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Le rogaste que se fuera

Homilía sobre Mateo 8, 28–34

Mathias Hilgert · 2026-07-01 19:29 · 0 claps · 9.5 min read
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Le rogaste que se fuera

Homilía sobre Mateo 8, 28–34

Y al verlo, le suplicaron que se alejara de su territorio. (Mateo 8, 34)

Hay un Evangelio donde el hombre le ruega a Dios que se vaya — y lo consigue. Donde Dios quiso quedarse y le tomaron la palabra. El Hijo de Dios en persona, parado sobre tierra pagana, entre chiqueros y sepulcros, da media vuelta y se va porque se lo pidieron.

Es este.

No lo echó Herodes con soldados. No lo echaron los sacerdotes con acusaciones. Lo echó un pueblo cualquiera — vecinos, padres de familia, comerciantes honestos — y lo echó sin gritar, sin una piedra, sin levantar la voz. Lo echó de rodillas. Le rogó. Y funcionó.

El verbo no es cualquiera. Le suplicaron. Es el verbo del mendigo. La palabra del que se arrastra por un pedazo de pan. Toda una ciudad juntando las manos delante de Dios en el gesto más humilde que puede hacer un ser humano — y gastándolo en pedir la única cosa que ningún hombre debería pedir cuando tiene a Dios enfrente. No pidieron pan. No pidieron perdón. Suplicaron la ausencia de Dios con las mismas manos con que otros suplican Su presencia.

La otra orilla

Cristo cruza el lago entero para llegar a esto. Y no es un paseo en bote. Es la travesía de la tempestad, la noche en que los que reman lo despiertan a los gritos creyendo que se ahogan, el mar levantándose como si quisiera tragarse a Dios antes de que toque la costa. Toda esa furia, ¿para desembarcar dónde? En tierra de gadarenos. Territorio pagano. Gente de cerdos — el animal inmundo, el que la Ley entera señalaba con asco. El último lugar de la tierra donde un hombre religioso pondría el pie.

¿Y una vez ahí, a qué rincón va? Al peor. A los sepulcros. Entre las tumbas, donde vivían dos hombres tan feroces que — dice el texto con una frase que corta — nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Un pedazo de tierra clausurado por el horror. Una zona muerta que el pueblo entero había aprendido a rodear. Porque a esos dos, gritando desnudos entre las lápidas, la ciudad no los sanó ni los acompañó en años. Hizo algo más barato: cambió de camino. Los dejó pudrirse con tal de no tener que mirarlos.

Ahí, en el único camino que nadie caminaba, Dios pone el pie.

Cristo no vino a la parte presentable de tu vida. No cruzó la tormenta para felicitarte por lo que ya tenés ordenado. Vino de noche, contra el mar, al rincón clausurado, a los sepulcros donde enterraste lo que ni vos te animás a visitar. Vino por el camino que aprendiste a esquivar. Y lo hizo por dos desechos sin nombre que la ciudad ya había tachado de la lista de los vivos. Nadie remó hacia ellos en años.

Él sí.

Los que sí sabían

Y entonces — antes que ningún hombre — hablan los demonios.

Y esto parte el Evangelio en dos. Cuando Cristo desembarca, la ciudad todavía no sabe quién bajó de la barca. Los vecinos no saben. Los que crían los cerdos no saben. La gente decente, criada en esa tierra, no tiene idea de a Quién tiene enfrente. Y desde los sepulcros, desde la boca de dos poseídos, sale la única confesión doctrinal exacta de todo el capítulo: ¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios?

La teología más perfecta de Gadara la gritó el infierno.

Los demonios lo reconocen al instante. Saben el nombre, saben el título, saben la filiación entera — Hijo de Dios — y saben algo más, que la ciudad ni sospecha: que hay un día fijado para su tormento. ¿Viniste a atormentarnos antes de tiempo? En una sola pregunta confiesan lo que el pueblo bautizado no confiesa en toda su vida: que Cristo es Dios, que hay un juicio con fecha, que su condena es segura. El demonio no es ateo. Es el que más cree en el juicio de Dios, porque lo espera temblando.

Y ahí está lo que tendría que quitarte el sueño: el infierno tuvo la teología perfecta y siguió siendo infierno. Saber quién desembarcó no lo salvó de nada. Mientras dos demonios gritaban Su nombre completo desde los sepulcros, la ciudad entera, criada en la Ley, no supo reconocer a Quién tenía enfrente — y lo poco que le sobró de rodilla lo gastó en pedirle que se fuera. Hasta arrodillarse lo hizo mejor el infierno: el demonio suplica, no exige, no manda, ruega permiso, no puede ni tocar un cerdo sin la venia de Cristo. El pueblo, en cambio, no rogó permiso: rogó ausencia.

