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Bovril

Hoy se cumplen exactamente dos años del casamiento por civil. Fue una boda secreta, al principio. Solo yo estuve ahí, testigo no convencida…

Susanamsalguero · 2026-02-04 18:26 · 0 claps · 5.4 min read
#susana-salguero #relato #cuento #ficción #maldito-diciembre
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Bovril

Hoy se cumplen exactamente dos años del casamiento por civil. Fue una boda secreta, al principio. Solo yo estuve ahí, testigo no convencida del disparate. Cuando me presentó a la novia — ex compañerita suya del Grace, de los últimos años — tuve que servirme dos tragos largos de lo más fuerte que teníamos en casa para entender el cuadro. No para aceptarlo. Para entenderlo. La chica tenía dieciséis cuando él la conoció. Ahora es otra cosa. Más rubia, más famosa, tapa de todas las revistas por su incipiente carrera como cantante nepobaby. Ahora hay casi mil invitados. Llegan a Brooklyn en medio de una procesión de Nochebuena. Autos negros, vidrios polarizados, pasos lentos. Pero la mayoría, a pie. Como ganado elegante arrastrándose hacia el matadero con sus mejores zapatos. No sé cuántos conjuros y ritos hicimos para que la historia no quedara tapada por nieve. El frío no importa, se maneja. Mi traje y el de mi hermano, fueron diseñados por el sastre de la Ópera de Milán. La tragedia — o no — es que bajé tanto de peso, que hoy tuvieron que ajustar todo nuevamente, para que quedara perfecto. Un mes de dietas absurdas, viviendo a café, alcohol, alguna que otra pastilla (incluidos laxantes y diuréticos) y voilá. Me desmayé dos veces la semana pasada. Una en el baño de Balthazar, otra en la escalera de casa. Mi hermano me encontró la segunda vez y no dijo nada, solo puso su mano en mi nuca hasta que volví. Después me convidó un refuerzo, para terminar de levantarme. Es que el único objetivo de casi todas nosotras, esto incluye a la novia, era llegar por debajo de nuestro peso al evento. Competencia tácita. La novia pesa menos que yo ahora y eso me enferma de una manera que ni siquiera puedo nombrar. Nos empatan sus tetas, que son más grandes. Pero a mí se me fue un poco la mano y ahora tengo que ajustar el vestido, va, el disfraz, porque vamos a ir todos disfrazados. ATTIRE REQUIRED: LEATHER ONLY. Solo los novios y yo podemos romper eso. Me sirvo un whisky y tomo algo que me aplane la molestia y me lleve lejos del circo: mi cuerpo ya no puede sostener esto. Lucho desde hace horas para armarme de una estructura que ataje lo de afuera. Túnica larga, de caída pesada, en tonos marfil envejecido y violeta profundo. Como si me hubieran desenterrado de una catedral veneciana. La tela tiene cuerpo, peso real, que acompaña el gesto sacerdotal que tengo que invocar. Sí, los caso yo. El cura que nos bautizó, los casó antes. Está muerto ahora. Y yo, sello todo esta noche pero sigo con esto, que me parece importante, para que entiendan por qué no voy a poder: el vestido cae recto desde los hombros y se ensancha apenas al llegar al suelo, como si mi cuerpo fuera columna y altar a la vez. Sobre el pecho, un collar rígido, litúrgico, con piedras incrustadas para afirmar jerarquía. No hay joya suelta: todo está contenido, integrado, sostenido. La tiara es cerrada, alta, sin exceso barroco, con una media luna en la punta y un largo tul que sale por debajo. Rostro despejado, casi austero. El maquillaje, acompaña con sutileza la palidez que no tuve que fingir. ¿En las manos? Un libro. Mi hermano, obstinado como pocos en caer en todos los lugares comunes al mismo tiempo, quería que llevara algo del Marqués de Sade. Yo, elegí la Biblia. Me parece más sórdido. Además, es la que usó mi madre en su funeral. Las páginas todavía tienen el olor. Y vamos, que yo soy la suma Sacerdotisa, la que servirá sangre en un copón y pedirá un brindis. La idea de Iván, desde luego. Beber sangre. Que yo ponga sangre real en un copón. No sangre humana, sangre de un animal. No se asusten. Durante toda nuestra infancia, madre nos daba a beber sangre. Tenía un aparatito que extraía el jugo del churrasco, una vez cocido. De hecho, se vendían latitas con ese extracto. En la alacena de casa, teníamos. Bovril, creo que se llamaba. Y es la sangre que yo les voy a dar a beber esta noche. A los mil invitados vestidos de cuero, a la novia de dieciséis que ahora tiene veintidós y sale en Vogue, a mi hermano que diseñó cada detalle de este teatro como si fuera su obra maestra. Obviamente, también le voy a echar jerez. Madre habría aprobado. Ella también mezclaba todo: liturgia y perversión, cuidado y tortura, amor y una especie de hambre que ninguno de los dos aprendimos a nombrar. El copón ya está listo. Lo dejé en la sacristía improvisada del Pioneer Works donde se va a hacer todo esto. Huele a metal y a vino dulce. Practiqué el gesto frente al espejo: alzar el cáliz, sostener la mirada, no temblar. No puedo temblar. Iván me va a estar mirando y él siempre sabe cuándo finjo. Si fallo, habrá castigo. La última vez, no pude sentarme por diez días.

