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Fue casualidad, pero te adueñaste de mis noches. Capítulo 14. (Final)

Leandro, totalmente desfallecido, se recuesta hacia atrás. No hay nada que se pueda hacer, pero al menos ya sabe, que ella nunca, lo dejó…

lashistoriasdeisabel · 2024-07-02 22:25 · 0 claps · 20.8 min read
#rostro #amor #insomnio
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Fue casualidad, pero te adueñaste de mis noches. Capítulo 14. (Final)

Leandro, totalmente desfallecido, se recuesta hacia atrás. No hay nada que se pueda hacer, pero al menos ya sabe, que ella nunca, lo dejó de amar.

— Me debo ir ya — Sandra se pone de pie, y él, aunque abrumado, la imita — Creo, que debemos evitarnos todo lo posible. Si puedes transferir las consultas de Alejandro, para otro médico, te lo agradecería.

— No me hagas eso, Sandra, por favor — y desesperado, le implora — Yo te juro, que me comportaré. Soy un adulto responsable. He vivido sin ti tres años, puedo hacerlo cien más, pero no evites que lo vea. Tengo una conexión muy linda, con tu hijo.

Inesperadamente, Sandra empieza a llorar, de forma desequilibrada, e intenta huir, una vez más. Pero, Leandro sin poder entender, qué la había hecho derrumbarse de esa manera, con total determinación, se interpone entre ella, y la puerta.

— Sandra, ¿qué pasa? ¿faltó algo por decir? — Leandro se angustia, intentando descifrar, qué significa el terror, que ve en sus ojos.

A Sandra, todo se le vuelve oscuro, porque realmente, no puede más. Todo su cuerpo empieza a temblarle de pies a cabeza, y opta por abrazarlo, sin poder controlar un llanto, que ya es desgarrador.

— Leandro, Alejandro es hijo tuyo — los sollozos de Sandra, son tan intensos, que siente, como si se fuera a desmayar.

Pero Leandro, totalmente fuera de control, con fuerza, la aparta de su lado, y como un desquiciado, comienza a caminar, por toda la casa. El dolor que siente en su pecho, es tan fuerte, que, con toda seguridad, va a infartar.

Sandra, sin fuerzas, sigue detenida frente a la puerta, pero ahora su rostro se ve, totalmente confundido, ante un terror y una angustia, que ya no le caben en su pecho.

No obstante, Leandro reacciona, y enloquecido, la mira con extrema rabia. Había soportado todo, pero lo de su hijo, era demasiado, para tolerarlo sin más.

— ¿Hasta cuándo pensabas ocultarme a mi hijo, Sandra? ¿Hasta cuándo? — y le grita y la zarandea, con una fuerza frenética.

— Leandro, tenía miedo, de que lo dudaras. ¿Qué pruebas podría darte?, si yo me fui, y me casé con otro hombre. ¿Por qué creerías en mí? — y se desploma, totalmente desfallecida.

Leandro, como un loco, la mira desvanecida sobre el piso, y no siente lástima. Su mirada se pierde en el vacío, porque no soporta sufrir más.

— Sandra. Vete de mi casa. Hoy no vas a huir, hoy te expulso de mi casa, y de mi vida — y furioso la levanta — Te lo perdono todo, todo, menos ocultarme a mi hijo. Vete, por favor. Pide un taxi, has lo que quieras, pero sal de mi vista.

Leandro está tan ciego, que no sabe si odiarla, o amarla. Ahora mismo se recuerda, luchando por la vida del hijo de Sandra, sin saber, que también era suyo. Y lleno de dolor e impotencia, y gritando como si sangrara, entra al cuarto de las pinturas, y con toda su fuerza, empieza a destruirlo todo. Quiere sacar a Sandra de su corazón y de su vida, para siempre.

Al mismo tiempo, ella, completamente asustada y enloquecida, corre sin rumbo fijo, alejándose del hombre, que más ha amado en la vida, y por demás, el padre de su hijo. Y desesperada, mira para todas partes, pero no logra saber, dónde está. Casi sin voz, le grita a un taxi, que ve a lo lejos, pero no la escucha. Por eso, no tiene más remedio, que llamar a Ricardo, para que la lleve de regreso a casa.