La cuenta

Porque Cristo saca a los demonios de esos dos hombres, les permite entrar en una piara, y la manada entera se despeña al agua. Y lo que sigue no es el milagro: es lo que los hombres hacen con el milagro.

Los porqueros corren a la ciudad. Vieron lo imposible: dos fieras que vivían mordiendo piedra, ahora sentadas, mansas, con los ojos limpios. Vieron pasar a Dios. Y cuando llegan a la plaza sin aire y abren la boca, no sale el milagro. Sale el inventario. No dicen “hay dos hombres sanos”. Dicen “perdimos los cerdos”. El testigo del cielo abierto convertido en contador de una pérdida.

Un hombre curado no entra en la cuenta. Un cerdo muerto, sí. El corazón tiene una balanza escondida, y esa balanza ya pesó — sin que el dueño sienta que decide nada — dos almas rescatadas del infierno contra una piara ahogada. Y bajó el platillo de los cerdos. Bajó solo.

No lo odiaron. A Cristo lo van a odiar en otros lados, lo van a acusar, lo van a clavar en una cruz. En Gadara no. En Gadara hubo algo peor que el odio: hubo una cuenta que dio en rojo, y a Dios lo pusieron del lado de la pérdida. No lo echaron con la sangre hirviendo. Lo despidieron con la frialdad del que cierra un mal negocio.

La firma de esa cuenta es tu letra. San Pablo le puso nombre a esto y es un nombre que quema: a la avaricia la llamó idolatría (Colosenses 3, 5). No exageraba. El día que bajás a Dios del trono, el trono no queda vacío ni un segundo — lo ocupa el primer cerdo que tengas cerca. La ganancia. El patrimonio. La despensa llena. El pecado no fue tener la piara. La tierra es de Dios y es buena; criar cerdos no condenó a nadie. Lo que condena es el orden: poner el chancho arriba y a Dios abajo. Teniendo que elegir, preferir.

Es la única religión que de verdad practica tu época: medir el Reino en plata. Un milagro que no rinde no sirve. “Muy linda la conversión, Señor, pero ¿y las pérdidas?” Dos hombres arrancados del infierno no entran en la cuenta; una piara ahogada sí — y dormimos igual. Gadara no cerró por atea. Cerró por rentable.

Y se fue

Sale la ciudad entera. Toda la gente, dice el Evangelio. Los viejos y los chicos, el que vende y el que compra. Una multitud saliendo por el mismo camino de tierra hacia la orilla, que de lejos podría confundirse con una fiesta, con un pueblo que corre a recibir a Dios.

Pero no van a arrodillarse para adorar. Van a arrodillarse para pedirle que se vaya.

Y mirá de dónde sacaron las piernas: esta gente que en años no cruzó por los sepulcros de puro miedo, que nunca juntó el coraje para acercarse a dos hermanos atormentados, de un día para el otro encontró las fuerzas para caminar hasta la playa. ¿Qué los movió? No el amor. No la fe. La pérdida. Para el que sufría entre las tumbas, ni un paso en años. Para defender la piara, la ciudad entera en la calle en una hora. Los pies confiesan lo que la boca esconde.

Llegan a la orilla y le suplican que se vaya. A los demonios que le gritaron, Cristo les discutió: les respondió, les puso condiciones, les ordenó. Con el infierno hubo diálogo. Pero cuando la gente decente, de bien, educada, le pidió con buenos modales que se fuera — no discutió nada. Se dio vuelta, subió a la barca y se fue.

A los demonios les mandó. A la ciudad respetable le concedió la distancia que le pedía.

Porque hay un solo lugar en todo el universo donde Dios no entra por la fuerza. Y es ese.

Él subió a la barca. Se fue. Les concedió la ausencia que pedían.

Tenía todo el poder para quedarse. Es el mismo ante quien los demonios mendigan permiso para tocar un chancho. No se fue vencido. No se fue porque el pueblo pudiera más que Él. Se fue por una sola razón: te respeta demasiado para quedarse donde no lo querés.

La iniciativa fue toda suya — Él cruzó el mar, Él desembarcó, Él caminó hasta los sepulcros, Él vino primero cuando nadie lo llamaba — . La puerta la abrió Él. Lo único que el Todopoderoso se prohíbe a sí mismo es tirarla abajo cuando desde adentro le pusiste la traba. Dios toca. No fuerza. El que te creó sin vos, no te va a salvar sin vos.

