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Un año raro, tenso y fértil

12 meses sin alcohol dan para mucho y no son nada

Hogueras Mogollón · 2024-05-01 13:45 · 0 claps · 13.0 min read
#alcoholismo #adicción #soledad #terapia #autobiografía
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Un año raro, tenso y fértil

12 meses sin alcohol dan para mucho y no son nada

“Dog Days” (Nigel Van Wieck)

“Dog Days” (Nigel Van Wieck)

Ya está aquí. Ya llegó. Mi primer año sin beber ni gota. Algo que no pasaba desde que era adolescente y descubrí el kalimotxo y el Gran Pecher y los cigarrillos. Mi primer año sin resacas desde que era tan joven que ningún botellón podía arruinarme el día. Antes de abrazar la sobriedad, muchas veces dudé de que fuera capaz de llegar hasta aquí. Muchas veces me dije que la versión borrachuza y exhausta de mí había ganado. Que iba a ser la única, para siempre. Pensaba que mi vida sin alcohol sería un calvario, un imposible. Al final, el año ha pasado volando. Y ahora no sé bien cómo sentirme al respecto.

Había escrito un texto completamente distinto para celebrar la ocasión. Uno largo y retorcido, lleno de buenas intenciones y reflexiones floridas y palabras amables. Pensado para compartir con el mundo algunas ideas, con la vaga intención de ayudar quizás a quien pudiera leerlo. Pero no me sentía cómodo con él. Creo que no era honesto, y por tanto no valía para nada.

Diré, pues, la verdad. Me gustaría contar que este año me ha traído felicidad y lucidez, que ahora mismo soy un hombre nuevo, una persona distinta, alguien que irradia energía y luz y que hace mejor la vida de quienes le rodean. Que he conseguido todos mis propósitos, que la obsesión y la duda y la melancolía y los vicios han abandonado para siempre mi cuerpo como si me hubieran practicado un exorcismo. Pero no es así. La realidad, como siempre, es más compleja.

Lo cierto es que han sido doce meses intensos, agridulces y llenos de descubrimientos. Doce meses de ganar y perder. Transformadores, pero no siempre alegres. Y que la redacción de estas líneas me pilla en unos días raros y lluviosos, fríos para ser finales de abril, en los que he estado fumando demasiado, en los que todavía me estoy adaptando a la mudanza de la empresa para la que curro a unas nuevas oficinas en los confines de la ciudad, donde no crece nada más que el acero, el vidrio y los expats.

En los que no tengo claro si me pesa más el orgullo por estar consiguiendo lo que me propuse, o la pereza que me da el saber que aún tengo un largo camino por andar. Y que el alcohol en verdad era sólo síntoma de otros problemas a tratar que ahora puedo ver con claridad delante de mí, como cartas de póker dadas la vuelta sobre la mesa.

Mis amigos, mi familia, me abrazan y felicitan, y me dicen que tengo que estar orgulloso. Y lo estoy. Pero lo cierto es que, en estos días, no me siento especialmente feliz. O sólo a ratos.

Quiero escribir precisamente sobre estas contradicciones. Sobre las dualidades que viven en mi interior. Que se han ido instalando con los meses en el salón comedor de mi mente, y ahora no tienen intención alguna de marcharse. Sobre lo raro que es, que una decisión que entiendes como positiva y crucial para ti, que sabes que te está dando un montón de cosas buenas, te pueda llegar a hacer sentir tan mal a ratos. Que algo que te cura a la vez te pueda hacer incluso daño. Y sobre cómo, día a día, voy tratando de lidiar con esa turbulencia interna.

“Q train” (Nigel Van Wieck)

“Q train” (Nigel Van Wieck)

Debo empezar diciendo que he tenido la suerte de no sentir demasiadas ganas de beber durante este año. No me he enfrentado a ningún impulso insalvable, ni he detectado una dependencia física de la sustancia alcohol. Sólo recuerdo un par de momentos en los que, de manera fugaz, se me cruzó por la cabeza la idea de emborracharme de nuevo.

Uno fue en la pasada Navidad. Lejos de mi casa en Barcelona, que se ha convertido en mi refugio más querido, imprescindible para mi bienestar. Una semana con mi familia, en mi ciudad natal. Me llevo bien con todo el mundo. Nos divertimos, nos queremos. Pero el estrés de estar alerta durante una semana de banquetes, rodeado por todas partes de vinos, chupitos, licores, birritas y vermuts que tuve que esquivar como Neo esquivaba las balas, unido al estado de tensión sostenida que implica la vida familiar en general, casi pudo conmigo.