En muy breve tiempo, anegada en llanto, y temblando sin control, sube al coche de su marido. Ricardo no pregunta, porque no quiere escuchar, lo que no es un secreto para él. Sandra lleva, la mirada perdida hacia el infinito y él, aunque intenta no mirarla directamente, lo hace a través del espejo, y puede sentir su sufrimiento.

Al llegar a casa, antes de descender del coche, él, la toma por la mano y le pregunta.

— ¿Crees, que podamos cerrar este capítulo, de una vez? — Ricardo se queda anhelante, de la única respuesta, que quiere escuchar.

— Ese era el objetivo de esta conversación, ¿Verdad? — ella lo mira fijamente, sin decir, una palabra más.

Sandra sale del coche, como alma en pena. Ricardo la sigue, pero hay un detalle muy importante, que necesita saber.

— ¿Él sabe, que Alejandro es su hijo? — su voz se torna muy ronca y temblorosa.

— Sí, es justo que lo supiera, ¿No crees? — y con total determinación, ella se detiene, frente a él — Me dijiste, que había llegado el momento de hablar, y eso hice. No me preguntes, qué va a pasar ahora, porque yo, no lo sé.

Sandra, lo deja en medio del camino, y sin poder controlar sus lágrimas, va directo al cuarto, para abrazar, a su querido hijo.

Transcurren algunas horas y llega la noche. Ni Francisco, ni Beatriz, pueden estar tranquilos. Ella sirve la cena, pero ninguno logra llevar bocado a la boca. Beatriz le timbra a Sandra, y Francisco a Leandro, pero ninguno responde.

— No puedo esperar más. Presiento algo terrible — y muy aprisa, Francisco toma la chaqueta — Me voy a casa de Leandro.

— Yo voy contigo. Porque si algo salió mal, estoy segura, de que él es, el más afectado — Beatriz respira muy agobiada — Sandra tiene familia, pero Leandro, no tiene a nadie.

— Nos tiene a nosotros, Beatriz. Apúrate, que nos vamos — y salen, a toda prisa.

A la media hora aproximadamente, llaman a su puerta y nadie responde.

— Lo siento. Tomaré la llave — Francisco de inmediato, se dispone a buscarla.

— Pero ¿sabes dónde la tiene? — ella lo observa, todavía asombrada — Pues, ¿qué esperas, Francisco? Tengo miedo, de que haga, algún disparate.

Muy aprisa, entran al apartamento, lo llaman a viva voz, y nadie responde. Francisco, aunque nunca había entrado, sabe de la existencia, del cuarto donde Leandro dibuja, y corre hacia él, consciente, de que ahí, lo encontraría.

Beatriz, sin todavía entender, hacia dónde se dirigen, sigilosamente lo sigue. Y al ver, que la puerta está entreabierta, con un terrible temor, la empujan.

— Por dios, Leandro — y los dos, corren a auxiliarlo.

Leandro, totalmente inerte, permanece tirado en el piso, con algunos cuadros encima.

— Déjame aquí, Francisco — Leandro le habla, casi sin fuerzas — Tengo que odiarla — y con lágrimas en los ojos, agrega — Estuve a punto de perdonarla, hasta, que me habló de Alejandro.

Beatriz no entiende lo que balbucea, pero sin perder tiempo, ayuda a Francisco, a levantarlo. Entre los dos, logran llevarlo hasta una silla, quitando del medio, el montón de cuadros, que se lo impedían.

Y en ese justo momento, cuando Beatriz logra ver todo, lo que la rodea, los ojos le dan vueltas, en redondo. Nunca había visto tantas imágenes de su prima, ni tan siquiera, en un álbum de familia.

— Leandro, no nos digas nada. No estás obligado a hacerlo — Francisco siente mucha pena, cuando lo mira — Si ya hablaron, es hora de cerrar esa puerta, y abrirte a la vida.

— Francisco, pero lejos de decirme, que no me ama, es todo lo contrario — y de pronto, Leandro se da cuenta, de la mirada atenta, de su enfermera — Beatriz lo siento. Tu prima y yo, tenemos una historia.

— Ella lo sabe todo, Leandro. Perdóname, pero tuve que hacerlo — Francisco baja la cabeza, muy avergonzado.

