El nadador, o cómo dejé de tener miedo a la victoria de la ultraderecha
Cualquiera que haya pasado por una facultad sabe las luchas de egos que sacuden sus intestinos. Gracias a la necedad que aporta el creer…
El nadador, o cómo dejé de tener miedo a la victoria de la ultraderecha
Cualquiera que haya pasado por una facultad sabe las luchas de egos que sacuden sus intestinos. Gracias a la necedad que aporta el creer que uno está haciendo algo importante, estas batallitas se alargan durante años o décadas y forman parte del cuchicheo universitario tanto como las fiestas de colegios mayores o los líos amorosos de profesores y alumnos. En el caso concreto de mis años estudiantiles, los profesores más míticos solían tener un perfil similar: la mayoría habían comenzado a dar clases allá por los ochenta y principios de los noventa, pero habían estudiado sus licenciaturas durante los últimos años de la dictadura. En consecuencia, traían consigo una serie de cambios radicales con respecto a los profesores vetustos que ellos habían tenido, y dichos cambios se dejaban notar claramente en su trato con nosotros. Algunos eran estructurales, como la entrada de mujeres en los claustros, la apertura a nuevas corrientes europeas o la limpieza de rémoras franquistas en los planes de estudio; otros eran más bien culturales, como el fin del traje y la corbata o el miedo en los ojos cada vez que nos dirigíamos a ellos de usted.

Remedios Varo: Ruptura (1955)
Tal vez nos interese observar cómo la paralización institucional de la universidad tiene que ver con el ascenso de esta generación que en lo general se ha hecho con los puestos de poder en las facultades y resiste el paso del tiempo a sus sesenta y muchos. Como uno de los entornos que más participan de la competencia salvaje y la desigualdad (cualquiera de estos profesores asentados cobrará cinco o diez veces lo que cobra un asociado), el entretejimiento de intereses públicos y privados es un asunto de primera magnitud aquí. Y no es casualidad que las peleas de gallos a las que nos referimos marquen de alguna manera la agenda, o la ausencia de ella, de las universidades.
Ahora que las campanas parecen sonar por la defunción de la izquierda a la izquierda, la izquierda radical, o comoquiera la llamemos, y ahora que la corporeización política de aquellas protestas variopintas de 2009 en adelante se desintegra como un meteorito al entrar en la atmósfera, tal vez nos sea familiar el ambiente de comentarios envenenados y puñaladas institucionales. No en vano, bastantes candidatos y afiliados de la nueva izquierda venían de la universidad, aunque, eso sí, de una generación posterior a la que nos hemos referido. Quizá no sea descabellado pensar que uno de los principales logros de Podemos haya sido llevar las luchas de los académicos a la política e introducir, de esta manera, una dinámica de dar y quitar cargos diferente a la de los partidos tradicionales.
Podemos dejar para otro día la discusión sobre si los nuevos partidos articularon bien las demandas y propuestas que surgieron de las crisis de 2008. No parece que fuera así a largo plazo, desde luego, dado que en apenas diez años han muerto y dado paso a otros fenómenos. A corto plazo (más o menos en el período 2012–2016) la cosa es más discutible. Quizá la oportunidad de llegar a un nuevo consenso político, por muy inestable que fuera, basado en las vagas peticiones que flotaban en el aire (lucha contra la corrupción, mantenimiento de las condiciones de vida conseguidas desde la democracia, soberanía ciudadana frente a las exigencias de una economía financiera global, fin de la vertebración política tradicional socialdemócratas-conservadores, mayor representatividad e intervención directa, etc.), murió el día en que ese grupo de profesores y activistas decidió capitalizarlas.
Pero lo que nos interesa aquí no es lo que pudo haber sido, sino lo que es. El aparente hundimiento de Podemos que se proclama hoy tiene como motivo, más que su adhesión a otro proyecto de nombre distinto, la salida del partido de sus últimos fundadores. Era vox populi que el abandono de Pablo Iglesias solo había sido simbólico, puesto que seguía influyendo en la dirección ideológica y en la toma de decisiones. Como un Carles Puigdemont más, los últimos meses del líder de Podemos han tenido lugar en un retiro extraño no ya en Waterloo sino en los medios. Desde allí, cual poltergeist de otra dimensión que habla a través de su podcast y de YouTube, hemos podido ser testigos en directo de su transformación. No parece tanto que su ideología haya cambiado, sino que lo ha hecho su modo de actuar. Pablo Iglesias, sin duda uno de los personajes políticos del siglo, fundamental para entender tantas cosas, ha sufrido durante años uno de los sitios mediáticos más espectaculares y constantes de la historia de las democracias europeas. No es de extrañar que, al dimitir de su cargo, lo hiciera convencido de que los poderes fácticos de lo que antes se llamaba establishment son una logia omnipotente que pasa el día trastocando a su antojo la opinión de los ciudadanos a través de la televisión y los periódicos. En la cosmología de Iglesias-Podemos, el único camino de emancipación pasa por una contra-guerrilla mediática que oponga el relato progresista a esa trampa ideológica de los medios de comunicación que mantiene engañada a la población. Y a perseguir ese Moby Dick mediático se ha dedicado desde que abandonó el poder.
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Así, al dejarse poseer por completo por la fogosa cruzada mediática, Pablo Iglesias yerra del todo en el análisis de los tiempos. Su apuesta por la guerra cultural es, al fin y al cabo, una respuesta a la toma de posiciones de la extrema derecha en el debate público y en los medios, pero no atiende a los motivos de esta toma de posiciones. El error fundamental de Iglesias es creer que, si la extrema derecha no había entrado hasta ahora en el debate político, era porque no había podido. Yo creo, más bien, que nunca había entrado antes porque nunca le había interesado.