Empecé a fantasear entonces con el momento de volver a mi casa. “Me compraré una botella de Jack Daniel’s y me la beberé del tirón al llegar”, pensé. Le daba vueltas en mi cabeza al momento en que poder encerrarme en mi salón, en pijama y pantuflas, y olvidarme de todo. Nadie tenía por qué enterarse. Por suerte la idea sólo duró un par de días, y se desvaneció en el momento en que me senté en el tren de vuelta a Barcelona y pude respirar con calma. Me di cuenta rápido de que lo de no beber, lo de cuidarte, lo haces en parte por la gente a la que quieres, pero primero y sobre todo, lo haces por ti. Y a ti mismo no puedes engañarte nunca del todo por mucho que lo intentes.

Poco después, compré un **pack variado **de cervezas sin alcohol de importación. Estaba harto de beber lo que hay en los supermercados, y quería experimentar con nuevos sabores. Una de ellas, belga rubia, resultó estar tan conseguida, ser tan parecida a la variedad con alcohol, que inmediatamente (bastó con un sorbo), despertó en mi interior el ansia del borracho. Se me encendieron todos los neurotransmisores de golpe, como si le hubiera echado gasolina al fuego. Sólo pude combatir las ganas de beber bajándome al bar de al lado y comprándome un paquete de tabaco que procedí a fumarme del tirón, cual estibador desquiciado. Conseguí pasar el mal trago, y me dije a mí mismo que mejor no volver a comprar esa cerveza en concreto, que las del súper no están tan mal.

Hay una parte de mí que siempre echará de menos el sabor y la liturgia del alcohol. Porque yo era un borracho, que nunca supo contenerse y disfrutar de las cosas con moderación, pero al que le encantaba todo lo que bebía. La cerveza, el vino, los gin tonics, el whisky cola, lo que sea. Incluso el Jagger. Me gustaba mucho el sabor de todo tipo de bebidas, la punzada amarga y picante del líquido en el fondo de la garganta, la inmediata sensación de alivio. Compartir ese momento de euforia y liberación tribal.

Cuando después de una buena comida con amigos, aparecen los chupitos y me viene a la lengua el sabor de la crema de orujo, todavía hoy se me remueven los adentros. Pero casi cinco meses después del episodio de la birra falsa, escribo esto mientras me bebo una copa de cava 0,0. Está bastante conseguido, y soy capaz de disfrutarlo sin más consecuencias. Hay alternativa. Los avances son lentos, pero firmes.

“Without even looking” (Nigel Van Wieck)

“Without even looking” (Nigel Van Wieck)

Tengo que decir, sin embargo, que si no ha habido más tentaciones por mi parte en estos meses, es también porque he tratado de evitar situaciones que podrían haberme puesto en peligro. Desde el pasado abril he estado yéndome temprano de las fiestas, cuando no evitándolas directamente. Mi vida social se ha reducido exponencialmente, apenas he salido de noche, y no ha sido sino ya pasados muchos meses, hace poco, que he podido retomar ciertas actividades antes habituales, como ir a conciertos. Huir de la bebida me ha abocado a una cierta soledad que no siempre ha sido fácil de sobrellevar.

Una soledad en la que he tenido que echar mano repetidas veces de otros estímulos, ya sea el tabaco, la comida basura, la compra online compulsiva, para ir tirando cuando me podía el tedio, el sopor, la angustia vital de no saber qué hacer con mi cuerpo, de no tener nadie cerca con quien compartir esa ansiedad. De sentir que mi vida se había convertido en un páramo en el que no cabía placer alguno, e iba a ser así para siempre.

Ya expliqué en **el anterior texto**, que en mi caso la sobriedad forma parte de un proceso más amplio de ruptura con mi vida anterior, uno que en su momento implicó también una ruptura sentimental. La mayor parte de este camino lo he hecho prácticamente solo, en una situación de aislamiento hasta cierto punto voluntario. A lo largo de estos meses, por tanto, no me ha quedado otra que intentar llevarme mejor conmigo mismo, sin trucos ni dopajes, para poder así acompañarme. Tratar de hacerme amigo de esa persona en ocasiones desconocida que vive dentro de mi cabeza.

A ratos lo he conseguido. Otros me he bajado al súper a comprarme una tarrina de helado y me he puesto hasta las cejas de saborizantes artificiales, porque a ver quién se aguanta a uno mismo demasiado seguido.

La gente que tendemos a los excesos, a los comportamientos autodestructivos, solemos tener una relación complicada con nuestra propia imagen. Con la persona que somos en realidad. Por eso nos empeñamos en ahogarla en alcohol, o empaparla en drogas o llenarle el buche de comida para que no pueda hablar, salir a la luz, exponerse a que los demás la vean, idea que nos llena de terror. Es una pescadilla que se muerde la cola: cuanto mayor es el esfuerzo por NO ser uno mismo, mayor la resistencia, mayor el dolor, mayor por tanto la necesidad de acallar esa voz de la manera que sea.

Hasta que uno llega al límite, y entiende que no queda otra que plantar la oreja y escuchar. Que cualquier otra opción lleva de cabeza al desastre.

