformaciones sustantivas. En la totalidad de este circuito, la legitimidad de la figura de Vargas Llosa tendía a reproducirse sin mayor fricción.

Consistente con lo afirmado en su discurso de las conferencias Irving Kristol — donde sostuvo que “el que escribe y el que piensa” es uno solo — , Vargas Llosa construyó la contraparte política de la Cátedra, de la que esta terminó siendo una división: la Fundación Internacional para la Libertad. Desde ella orientó su capital simbólico hacia la contención de proyectos de izquierda en América Latina, respaldando públicamente candidaturas de derecha e incluso de derecha radical. En 2021 instó a los electores peruanos a apoyar a Keiko Fujimori, la hija del dictador, frente a Pedro Castillo; en Brasil declaró su preferencia por el nacionalista Jair Bolsonaro sobre el sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva; y en Chile respaldó al simpatizante del pinochetismo José Antonio Kast frente al izquierdista Gabriel Boric. Paralelamente, se opuso a activismos feministas de la tercera ola, indígenas, estudiantiles y constitucionales, a los que calificó de “antiliberales”. Sus artículos periodísticos, sus declaraciones públicas y su activismo político reforzaban así un circuito coherente donde la autoridad literaria se ponía al servicio de la autoridad ideológica, consolidando la articulación entre la Cátedra Vargas Llosa y un proyecto mayor de intervención cultural y política orientado a deslegitimar iniciativas progresistas en la región. En ese marco, la figura del Nobel adquiría una función de dirección ideológica hemisférica.
Mientras tanto, su narrativa continuaba en un periodo prolongado de estancamiento. La invención formal que lo había consagrado en los años sesenta y setenta y la efervescencia liberal de los ochenta ya no encontraban desplazamientos ni impulsos nuevos. Le dedico mi silencio (2023), su última novela, abordaba la música criolla desde un nacionalismo nostálgico que contrastaba con las ambiciones cosmopolitas de su juventud. En paralelo, el campo latinoamericano se poblaba de escrituras híbridas, experimentales o excéntricas — de Bolaño a Rivera Garza, de Aira a Mariana Enriquez — que alcanzaban circulación, lectura y consagración en circuitos que no dependían de la figura de Vargas Llosa ni de los espacios de legitimación asociados a su hispanismo. Sin embargo, su centralidad persistía, aunque ya no como impulso creativo; más bien, como un repertorio de formas estabilizadas, como una burocracia estética que remitía sus costumbres solemnes a un culto antiguo.

La muerte de Vargas Llosa en 2025 no modificó el dispositivo institucional que había ido articulando a lo largo de décadas de actividad intelectual. Su modo de intervenir — la articulación entre prestigio literario, autoridad ideológica y proyección hemisférica — había sedimentado un modelo de escritor público cuya eficacia dependía menos de su presencia que de la red institucional, discursiva y simbólica que lo sostenía. En adelante, la Cátedra, la Fundación y el repertorio argumental que instaló continuaron funcionando como un marco de interpretación para actores políticos y culturales afines al liberalismo, pero ya sin la fuerza gravitacional que había emanado de su figura. Frente a las escenas literarias independientes que emergieron en las primeras décadas del siglo XXI — más horizontales, precarias y experimentales, y menos dependientes de la autoridad del escritor consagrado — , ese dispositivo adquirió un carácter paradójico: conservó su utilidad para ciertos sectores, pero quedó crecientemente desfasado respecto de prácticas que ya no reconocen en la figura del escritor público un principio de orden. En ese contraste, la herencia de Vargas Llosa opera menos como horizonte para las nuevas generaciones de autores que como el vestigio de una época en que la literatura todavía podía aspirar a dirigir la conversación política continental.

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