La garganta tiene el tamaño de un caudal
Cuento escrito por Valeria Venegas
La garganta tiene el tamaño de un caudal
Cuento escrito por Valeria Venegas
Estudiante de la Licenciatura en Escritura Creativa por la UdeG

Contaba mi abuelo que cuando cruzó el Bravo en el 76 vez casi se ahogaba. Antes había más agua, decía, antes siempre ha habido más agua, repetía.
Rodolfo, creía que los sueños cabían en el interior de una llanta de un tráiler que lo ayudarían a cruzar cincuenta metros de un caudal. Casi me ahogaba, el agua me llegaba hasta aquí. Se señala hasta la altura de las cejas. Y nos pasaban una de esas llantas viejas de tráiler para poder cruzar de un lado al otro, pero no chingues, la pinchi llanta estaba toda agujereada, tenía hoyos por todos lados y el agua se metía sin parar, y además yo no alcanzaba a divisar dónde estaba la otra orilla, estaba demasiado lejos, pensé que ahí mismo me iba a quedar pa’ siempre. Arrastrado por la pinchi corriente del río que no paraba de jalar.
Pienso en mi abuelo más joven, en aquel hombre que era hace cincuenta años, que tenía una mochila y el miedo en la barriga, que no sabía nadar ni leer pero era artesano de cuerpos más grandes.
Yo también casi me ahogo una vez, le confieso a mi abuelo. Fue cuando aprendí a nadar, tenía como siete años. Me acuerdo que me aventaron a la parte honda de la alberca sin avisar. El instructor dijo que era la única manera de aprender de verdad. Sentí cómo el agua me jalaba hacia abajo, cómo me llenaba la nariz, los oídos, cómo todo se volvía silencio y un chillido insoportable a causa de la presión.
También pensé que me iba a quedar ahí para siempre, suspendide entre el fondo y la superficie, sin poder alcanzar ninguno de los dos lados.
Me costó tres meses aprender a flotar, le digo con vergüenza. Me daba mucho terror soltarme de la orilla de la alberca, aunque el agua me llegara a la cintura no podía soltarme, el cuerpo se me ponía tenso y los ojos del instructor y de mi mamá sobre mí, me hacían sentir incapaz. Hubo una vez que hasta celebré que solo me había hundido tres veces y en todas salí pateando y escupiendo cloro.
Pero salí, abuelo. Ya no me he vuelto a hundir, pero nunca he nadado en corrientes como tú.
Él me mira y sonríe.
Pues yo no nadé, al final me aventaron una cuerda ahí para jalarme, porque sino, no la cuento. Pero uno siempre sale, solo o con ayuda. Aunque el agua te llegue hasta lascejas, aunque la orilla esté bien lejos.
Uno siempre encuentra la manera de seguir respirando.
메타데이터
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