Así que he pasado horas y horas sentado conmigo mismo, yendo en bici, viendo películas, leyendo, escribiendo. Al principio leí mucho sobre adicciones. Testimonios, estudios científicos, crónicas etílicas. Llegó un punto en que me cansé, y empezaron a interesarme más temas como el deseo, la violencia, la pérdida. Ansiaba sacar cosas en claro, pero también escuchar otras voces, sentirme menos solo. Elaboré incluso una lista de algunas de esas primeras lecturas, por si alguien podía estar interesadx en ellas.

Pasados los meses no estoy seguro de haber extraído de esas páginas (que por otro lado me ayudaron mucho) ninguna conclusión demasiado rotunda, aparte de que, para avanzar, es fundamental aceptarnos en toda nuestra gloria y miseria. La base sobre la que después se levanta todo el andamiaje de esa nueva vida que aspiramos a construir al abandonar aquello que nos destruye.

“Connect” (Nigel Van Wieck)

“Connect” (Nigel Van Wieck)

Un año llevo mirando cara a cara a mis fantasmas, sin consumir ninguna sustancia que nuble mi juicio, aparte de los ocasionales Phoskitos. A pelo. Con calma o a cuchilladas, he ido profundizando en mí mismo, atravesando capas y capas de miedos y ansiedades. Me he mirado a los ojos y no siempre me ha gustado lo que he visto. He repasado episodios de mi vida amorosa y he querido que se me tragara la tierra. Desplantes a amigos, liadas gordas que han puesto en peligro relaciones importantes. Conflictos con mis padres que no tenían ninguna razón de ser salvo el dolor y el miedo que me consumían. Decisiones profesionales cuestionables. Oportunidades desaprovechadas.

Lo he pasado mal, he querido rebelarme contra mi propio ser. Me he sentido desorientado, alienado. A ratos no he querido saber nada de mí. He anhelado poder seguir viviendo en mi fantasía, en mis delirios etílicos. Esa vida en la que yo imaginaba que podía ser lo que me diera la gana, aunque en realidad sólo era la sustancia que me dominaba. Pero he seguido adelante y, poco a poco, he encontrado en mí una fuerza desconocida. He empezado a apreciar profundamente algunas de mis cualidades, y aceptar y tratar de entender mis rasgos menos amables.

Hoy sé que es una experiencia que comparten muchos adictos. Que tras el shock inicial, poco a poco, con paciencia, terapia y cuidados, puedes aprender a quererte. Y que es importantísimo también perdonar y querer a quien fuiste. A quien te trajo hasta aquí y se ha preocupado cada día de mantenerte en pie, de hacerte avanzar. Entender que no todo fueron errores, que en ese momento no tenías otra manera de hacer frente al mundo, de sobrevivir a una existencia que se te hacía cuesta arriba.

Conocerte a fondo, con calma y desde la ternura, te permite asumir la responsabilidad de tus actos pasados, presentes y futuros, evitando así caer en los cenagosos circuitos de la culpa, un elemento clave en el ciclo de la adicción.

Una persona que sólo siente culpa, que se deja arrebatar por sensaciones de desamparo, de fatalidad, tiene muy fácil acabar metida en un círculo vicioso, despojada de agencia, incapaz de actuar. La única salida entonces es recaer en el hábito para nublar el juicio, para abandonarse a la anestesia de los sentidos. Como dice la vampiresa Kathleen en “The Addiction” (Abel Ferrara, 1995), “bebemos para olvidar que somos alcohólicos”.

Por el contrario, una persona que se responsabiliza sabe que en sus manos, y en ningún otro sitio, está la capacidad de no volver a caer en un comportamiento dañino.

Romper el ciclo de la culpa es una tarea titánica, que a mí mismo me llevó años y con la que estaré batallando toda la vida. Pero se puede hacer. Lo bueno es que, una vez se comprende que la solución recae de verdad en nosotros mismos, el subidón es tan fuerte que de alguna manera a lo que te enganchas es a la súbita convicción de que tu voluntad puede con todo. Una idea que no es del todo real, o que al menos no siempre funciona, pero a la que te agarras con uñas y dientes para ir tirando un día y otro día y otro más.

“After the gig” (Nigel Van Wieck)

“After the gig” (Nigel Van Wieck)

**En el primer texto **sobre mi sobriedad, escrito a los seis meses de mi última borrachera, hablaba en parte sobre esta idea. En esos momentos me sentía intocable, fortísimo. Había estado yendo mucho al gimnasio, tenía una nueva terapeuta. Me alimentaba de mi capacidad, recién descubierta, para seguir adelante por mis propios medios. De la sorpresa y el bienestar que me producía mantenerme sobrio. Recuperar cuerpo y mente y empezar a ver el mundo con otros ojos.

