Pizzería onírica
En la barra de una pizzería, le preguntaba al maestro pizzero si tenían menú del día. Me respondía que tenían dos: uno con cerveza tirada y…
Pizzería onírica

En la barra de una pizzería, le preguntaba al maestro pizzero si tenían menú del día. Me respondía que tenían dos: uno con cerveza tirada y otro con cerveza en botella de litro.
Al notar mi indecisión, el maestro pizzero me decía que la que pedía siempre mi padre era la que yo más ganas tenía de pedir.
En aquel momento, recordaba que ya había estado con mi padre antes de que él enfermase, y que en la pizzería lo conocían porque solía ir varias veces por semana luego del trabajo.
En la barra, comía “de parado” dos porciones de pizza con un vermú y luego caminaba por el parque López y Planes mientras disfrutaba de un cigarrillo.
Dudo si contarle o no al maestro pizzero que mi padre había muerto. En el último tiempo, había notado que la gente que más trato tenía con mi padre era tal vez la que más lo apreciaba. No sus amigos de la infancia, ni hijos o familiares; trabajadores de la limpieza, mozos, maestros pizzeros, secretarias, profesora de gimnasia, el peluquero, etc… eran quienes más querían a mi padre y más se habían entristecido con su muerte.
Contarle la mala nueva al maestro pizzero lo afectaría, mientras no contársela, sería revivir a mi padre por un momento: en aquel lugar, el del sueño o dentro del sueño, todavía estaba vivo.
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