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Contra la repetición: Un elogio a cerrar puertas

I. La fruta madura y la angustia

SentiPensante Radical · 2026-01-12 15:01 · 0 claps · 4.3 min read
#madurez #angustia #vejez #psicologia #realidad
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Contra la repetición: Un elogio a cerrar puertas

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I. La fruta madura y la angustia

La escena tenía todos los componentes de una velada inofensiva: tres amigas, un restaurante con la iluminación justa para disimular las ojeras y la necesidad reglamentaria de palabras atrancadas en el gaznate aullando por ser dichas. Entonces, Alba, desde la altura de sus sesenta años — una edad que la sociedad insiste en llamar “la nueva juventud” para no herir susceptibilidades — , soltó la bomba.

Lo dijo con una risita nerviosa, ese camuflaje social que usamos cuando vamos a confesar un terror existencial, palabras más, palabras menos: “estoy percibiendo ciertos comportamientos en mí que me hacen sentir que estoy madurando”. No lo dijo como quien anuncia que ha aprendido un nuevo idioma o que por fin entiende eso de la psiconeurobiología. Lo dijo con un tufillo de angustia. Para Alba, y para la gran mayoría de la humanidad obsesionada con la eternidad, “madurar” es un verbo despreciable. Es el antónimo de la diversión, del juego, de la chispa. En el imaginario, madurar es convertirse en un mueble desgastado donde aún algunos se sientan, pero que ya no tiene su otrora comodidad.

Fue en ese preciso instante cuando mi “yo erudito aspiracional” — ese pequeño dictador intelectual que vive en mi lóbulo frontal — decidió, como es usual, entrar a la conversación. Ajusté el birrete sobre mi penacho de búho y sentencié que la angustia no era por la vejez (que sí lo es), sino por la mala gestión de los finales. Porque, seamos honestos: ¿qué es madurar sino la capacidad de cerrar puertas que ya no dejan entrar sino babosadas recicladas de andares antiguos?

II. La neurosis de la fiesta eterna

Lo que le pasa a Alba, y a cualquiera que tiemble ante la palabra “madurez”, es que podríamos estar confundiendo la vitalidad con la permanencia. Creemos que la única forma de estar vivos es mantener todas las ventanas abiertas simultáneamente, dejando que entre el polvo, el ruido y los mosquitos, solo para poder decir que en su casa “pasan cosas”.

La diversión obligatoria es un sofisma, tan válido como algunos otros, que podría llegar a generar mucha angustia, sobre todo cuando nos sentamos con nostalgia a recordar esos tiempos donde la energía vital y el deseo sobrepasaban cualquier cálculo de riesgo. Esos eran los momentos para ser vividos así, donde todo valía y había recursos (no necesariamente económicos) para todo. Si no te estás divirtiendo, estás fracasando; tu vida es una mierda que no merece ser vivida.

Pero aquí es donde entra la trampa: insistir en prolongar un estado de “juego” cuando el cuerpo y la psique piden otra cosa no es juventud, es una obstinación patética. Es como ser el último invitado en una fiesta donde ya encendieron las luces, la música se apagó y los anfitriones están barriendo el confeti del suelo con cara de odio. Quedarse ahí, gritando “¡que siga la rumba!”, no es ser divertido. Es no saber leer el contexto.

Quizás Alba, sin saberlo, suscribe la teoría de Woody Allen sobre ese “desacuerdo templado” con la vida. El cineasta confesaba vivir con una “depresión de baja intensidad”, como un piloto de estufa siempre encendido que nunca llega a explotar pero que tampoco se apaga. Para él, la diversión y el trabajo no eran fines en sí mismos, sino meras “estrategias para mitigar” el calor de esa llamita eterna. La diferencia es que Allen lo reconoce como una neurosis, mientras que mi amiga lo confunde con la felicidad. Aferrarse a la diversión como única tabla de salvación no es madurez; es simplemente tenerle pánico a quedarse a solas con el piloto encendido.

III. Cioran y el tedio de la repetición

Aquí es inevitable invocar a mi santo patrono del pesimismo lúcido, Emil Cioran. El rumano, que hizo del insomnio y la desesperación un arte, tenía muy claro que la existencia es, por defecto, una imposición molesta.

Cioran decía: “Lo que sé a los sesenta, lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de verificación”.

Si le hiciéramos caso, entenderíamos que la angustia de Alba no viene de “madurar”, sino de la repetición. Insistir en ciclos que ya caducaron (el ciclo de la “joven alocada”, el ciclo de la “inmortalidad percibida”) solo genera desgaste. Es la definición de la locura: dar vueltas en círculo esperando que el paisaje cambie.

Madurar, desde esta perspectiva cioranesca y ligeramente sarcástica, no es perder la alegría. Es, más bien, ahorrarse la fatiga de la redundancia. Es la elegancia de decir: “Ya jugué a esto, ya me sé el final, y francamente, prefiero retirarme a leer o a mirar el techo antes que fingir sorpresa ante el mismo chiste por quincuagésima vez” (que lo sigo haciendo). Cerrar puertas no es un acto de clausura triste; es un acto de dignidad.

IV. La perspectiva es lo que nos da la gana

Por supuesto, todo esto se lo dije a Alba mientras apuraba mi soda michelada, intentando sonar convincente. Al final, como bien señalé en mi discurso de sobremesa, la vida es un constructo subjetivo. Si se quiere creer que madurar es pudrirse como un aguacate olvidado al fondo de la nevera, esa será la realidad. Vivirá angustiada, estirando la piel de sus días para que parezcan años de juventud.

Madurar es entender que la vida es un abrir y cerrar de ciclos. Y que hay un placer perverso y delicioso en el sonido de un cerrojo que se cierra. Click. Adiós a esa etapa. Adiós a esa necesidad de validación. Adiós a fingir que me divierte el ruido. Gracias por lo que quedó y se aprendió, a ver si nos sirve para algo.

V. Conclusión

Al final de la cena, pagamos la cuenta. Salimos del restaurante y sentí la noche. Quizás Alba seguía preocupada por su inminente “madurez”, aferrada a su nostalgia de mentira. Yo, sin embargo, también sentía mis propias angustias existenciales. Nos despedimos y cada una se fue, pero permaneciendo inexorablemente en nuestras obsesiones y repeticiones.

Cerrar la puerta del taxi, cerrar la puerta de mi casa, cerrar los ojos. No había pérdida en esos actos, solo la culminación necesaria de un ciclo para que, quizás, mañana pueda empezar otro. O no. Porque como diría Cioran, a veces el mero hecho de no tener que empezar nada nuevo es la mayor de las victorias. Y si eso es madurar, que me traigan el carné de socio vitalicio.


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