Bobo. El Cierre de un Buen Ciclo
Ayer pusimos a Bobo a descansar. Fue un acto triste, pero necesario, que cierra un capítulo largo, amable, y en ocasiones, absurdo, de la…
Bobo. El Cierre de un Buen Ciclo

Ayer pusimos a Bobo a descansar. Fue un acto triste, pero necesario, que cierra un capítulo largo, amable, y en ocasiones, absurdo, de la vida para mi familia y para mí.
Bobo fue, por encima de todo, un perro genuinamente bueno. Calmado, tranquilo y amistoso, lleno de un entusiasmo contagioso por el simple hecho de estar.
La Llegada Imprevista
Entró en nuestras vidas nació de un momento de descuido y sorpresa. Un día de verano Lupita, ella se veía extraña. Reacia a moverse y pesada. Yo lo interpreté erróneamente como simple flojera, en mi diario ciclo de darle comida bromeaba con ella sobre por qué estaba engordando tanto. Pasando por alto un pequeño gran detalle que nos sorprendería a todos.
Una noche, Lupita rascó suavemente la puerta, buscando un lugar seguro. A pesar de nuestra regla familiar de que los perros no entran a la casa, la dejé pasar a mi pieza, sintiendo su inquietud, estuvimos un rato hasta que se durmió y la lleva a su casa. A la mañana siguiente, ya no estaba ahí, sino acurrucada bajo un árbol en el patio, tiritando y con cara de tragedia. Cuando fui a buscarle la comida, entendí todo, me encontré con cuatro cachorros recién nacidos en su casita.
Había dado a luz sola, en la noche, sin ninguna ayuda más que la estupidez humana de mi parte. Sentí una culpa abrumadora, una sincera rabia por ser tan obtuso y negligente ante la vida que se desarrollaba justo frente a mí. Corrí a avisarle a mis padres, y nos apuramos a cuidar de la nueva familia. De los cinco, uno no sobrevivió, encontrado solo bajo el árbol donde Lupita había estado tratando de protegerlo.

El Raro del Grupo
Encontramos hogar para la mayoría de los cachorros a través de vecinos, y solo quedó uno. Era Bobo, el más chascón y raro. Frente a eso, y viendo la cara de “ups” de Lupita, pedí quedarnos con él para que acompañara a Lupita en su nueva etapa.
Le puse “Bobo” en honor al capítulo de Los Simpson donde el Sr. Burns busca desesperadamente a su osito de peluche de la infancia. El nombre llevaba una mezcla de melancolía, afecto y humor que se sentía apropiada para el cachorro extraño, tonto y profundamente querido que era. Me gustan los nombres que tienen un significado oculto, para el que lo sabe.
Bobo creció siguiendo a Lupita por todas partes. Fue su sombra entusiasta y tranquila — siempre dispuesto a un paseo, un juego, o simplemente a acompañar. Su vida juntos fue un acompañamiento continuo y alegre.

Un Nuevo Capítulo de Responsabilidad
La vida cambió con los años. Mi padre falleció, mi hermano se fue, y finalmente yo me fui a vivir solo. Lupita — ya más viejita — y Bobo se quedaron con mi madre, la Magaly. A ella nunca le emocionó mucho tener mascotas; para ella, siempre fueron una carga extra, un “problema” que resolver, y la entiendo, sobretodo por su profundo sentido de la responsabilidad. Al dejarlos, creé una responsabilidad grande y permanente para ella. Yo solía bromear diciendo que cuidarlos era mi “pensión alimenticia”, porque si bien yo enviaba la comida y pagaba el veterinario cuando fuera necesario, era ella quien realizaba el difícil y constante trabajo diario del cuidado. Agradezco profundamente el esfuerzo que puso, una responsabilidad que no buscó pero que honró por completo.
Después de que Lupita falleciera a los 19 años, dando cierre a su título de “Lupita la Inmortal”, la vida de Bobo cambió. Se volvió más tranquilo, más lento, tomando sus paseos y su vida con una calma distintiva, se me ocurre que se puso por su lado más melancólico también y dispuesto a explorar a su propio ritmo el patio que heredó. Pasó de ser un simpático entusiasta a un buen compañero, inquebrantablemente gentil y amable. Siempre me referí a el como “Un buen sabueso”, y sinceramente, nunca he conocido un perrito tan amable.

La Finalidad del Cuidado
Lamentablemente, el paso inexorable del tiempo ocurre. Las últimas dos semanas fueron una señal clara de que su tiempo había llegado. A sus 17 años, la senilidad y un posible Alzheimer se habían instalado, robándole sus sentidos. Terminó de perder completamente la vista, no esuchaba más, no encontraba su comida a menos que se la pusieran en la boca, caminaba chocando constantemente contra las paredes, giraba en si mismo por ratos y se tiraba al suelo en una especie de descanso y derrota. El punto de alarma fue hace unos días, cuando Magaly me comentó que se quedaba dormido en la terraza sin poder volver a su cama, y que lo escuchó gritar de forma muy extraña, para darse cuenta que se había quedado atrapado entre las plantas del jardín sin saber cómo salir. Tanto para mi madre como para Bobo, el sufrimiento y la carga emocional era demasiada.
Ayer tomamos la decisión de dejarlo descansar, apoyados por el maravilloso equipo de la clínica veterinaria Kidami, grandes compañeros de las vidas de mis perros de Maipú. Lo sostuve mientras partía y su corazón dejaba de latir. Fue una experiencia que nunca había tenido, y me dejó una sensación pesada y familiar: la sensación de que quizás pude haber hecho más.
Pero la vida también es aceptación. No podemos asumir toda la responsabilidad, solo la opción de intentar ayudar.
La vida de Bobo, junto a la docena de perros que tuvimos a lo largo de los años en la casa familiar de Maipú, es ahora un ciclo cerrado. Es una conclusión triste, pero también llena de profunda gratitud por el amor, el entusiasmo y los maravillosos y divertidos recuerdos que nos dejó.
Descansa bien, mi gran perro lanudo. Fuiste un grandioso perrito.
메타데이터
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- 2026-08-25 02:56:34