El fenómeno «No importa»
A propósito de los 40 años de El Mejunje de Santa Clara y las presentaciones de su compañía teatral dos fines de semana en La Habana
El fenómeno «No importa»
A propósito de los 40 años de El Mejunje de Santa Clara y las presentaciones de su compañía teatral dos fines de semana en La Habana

Por Rodolfo Romero Reyes
«Mis amigos están del otro lado,
el punto cardinal es lo de menos».
Canción de Yatsel Rodríguez
La compañía teatral Mejunje estuvo nuevamente en La Habana. Las obras «Eureka en apuros» (sábado y domingo en Teatro La Proa) y «No importa» (viernes y sábado en el Bertolt Brecht, y dos domingos en Fábrica de Arte Cubano) reunieron a públicos de diversas edades que dieron una calurosa acogida a la prestigiosa compañía santaclareña.
El sábado anterior asistí con especial interés a la puesta en escena de «No importa» para ver por vez primera al nuevo elenco que da vida a la historia de cuatro amigos que se reencuentran en Cuba y rememoran sus historias en el pre, el Servicio Militar, la universidad. Pero no quiero ocupar estas líneas hablando del entregado desempeño actoral de Geidy Leisy Orozco, Yanet Morejón, Yasiel Fabá y Ernesto García Domínguez, sino del público que vi reunirse el sábado allí, y de lo que su director artístico Adrián Hernández ha tenido a bien en llamar «el fenómeno “No importa”».
El teatro estaba lleno de un público joven que rio durante la primera parte con el chequeo de emulación, con la peculiar encuesta ¿Qué opina usted de los tríos? y con los singulares coritos que se cantan en el Servicio Militar. El mismo público que se tornó reflexivo, después del intermedio, cuando los cuatro amigos universitarios apenas tenían un peso para comprar un mantecado (tortica), y que aplaudió emocionado cuando colocaron el título en la pared como premio al esfuerzo colectivo. El mismo que lloró al final ante los cuatro monólogos de sus protagonistas.
Cada uno de esos personajes piensa diferente. Se fueron o se quedaron en Cuba por distintas razones. De ahí que sus «verdades» incomoden, duelan o sean aplaudidas, dependiendo de la persona que esté sentada en cada butaca.
«Cuando se vive fuera de este país uno tiene que hacer de todo»; «Cuando un padre no escucha a sus hijos, los obliga a partir»; «La opción no es callarse, pero tampoco es irse»; «Esta Isla se está quedando sola»; «Soy feliz aquí y no quiero irme, no quiero que mis viejos lloren por mí». Cinco frases escogidas entre muchas. Obviamente el público es libre de elegir con cuál de ellas se siente más identificado.
Eso sí, por lo que he apreciado en cada función, en algo coincide la mayoría: en aplaudir siempre por «la posibilidad infinita de los encuentros», y en brindar por la vida, por Cuba y por los cubanos, donde quiera que estén. «No importa», más que de emigración o de ideologías, va de amistad.
El pasado domingo en Fábrica de Arte Cubano tuvo lugar la función número 61. Y aunque todavía no la incluyen en el Festival de Teatro de La Habana, la obra se ha presentado en Santa Clara, Ciego de Ávila, Cumanayagua, Bayamo, Holguín, Camagüey y Matanzas.
Como suele suceder ante las propuestas polémicas, ya hay quien puso trabas para que la obra regrese a la capital. Afortunadamente la puesta en escena ha sido bien recibida y aplaudida en la Casa del Alba Cultural, en el Bertolt Brecht, en el Centro Martin Luther King, en Casa de las Américas; y siempre a teatro lleno. Sabemos incluso de muchas personas que la han visto en más de una ocasión.
Según la opinión de la teatróloga y crítica de teatro, Isabel Cristina López Hamze: «No Importa es coherente y genuina, eficaz en sus proposiciones escénicas. Siento que seguirá mutando con el tiempo y se harán nuevos hallazgos. Es otra de las tantas obras cubanas que abordan el tema de la emigración. La maleta vuelve a ser el símbolo del viaje, del regreso, del escape, de la vida misma del que nació en una Isla. Esta vez, no es un maletín de rueditas “pá que no te pese”, sino cuatro maletas de madera, como las que llevábamos a la escuela al campo. Una maleta pesada, incómoda de cargar, fea, tosca, pero resistente e irrompible».
Después de asistir a la función del pasado viernes, la crítica e investigadora teatral Vivian Martínez Tabares comentaba en una publicación en Facebook: «Bravo por ustedes. No hay obstáculos que venzan el nivel de entrega y compromiso de ustedes, ni el verdadero diálogo sin cortapisas que proponen a los espectadores para hablar de Cuba, aquí y ahora, y de la necesidad de curar sus males».
Unos llegan al teatro a despedirse; otros se sientan solitarios porque fueron sus hijos o amigos los que se marcharon; también asistimos los que seguimos apostando por ser felices aquí. La obra es una fotografía de la Cuba de hoy: compleja, difícil, diversa. Nos retrata como generación, en una amplia foto de familia en la que no queremos que nadie quede fuera.
Por eso, en imágenes como la que acompaña este texto, usted encontrará a Adrián (Macao), a Leisy, a Yuniesky (Raudo) y a Zuleira (Paloma) — el elenco más experimentado — rodeados de gente joven que se siente identificada con lo que dice «No importa». Pero si observa con detenimiento, verá también a Silverio, a Ángel, a Laura, a Duvier y a Lizandra, a los Jimaguas, a Lianet, a Freddy, a Carol, al Licen, a Pedro, a Yanet. Y también aparezco yo, y aparece usted, porque en esa foto de familia está Cuba entera, los que se fueron y los que nos quedamos, los que seguimos apostando por la posibilidad infinita de los encuentros.
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