Los fusiles siguen apuntando contra la humanidad
A raíz de que el presidente Gustavo Petro, de Colombia, pasara por la ONU y ofreciera un discurso histórico, luego caminó por las calles de…
Los fusiles siguen apuntando contra la humanidad

Gustavo Petro en la multitudinaria Ciudad de Nueva York
A raíz de que el presidente Gustavo Petro, de Colombia, pasara por la ONU y ofreciera un discurso histórico, luego caminó por las calles de Nueva York y declaró, entre otras cosas, lo siguiente:
“Por eso, desde aquí, en Nueva York, pido a todos los soldados del Ejército de Estados Unidos que no apunten sus fusiles contra la humanidad. ¡Desobedezcan la orden de Trump! ¡Obedezcan la orden de la humanidad!”
Pocas horas después, Estados Unidos revocó su visado, calificando sus palabras de imprudentes e incendiarias. El ministro del Interior de Colombia respondió:
“La visa que debió revocarse fue la de Netanyahu, no la de Petro.”
¿Qué es una visa? Siendo reduccionistas, es un papel que regula la entrada de los “buenos” y de los “malos” a un territorio, según los políticos de turno. La visa no es un derecho en sí; por el contrario, es una limitación al derecho de movilidad. Es un permiso, un filtro selectivo que provoca miedo a conveniencia — pero venga, esas son las normas ¿no?— .
Resulta curioso que a Petro, por pedir a los soldados estadounidenses que no disparen contra la humanidad, le retiraran ese papel que da acceso al 5% de la población mundial. Mientras tanto, los políticos de Estados Unidos históricamente alimentan genocidios, aprueban invasiones y colocan dictaduras en nombre de la democracia… y hasta de Dios.
¡Petro lo que pidió fue que desobedecieran a Trump! Lo anterior es cierto, como también lo es que esa es la versión sin contexto de todo aquel que no escuchó el discurso de Petro y solo se limitó a los análisis y videos de su youtuber preferido.
¿Cuándo desobedecer es bueno para un militar?
En 1965, Santo Domingo — la primera ciudad del Nuevo Mundo español — fue invadida por 42 000 marines estadounidenses bajo la excusa de “restablecer el orden”. Se enfrentaban dos bandos militares dominicanos: uno que velaba por la Constitución y otro que se negaba a cumplirla. ¿Sabes a qué bando apoyó Estados Unidos? Pregunta capciosa. La OEA aprobó el plan de invasión — como si fueran dueños y señores de los países — y así quedó registrado en la historia. Cincuenta años después, en 2015, el organismo pidió disculpas por haber entorpecido la democracia dominicana.
Sesenta años después, Estados Unidos aún no lo ha hecho, y sin temor a equivocarme, no lo hará.
Entonces, volvamos a la pregunta: ¿cuándo desobedecer es bueno para un militar? Cuando la razón, la justicia y la verdad son el enemigo.
Lo que le condenan a Gustavo Petro en su discurso dentro de Nueva York es lo mismo que practica el Pentágono con armas y militares en fronteras ajenas, solo que el Pentágono lo hace con armas y muertos, Petro con un megáfono.
Los aliados de Estados Unidos se desgastan en la servidumbre, mientras Kissinger lo describía así:
“Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es fatal.”
A mi interpretación: ¿Qué es peor que ser enemigo de Estados Unidos? Ser su aliado. República Dominicana, en su momento, pudo ser testigo de eso: fue víctima de una segunda invasión militar en menos de 40 años.
Petro no usó metáforas. Invocó el deber de conciencia, no la rebeldía. Pero en el mundo del miedo, la verdad es subversiva.
Mientras el ejército que dice defender la libertad bombardea embarcaciones en aguas internacionales bajo la inagotable consigna de lucha contra el narcotráfico — sin aviso, sin juicio, sin humanidad — , la voz que lo denuncia es la que recibe castigo. Julian Assange probó con documentos las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el ejército estadounidense. Petro instó con palabras a que eso no siguiera sucediendo. Lo demás es historia.
Nos quieren convencer de que mantener una visa equivale a mantener la boca cerrada, de que la entrada a su territorio cuesta más que la dignidad. Pero cuando callar es el precio, el silencio se convierte en cómplice del crimen.
Petro dijo:
“Se están desquitando con el único presidente que se atreve a decir la verdad en su cara.”
Y tiene razón. Porque los tiranos no temen a las bombas, temen a la palabra que las desnuda.

De derecha a izquierda: el dictador peruano Alberto Fujimori comparte con Bill Clinton en la Casa Blanca; Pablo Escobar, narcotraficante de renombre, se pasea libre en la capital estadounidense; Netanyahu, primer ministro israelí acusado de genocida, estrecha la mano del presidente Trump en Washington.
Los mayores narcotraficantes han entrado y salido de Estados Unidos con total impunidad. Sus fortunas descansan en bancos “respetables”. Presidentes genocidas y dictadores se han paseado por la Casa Blanca como invitados de honor. Pero el pecado imperdonable de Petro fue levantar un megáfono. Eso, para el régimen del miedo, es más peligroso que una bomba.
No sé quién comanda a quién, pero entre el sionismo y la clase política dirigente en Estados Unidos hay una relación mortuoria: una simbiosis que se alimenta del poder y la impunidad. Como diría Willy Colón, “no se puede negar la existencia de algo palpado, por más etéreo que sea”.
En otras palabras, tenemos un genocida y sus cómplices. La conclusión es de usted, estimado lector.
Reflexión final: El día que creas que perder una visa es perder tu libertad de movimiento, ese mismo día habrás perdido tu libertad de pensamiento. (Frase del autor. Úsala con responsabilidad.)
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