Por alguna razón mi hermano -siempre mi hermano- quería armar una fiesta fetichista inspirada en las fotos de Mapplethorpe. Tal vez porque cuando éramos chicos también bromeábamos al respecto luego de encontrar el libro en un cajón falso del escritorio de padre. Ese día estábamos buscando golosinas. Él tenía kioscos por toda la casa y un día, desaparecieron. Nada desaparece tan fácilmente y nosotros estábamos decididos a dar con los chocolates y caramelos perdidos. Al final, dimos con algo mejor. Dale, si te portás mal te hago un negro de Mapplethorpe, repetía Iván mientras me acariciaba con un plumero. No entendíamos del todo lo que estábamos mirando pero entendíamos lo suficiente. Las imágenes eran más oscuras que cualquier cosa que hubiéramos visto, más honestas también. Padre nunca supo que habíamos encontrado el libro. O tal vez sí lo supo y esa fue otra de esas cosas que en nuestra familia simplemente no se nombraban. Como el hecho de que madre nos daba sangre para desayunar. Como los moretones que Iván y yo nos hacíamos y que nadie preguntaba de dónde venían. Como la forma en que él me miraba cuando me probaba los vestidos para las fiestas del colegio, ajustándome el talle, sus manos demorándose más de lo necesario.

¿Dónde quedó el whisky? Me hospedo en el hotel de la calle Spring desde el día de su inauguración. Vine a la fiesta invitada por los dueños y me quedé. Sobre la cama king size, está mi cartera. Busco el celular pero encuentro más pastillas. Me meto un par en la boca y las bajo sin nada. Campeona en tragar lo que sea. También campeona en marearme. Todo se va nublando, me sudan las manos. Alguien golpea la puerta. Es Gigi. Hola Gigi. Pasá. Viene con un séquito de ayudantes. Uno de ellos, sostiene una caja gigante de cuero negro. Adentro hay una máscara cara de caballo. Me excita. O no. No es excitación, es falta de aire. El colgante me ahoga, no lo soporto. Le pido a Gigi que me ayude a quitármelo. No puedo respirar, Gi. Ella lo intenta, tira torpemente con sus manos heladas, lo logra. Y ahí no más, me empiezo a quitar todo, al borde del derrumbe. Estoy empapada. ¿Ves cómo transpira mi cara? Ella dice que sí. Un asistente se ríe. Otro se asusta. Hay que llamar al 911. Me sangra la nariz sin que me dé cuenta. Gigi me ayuda a desnudarme más rápido. La túnica cae al piso como un cuerpo muerto. Quedo temblando, con la sangre corriéndome por el labio superior hasta la boca. Tiene gusto a hierro y a las pastillas que acabo de tragar. Gigi me limpia con una toalla blanca del hotel que se arruina al instante. Uno de los asistentes dice algo en un idioma que no reconozco. El que se reía ya no se ríe. La máscara de caballo me mira desde la caja abierta, grotesca y perfecta. Iván la eligió personalmente. Me la tengo que poner después de la ceremonia, cuando empiece la segunda parte de la noche. La parte que nadie va a fotografiar. Gigi me sostiene la cabeza hacia atrás, presionando mi nariz con sus dedos fríos. Respirá por la boca. Respiro. O lo intento. El cuarto da vueltas. Pienso en el copón esperándome en Pioneer Works. En los mil invitados que ya deben estar ahí. En Iván y lo que me puede llegar a hacer si no aparezco. Y en lo más importante: no voy a llegar.


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