La llamada guerra cultural es un objeto de debate bastante antiguo, que hunde sus raíces en las protestas contraculturales de los años sesenta. Casi desde el mismo momento en que se produjeron estas hubo la conciencia de que se habían conseguido grandes cambios a nivel social, visibles todavía hoy, pero no así a nivel material. La gran crítica a la izquierda desde mayo del 68 (pronunciada muchas veces desde la misma izquierda) ha sido por centrarse en reivindicaciones simbólicas, de integración, de derechos de minorías, en vez de dar una lucha frontal en la esfera de las condiciones de trabajo y sociales que pronto se vería asolada por la otra gran revolución global: el neoliberalismo. De hecho, desde las mismas producciones culturales de aquellos años se vio siempre el 68 como una oportunidad perdida, si no directamente como una derrota. A Jaume Sisa, un auténtico representante de aquella cultura, le preguntaron hace poco por el famoso lema contracultural “bajo los adoquines, ¡la playa!”; en tono irónico, él respondió que el problema era que bajaron a la playa y vieron que estaba llena de adoquines.
En una frase, y según una extendida opinión, la guerra cultural habría sido el único camino posible para una izquierda que, despojada de su antigua capacidad de acción, ya no cortaba ni pinchaba en temas económicos. Cada victoria en derechos se veía reflejada en una nueva degradación de las condiciones de vida, cada avance en integración y defensa de minorías se pagaba con un grado más de disolución y de acción de la clase obrera. Y todas ellas eran cesiones a regañadientes de una derecha que no entraba en aquellos debates, porque se dedicaba a marcar la agenda económica y ganaba de calle la guerra material, la que importa de verdad. La guerra cultural es, pues, el gobierno de los que no gobiernan, el avance de aquellos que están en retroceso.
No se entiende entonces por qué, ahora que los programas políticos de las derechas nacionales europeas se llenan de medidas puramente culturales y simbólicas, nadie lo ve como un signo de flaqueza. El error de Iglesias y de buena parte de la izquierda es el de malinterpretar la naturaleza de su enemigo. Considerar a los poderes fácticos como un muro sólido de intereses confluyentes es un tipo de miopía que te hace ver gigantes donde solo hay molinos. Es malo infravalorar al enemigo, pero igual de malo es sobrevalorarlo. Si se piensa que la procesión punky de las derechas europeas es el último empuje de unas élites monolíticas que quieren imponer una distopía fascista y sumir a la población en un nuevo medievo, la realidad se volverá desesperada, radical, angustiante. Además, no se entenderá realmente por qué esta opción recibe tantos votos, a menos que nos creamos lo del lavado masivo de cerebros vía televisión.
Lo cierto es que las fuerzas reaccionarias siempre han tenido facilidad para entenderse por encima de diferencias lingüísticas o nacionales, pero también es cierto que nunca antes lo habían hecho tan mal como ahora. ¿La razón? Todas las élites locales se sumaron desde temprano a la globalización capitalista en busca de rendimientos, pero lo hicieron sin saber que en ese proceso podían dejar de ser élites. No es lo mismo ser poderoso e influyente en un pueblo, en una región, incluso en un país, que serlo en una cadena semi-global de mercados financieros y tecnológicos basados en la movilización. Cuando Amazon, McDonald’s, Netflix y Glovo llegan a un lugar, es muy probable que se establezcan nuevas jerarquías y que el tráfico de dinero pase a esquivar a quienes hasta ahora lo habían acumulado. Esto funciona desde el nivel municipal al nacional, dado que en este último (al menos en Europa) se ha visto en los últimos veinte años un trasvase institucional, gubernamental y monetario a otras latitudes. Ahí nacen Vox y el procés catalán, pero también la Agrupación Nacional francesa o los Fratelli d’Italia, y en general toda esta revolución reaccionaria que sacude las políticas de medio mundo: élites locales y nacionales reclamando la vuelta a un estadio anterior en el que eran ellas quienes gobernaban de verdad. No es extraño que conecten con muchas de las aspiraciones y reclamaciones de las clases medias y populares, no hace falta recurrir a la manipulación de las conciencias para explicarlo. En muchos sentidos sus sentimientos son los mismos, porque sus situaciones han regresado igualmente. También es la misma su necesidad de esperanza, lo que explica este ambiente festivo en las derechas que vemos hoy en día.
En resumen: las derechas nacionales se han metido hasta la rodilla en la guerra cultural porque no pueden hacer otra cosa. Incluso cuando ganen las elecciones y lleguen al poder, las políticas de estos países cambiarán poco, como poco han cambiado cuando ha gobernado la izquierda supuestamente más revolucionaria. Tal vez desaparezcan los parches socialdemócratas de estos años, seguramente continúen las políticas de bajadas de impuestos y subvenciones a las rentas más altas, puede que hasta se atrevan a revocar algunas de las leyes de integración y derechos de colectivos, pero lo fundamental no va a cambiar porque no está en sus manos. Solo si lograran obtener una victoria rotunda en la mayor parte del mundo y unieran sus esfuerzos para cambiar el sistema económico mismo, podrían acercarse a sus objetivos de cortijo y cuartel. Pero nadar a contracorriente nunca es fácil, y menos cuando ni siquiera sabes que tu éxito hace tiempo que desapareció. Como Ned Merrill, el protagonista del cuento The Swimmer, podrán seguir nadando en piscinas ajenas, disfrutando de las fiestas y de las bebidas que otros les brindan, mientras cacarean sobre tiempos pasados y quieren volver a una casa que se arruina en soledad.

Burt Lancaster en The Swimmer (1968), de Frank Perry
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