El infierno no es el pozo adonde Dios patea a la gente que no le cae bien. Es más simple y más atroz: es el lugar donde le dijiste “andate” a Dios, y Él, respetándote, te hizo caso. No es un castigo que te cae encima contra tu voluntad. Es una oración concedida. Es la última vez que le rogaste distancia y por fin te obedeció — para siempre. En Gadara viste el infierno en ensayo, en versión de una mañana: un pueblo que le pidió a Dios que se retirara, y un Dios que subió a la barca.

Se fue, y lo dejó todo como estaba. No hubo trueno. No hubo un rayo cayendo sobre la ciudad que acababa de despedir a su Dios. No hubo fuego que cayera de afuera — no porque no haya pena, sino porque la peor de todas es esta: la ausencia que elegiste, y esa arde por dentro peor que cualquier llama. Un rayo todavía sería una mano levantada hacia vos. Acá no quedó ni eso.

Hubo un chapoteo de remos que se aleja en el agua negra, cada vez más lejos, mientras el pueblo ya volvía a sus corrales sin notar que se le apagaba la mañana. Y después el silencio de una tierra a la que Dios le concedió exactamente lo que pidió.

No es un grito: es que ya no hay nadie a quien gritarle.

Vos, en la playa

El que sigue haciendo la cuenta sos vos.

Y no me digas que vos nunca lo echarías. Claro que no lo echás a los gritos, blasfemando, pateando el sagrario: esa escena te la fabricás para poder decir “yo no”. El gadareno tampoco hizo nada de eso. El gadareno fue educado. Juntó las manos. Suplicó. Esa es tu forma: la forma decente de echar a Dios, la que no lo insulta, la que le negocia una distancia cortés. Lo dejás entrar a la misa con tal de que no cruce la puerta del único cuarto que no vas a entregar. Y con toda la amabilidad del mundo le señalás la orilla: hasta acá, Señor. Esto es mío.

La pregunta no es si escondés una piara. Es cuál. Lo que no soltarías ni por Dios ya está en la balanza de aquellos porqueros, del lado que pesa. Ahí está la parte de tu vida por donde le pediste a Cristo que no pase.

La tragedia no es que se lo hayas pedido. La tragedia es que Dios cumple su palabra: te hizo libre de verdad, y una libertad de verdad incluye la de perderlo. No fuerza la puerta que le trabaste: sigue tocando, vuelve una y otra vez, pero el día que de verdad no lo querés, no se impone — te toma la palabra.

Hay un rincón tuyo donde hace años no sentís nada. Ni culpa, ni sed, ni la molestia de que Él ande cerca. Antes por lo menos dolía; ahora ni eso. Rezás y no llega a ningún lado. Comulgás y es como masticar aire. Pasás al lado de lo que hace años te habría partido y no se te mueve nada adentro — y lo peor es que ya ni lo notás, porque el que se va quedando sin sed no extraña el agua. Esa calma no es paz: es la orilla ya vacía por dentro, el mismo silencio de Gadara mudado a tu pecho. Y ese rincón no te lo firmó Dios de arriba: es la costra de mil “andate” tuyos, uno sobre otro, hasta que Él te fue soltando a lo que elegiste tantas veces (Romanos 1). Pero eso se endureció en vida, no en piedra: mientras respirés, todavía no está firmado.

La barca todavía no zarpó

Una barca. Cristo adentro. La proa apuntando al agua. Un pueblo entero que consiguió lo que pidió y ni se queda a verlo irse: ya volvió a los corrales, a contar lo que le quedó. Pediste que se fuera, y lo peor no es que se haya ido. Lo peor es que te oyó.

Pero la barca todavía está en la orilla. El pie de Cristo todavía no terminó de despegarse de tu tierra. Toda tu vida hasta hoy es esa misma mañana estirada: Dios que desembarca una y otra vez en tu peor rincón, y vos que una y otra vez le hacés la cuenta y le señalás el mar. Mientras respires, no zarpó. Te está dando el tiempo justo para decir la palabra que aquel pueblo no dijo.

Ellos usaron el verbo del mendigo para pedir lo contrario de lo que se le ruega a Dios: se arrodillaron, juntaron las manos, suplicaron — y con el gesto perfecto pidieron Su ausencia. Vos tenés las manos igual de libres. La misma súplica. Y la podés dar vuelta:

Quedate.

Quedate aunque me cueste los cerdos. Quedate aunque tu presencia me arruine el negocio que tenía tan bien armado. Bajate otra vez de esa barca y por una vez no me hagas caso, Señor: no respetes tanto mi libertad de perderme. Entrá por donde te puse la traba, derecho a los sepulcros que tengo cerrados.

Ya se oye el remo tanteando el agua. Se va. En esa playa están todos los que le rogaron que se fuera — y adelante de todos hay un lugar vacío, uno solo, para el primero que se anime a rogarle lo contrario.


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