Pero ya entonces empezaba a prever lo que efectivamente pasó: después de unos meses, llegué a una meseta. Más un parón que un bajón. En mi caso, empezó a suceder a principios de este año, y la situación se ha venido prolongando más o menos hasta hoy.

Es como si de pronto te sobreviniera un estado de calma chicha, en el que la primera euforia se desvanece, y sólo te quedan por delante las horas, las horas, que diría la Woolf. Sabes que tienes que seguir adelante, pero que los recursos que antes utilizabas para hacerlo ya no te valen. Entonces tienes que empezar a plantearte un montón de cosas desde un prisma nuevo: tus amistades, tus futuras relaciones de pareja, si es que las hubiere, la forma en la que entiendes el placer, las cosas que te mueven, que te motivan. Deconstruir, dinamitar, reinventar. Un proceso lleno de epifanías y sinsabores, puntuado por exquisitos momentos de calma.

Aprendes, a trompicones, a apreciar las cosas de otro modo, a mirar a la gente a los ojos, a no esconderte, a enfrentarte al miedo. Situaciones que antes eran tu pan de cada día, ahora ya no te seducen. Intentas estar abierto a lo nuevo, aunque a veces te llene de dudas, y no sepas cómo afrontarlo. Aprendes a lidiar con la decepción, con el rechazo, con los días grises, con los ratos muertos. Haber conseguido romper con el ciclo eterno del subidón y la resacas ayuda mucho a contemplarlo todo desde un lugar más sereno, más cercano a tu verdadera visión del mundo.

Abrazas tu soledad, tus oscuridades, y aprendes incluso a apreciarlas, pues forman parte de ti, y en ellas hay valor, si sabes manejarlas y que no se te coman.

A día de hoy salir a la calle a veces me llena de energía, otras es una tortura. Incluso estar con amigos, con gente querida, no siempre me apetece, pues me lleva a momentos pasados, a dinámicas con las que ya no me siento identificado. Si soy sincero, ahora mismo la mayor parte del tiempo de lo único que tengo verdaderas ganas es estar en mi casa leyendo, escribiendo. Pero también entiendo que esto forma parte de un proceso en mutación perpetua, y que es a éste al que me debo. Que nunca hay ni habrá soluciones mágicas.

Es importante entender que, para cambiar de verdad las cosas, no hay que tener miedo a que la vida te lleve donde te tenga que llevar. Y que tus amigos, tu familia, estarán allí cuando vuelvas de donde sea que te te hayas ido.

“Safe” (Nigel Van Wieck)

“Safe” (Nigel Van Wieck)

En ese sentido, aprendes también a valorar muchísimo a todas esas personas que siempre han estado a tu lado, en tus momentos más chungos, y que nunca han dejado de creer en ti, incluso cuando les has dado razones de sobra para pasar de tu cara.

Hace un tiempo empecé a pensar en por qué, si mi adicción al alcohol viene tan de lejos, cómo es que nadie me dijo nunca “ey, tienes un problema, tienes que hacer algo al respecto”. Pero lo cierto es que sí hubo señales. Sí que hubo personas que intentaron hacerme ver que no iba por buen camino. Yo estaba demasiado metido en mi propio fango para darme cuenta, para hacerles caso. De nuevo, hasta que uno mismo no toma la decisión de mirarse de verdad y hacer algo al respecto, da un poco igual lo que te diga cualquiera, por mucho que esa persona te quiera y te conozca.

Seguramente también haya episodios que he olvidado del todo, porque una cosa que ocurre cuando el abuso del alcohol es continuado y se prolonga en el tiempo, es que tu cabeza se convierte en una máquina defectuosa. Poco a poco, una vez sobrio, los recuerdos vuelven, y hay que saber irlos poniendo en el sitio que toca, aunque a veces duelan. Dar las gracias, y pedir perdón a quien corresponda.

Un año después de mi última resaca, me encuentro en un punto de inflexión en mi camino de sobriedad, en el cual siento que lo mejor está todavía por venir, pero aún me queda lejos. Los consumos compulsivos todavía me persiguen, pero sé que puedo lidiar con ellos. El mundo ahí afuera parece la mayor parte del tiempo una broma macabra, un centro comercial en ruinas, pero yo tengo entre manos proyectos que me hacen mucha ilusión, y siento sobre todo curiosidad ante lo que vendrá. Cada texto que termino, cada situación que afronto, cada abrazo sincero, es una pequeña victoria. He entendido que cada luz tiene su sombra, y que es precisamente al aceptarlo, que encontramos la fuerza para seguir adelante y ver lo bello de cada momento, sea triste o feliz.

De momento, sigo fuerte, y remar hacia adelante es la única opción que contemplo. Veremos, pues, qué nos traen los próximos meses. Lo único seguro es que tarde o temprano, volveré a sentarme ante el teclado para contároslo.


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