El baile
Una joven y un anciano se conocen en la pista de baile, construyendo entre música y sonrisas una anécdota memorable.
El baile
Las olas del mar se estrellan contra los cimientos rocosos del restaurante, salpicando de un salado rocío a los comensales que cenan junto a la playa. La noche avanza y el ambiente se va prendiendo a medida que la orquesta entra en calor y la música tropical comienza a seducir a los presentes. Por acá un rítmico zapateo desde la silla, por allá un movimiento de muñecas que sacuden un imaginario par de maracas, más lejos un contagioso manoteo que convierte la mesa en una conga. Los pequeños conatos de baile comienzan a propagarse y a crecer en intensidad y frecuencia, hasta que el espíritu de África pone a todos de pie, se adueña de los cuerpos, acelera la sangre en las venas, recorre cuellos, espaldas y caderas y electriza las extremidades. La alegría brota en miradas cómplices y sonrisas con todos los dientes, borrando penas, negando yugos y liberando almas.
—¡Venite, vamos a bailar! —me dice Karla con entusiasmo, mientras mi primo Fercho le ofrece la mano y la lleva a la pista. Claudia y el ‘Kentucky’ ya se levantan de la mesa con el mismo fin.
—¡Vayan ustedes! —respondo sonriendo— A lo mejor voy después… no quiero dejar a medias mi cerveza.
El baile entra en apogeo y las mesas van quedando vacías, tal como la playa cuando la marea retrocede. En medio de ese desierto noto a un anciano que me sonríe con insistencia. Está solo en la cabecera de su mesa, al otro lado del salón; sus hijos y nietos ya se han levantado a bailar. A su lado descansa una andadera de aluminio, muda evidencia de su edad y condición.
Me vuelvo con disimulo y compruebo que no hay nadie detrás de mí. Es definitivo, se sonríe conmigo. Debe tener más de ochenta años, quizá noventa. Su aspecto endeble deja entrever una salud deteriorada pero su ánimo y actitud lucen intactos. Le devuelvo la sonrisa y él gesticula con emoción, como celebrando que su intento de ligue va viento en popa. Decide que va por más. Se inclina un poco hacia adelante, me mira fijo, aún sonriente, y entonces ladea la cabeza hacia la derecha, en dirección a la pista, dos veces por si no me ha quedado claro. Yo no salgo de mi asombro. Es en serio, ¡el viejito quiere bailar conmigo!
Aún desconcertada, le digo que sí con un gesto. Él está exultante. Trata de ponerse de pie y fracasa, pero no desiste y vuelve a intentarlo. Yo me levanto, me acomodo el vestido y camino hacia él. Cuando llego a la cabecera de su mesa él ya se ha incorporado, jubiloso, alisando con dignidad su blanca guayabera. A su espalda queda relegada la andadera, como una novia plantada ante la opción de una mejor compañía.
Le ofrezco mi brazo y avanzamos despacio. Él me mira emocionado. Da unos primeros pasos vacilantes y luego avanzamos juntos hacia la pista. Va arrastrando los pies pero su corazón está flotando. Las parejas nos abren paso entre aplausos y vítores y sus familiares observan boquiabiertos. Él me ofrece su mano izquierda y apoya la derecha en mi espalda; su estatura, apenas inferior a la mía, me permite recostarme suavemente sobre su hombro. Con un vaivén cadencioso comienza a marcar el ritmo. Mis amigos observan divertidos y mi primo me lanza una mirada burlona y alza ambos pulgares en señal de aprobación.
Mi bailarín sigue sumergido en lo suyo y poco a poco se va soltando. Todo va bien hasta que su mano huesuda aprieta mi cintura, como quien tantea la madurez de una fruta. El siguiente apretujón ya es un par de centímetros más abajo.
—¡Hey, que pasó!, ¡sin tocar! —le digo en tono de advertencia.
El anciano aparta sus brazos y alza las manos aduciendo inocencia, acaso indefensión, como si él fuera la víctima de un asalto a mano armada. En el fondo me resulta molesto descubrir que hay cosas que no cambian con la edad.
—¡Sin tocar! —exclama todavía con las manos arriba, con el gesto malicioso de un pillo adolescente recién descubierto. Lo sentencio con el dedo índice, pero no puedo evitar sonreír. Presto, el anciano se instala de nuevo en posición de baile y reinicia sus lentos bamboleos y cadencias.
—Perdone el atrevimiento señorita—dice con seriedad fingida—. No fue mi intención ofenderla. ¡Qué no diera yo por volver a mis años mozos y tener una novia como usted! No guardo entre mis recuerdos uno así de bonito.
Quizá exagera, pero sus ojos lo delatan: aún recuerdan el fulgor de la vida. Me conmueve comprobar que, incluso en el ocaso, la llama sigue siendo fuego. ¿No es eso lo que somos todos, una breve llamarada que baila con el viento hasta apagarse?
—Podemos ser novios… lo que dure esta canción —le propongo sonriente — . ¿Guardará ese recuerdo?
—¡Hasta el último día, señorita!
Mi nuevo y viejísimo novio cobra renovados bríos y se dedica a intentar las mejores piruetas de su repertorio. Quiere que nuestro noviazgo sea memorable. Lo ha conseguido.

메타데이터
- post_id
- 4a5ddb005160
- slug
- el-baile-4a5ddb005160
- url
- https://medium.com/@henripalay/el-baile-4a5ddb005160
- canonical_url
- https://medium.com/@henripalay/el-baile-4a5ddb005160
- author_url
- https://medium.com/@henripalay
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-06-24 13:29:15