Sempiterno
“No se puede congelar el tiempo, pero hay inviernos que no se van, luces que nunca dejan de moverse y piedras que siguen brillando… aunque…
Sempiterno
“No se puede congelar el tiempo, pero hay inviernos que no se van, luces que nunca dejan de moverse y piedras que siguen brillando… aunque nadie más las vea”

Imagen creada con IA
Nunca creí que aquella noche, aquel instante, sería un recuerdo que se quedaría conmigo para siempre.
En ese momento, levanté la vista y el cielo ya no era cielo, sino una explosión color verde. Como si alguien hubiese rasgado el firmamento y las luces, hubiesen escapado para bailar en silencio, sin hacer ruido, flotando sobre y para nosotros.
Hacía un frío brutal. De ese que no solo te quema la piel, sino que entra, se cuela bajo la ropa, se clava en los dedos, se instala en los huesos. Respirar dolía. Hablar parecía un esfuerzo innecesario. Hacía un esfuerzo por no temblar, pero no pude contenerlo… no por el frío, ni por el miedo… tampoco por ansiedad, sino porque el mundo, de pronto, se había detenido… y yo no quería moverme.
Ella estaba a mi lado. Con las manos escondidas dentro de su parka, con el gorro hasta los ojos. Aun así, la reconocía. Su presencia era cálida, incluso en medio de ese paisaje congelado. Sin mirarme, deslizó su mano hasta la mía. Nuestros dedos apenas se tocaron, pero el contacto fue suficiente. Bastó para entender que los dos sentíamos lo mismo.
No queríamos que ese momento terminara.
Queríamos congelar el crujido helado bajo nuestros pies, el vapor saliendo de nuestras bocas, la sensación de que el frío afuera era opuesto al calor exacto de ese instante. Congelar las auroras sobre nuestras cabezas, la soledad perfecta de estar tan lejos de todo y, al mismo tiempo, tan cerca de algo importante.
Se mantuvo abrazada a mí, mirando aquella magna explosión de luces, cuando, desafiando el frío, se sacó un collar y lo dejó en la palma de mis manos. Parecía un cuarzo, pero al moverlo, parecía iluminarse y arrojar una tenue luz azul.
— Dicen que estas piedras guardan momentos — susurró — . Que si las tienes cerca cuando algo importante sucede, lo atrapan.
Se quedó en silencio unos segundos. Luego me miró fijamente a los ojos y dijo:
— Este momento merece quedarse.
Con el paso del tiempo, nos distanciamos. Lo nuestro terminó, y ambos tomamos caminos separados.
Hubo momentos en que lo nuestro se hizo imposible, insostenible, y lo más sano era partir.
No volvimos a hablarnos, ni intentamos volver a vernos. Sin embargo, a pesar de que el vínculo se cerró por completo, una parte de mí se niega a dejarla ir.
La piedra que me regaló esa noche sigue conmigo. La atesoro en una caja de madera, dentro del segundo cajón de mi escritorio. A veces la saco. La sostengo entre las manos y dejo que el silencio me lleve de vuelta. No a ella, no a lo que fuimos, sino a ese instante exacto en el que todo era tan frío, tan real, tan perfecto… que, por un segundo, el tiempo se detuvo.
Cada vez que tomo ese collar, aunque mis dedos ya no recuerden su piel, mi memoria sí recuerda su calor. Su quietud. Su forma de mirar el cielo como si entendiera algo que yo aún no.
Y por un instante — solo uno — el frío vuelve. No el de los huesos, no el de la piel. El otro. el que hace que todo parezca tan real, tan frágil, tan sagrado, que duele solo de pensarlo.
Es cierto, no se puede congelar el tiempo. Pero hay inviernos que no se van, luces que nunca dejan de moverse y piedras que siguen brillando… aunque nadie más las vea.
- Inspirado en “Freeze” de Kygo.
- Historia creada con apoyo de IA.
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