Níobe, Montaigne, Elena Garro y otras notas.
Níobe, Montaigne, Elena Garro y otras notas.

Hoy estuve en un café donde había flores por todos lados, en las mesas, en los cuadros, invadían repisas y colgaban del techo. En la entrada del lugar se leía “Donde hay flores, hay esperanza”. Había dos grupos de comensales formados por mujeres que llenaban el aire de risillas. Donde hay amigas, hay esperanza.
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Leí un ensayo de Montaigne, De la tristeza. Me disponía a identificar el tema, objetivo del ensayo, referencias y otras cosas. Yo encontré los ojos de Elena Garro, mi Elena, sobre esas líneas, o sobre las líneas que describen el mito de Níobe, nombre que menciona Montaigne para argumentar que la tristeza puede ser una experiencia tan avasalladora, que resulta imposible representarla. Montaigne dice que los recursos de los artistas se agotaban ante tal tarea: expresar amargura tan extrema. “He aquí por qué los poetas simulan a la desgraciada Níobe, que perdió primero siete hijos y en seguida otras tantas hijas, agobiada entre pérdidas, transformada en roca…”
Aquí acontece lo importante: en las primeras líneas de Los recuerdos del porvenir se lee: “Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra”. Y en la última página, hacia el final, se cierra el círculo del tiempo, o de los tiempos, que atormentaron y alumbraron a Elena durante su vida y sus letras. Esa “piedra” es un símbolo que ahora cobra un sentido totalmente poderoso y definitivo para mí y para mi lectura, no sólo de esta novela en particular, sino de toda su obra.
Elena fue una mujer de amplios conocimientos y resulta evidente su cercanía con la mitología griega, así como el guiño a esta representación. Quizá la relación que hago no es ningún descubrimiento, pero este ensayo me trasladó a la juventud de aquella lectora que concibió en un libro las formas del dolor, el individual y el colectivo, que no tenían más remedio que recurrir a la unión y a la invocación de una magia, que para Elena era el teatro: la ilusión que le hacía falta a la vida. Yo agregaría que esa magia, esa ilusión, eran necesarias para sobrevivir.
Lamento si me adelanto a la experiencia de alguien ajeno a la lectura de este libro, pero lo diré: el narrador en esta obra es la voz de un pueblo, y aunque en la ficción lleva por nombre “Ixtepec”, ese pueblo también es el nuestro.
He pensado sobre el dolor que se esconde y se revela a cada momento en México y hoy caí en cuenta de que siempre hemos habitado los recuerdos del porvenir de Elena, ella nos lo advirtió. Mi país fue su país y al igual que yo, ella necesitaba encontrar una figura, una manera, o una forma de representar el rostro del dolor frente al dolor. Porque ella aprendió a ver, a contemplar, necesitaba entender la realidad y su revés. Hoy yo también lo necesito.
Uno de los secretos escondidos en las palabras que la autora eligió para revelar todas las historias, en una historia, susurra algo así: la libertad inicia donde el amor. Aclaro que cada quien es libre de encontrar otro secreto.
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Fue el Día Mundial de la Concienciación del Autismo, pero me he quedado sin palabras. Saberme en el espectro ha sido tranquilizador y doloroso.
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Cuando escucho a las mujeres rapeando me descubro unas ganas locas de ser ellas. Las admiro pero sobre todo las envidio. Escriben, cantan y contagian sus letras.
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Hay que transitar el dolor, pero no quiero.
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