— Hiciste bien, Francisco — Leandro suspira, amargamente — Es una gran historia, imposible de llevarla encima, una sola persona — y aunque el dolor, lo domina, necesita desahogarse, y con quién mejor, que con ellos — Si Sandra, me hubiera dicho, que no me amó nunca, me sentiría mejor, pero, que siempre me ha amado, me trastorna. Que no hay alternativa para nosotros, aunque es muy doloroso, lo acepto y lo entiendo perfectamente. Hasta ahí, lo perdono todo.

Visiblemente desesperado, Leandro se aleja de esa habitación, y ya en la sala, se lanza sobre el sofá, totalmente desmadejado, como si ya todo, le diera lo mismo.

— Pero, nunca le voy a perdonar, que me ocultara lo del niño — y con visible sufrimiento, se lleva las manos a la cabeza — Les juro, que la puedo ver de rodillas ante mí, pero nunca la perdonaré.

Beatriz lo escucha, pero sobrecogida, se lleva las manos al pecho, porque no quiere entender. Y aunque se siente abrumada, intenta creer, que Leandro, había perdido el juicio, definitivamente.

Pero se sobresalta mucho, cuando ve a Francisco sacar un papel de su bolsillo, y con la mano extendida, ponerlo delante de Leandro.

— ¿Qué es, Francisco? — Leandro está tan abrumado, que no tiene real interés, en saber de nada — Por favor, no tengo ánimos ni para leer.

— Leandro, por favor. Es importante que lo analices — Francisco, con visible ansiedad, le insiste.

Y él, al comprobar, lo que Francisco, con tanta insistencia, le da, totalmente exaltado, se pone de pie.

— ¿Cómo se te ocurrió hacer esta prueba? — y ahora, hasta las lágrimas le corren por su rostro, ante tanta impotencia.

— Incitado, por la propia Sandra — Francisco respira con fuerza y le toma la mano a Beatriz, que todavía no ha logrado reaccionar, ante la nueva realidad — El día que la llamamos, para averiguar, quién tenía la sangre compatible con la del niño, lo primero que nos dijo fue, que ella era donante universal, pero como no daba tiempo, y consciente de la gravedad de Alejandro, se giró hacia Ricardo, perdiendo todos los estribos. Daba gritos, lo empujaba, lo golpeaba; estaba fuera de sí completamente, y le repetía, «tengo que salvar a mi hijo». Y enloquecida, me dijo, «Francisco, por favor, dile a Leandro, que él tiene el mismo tipo de sangre de Alejandro. Dile, que yo le pido, que salve a mi hijo».

La cara de Beatriz es de total incredulidad, mientras Leandro, descarga toda su ira y su impotencia, golpeando con fuerza la pared, consciente, de que nunca más tendrá, un minuto de paz.

— Ante aquella escena, para mí todo, quedó claro, y me ocupé de tener listo el resultado, por si ella confesaba, porque al final, el secreto es de ella, no mío — Francisco respira intensamente, y busca la mirada de Beatriz y después la de Leandro, para concluir — Alejandro es hijo tuyo, con toda certeza, Leandro. El resultado de ese análisis es infalible.

Leandro, totalmente colapsado, se desploma nuevamente, sobre el sofá. El dolor, que refleja en su rostro, traspasa los corazones, de sus amigos.

— ¿Cómo llego a mi hijo, si tiene otro padre, que, por demás, es excelente, amoroso y lo ama desenfrenadamente? — y comienza a sollozar de una forma, que partía el alma.

Beatriz, que, ante el impacto de tantas confesiones, se había mantenido callada, decide romper su silencio.

— Leandro, vamos a tratar de serenarnos. La vida está hablando, porque de lo contrario, nada de esto, se hubiera sabido — y mira hacia Francisco, buscando apoyo — Ahora, debes ducharte; te vendrá bien. Yo prepararé algo para cenar, y esta noche nos quedaremos, aquí contigo. Mañana, con la cabeza despejada, pensaremos mucho mejor, lo que debemos hacer.

— De acuerdo, Beatriz — y una sonrisa inesperada, le ilumina el rostro a Leandro — Por eso, nos llevamos tan bien, porque aparte de que eres la novia de mi amigo, estamos, hasta en la misma familia.

Todos intentan sonreír, a pesar de la situación, pero Leandro, vuelve a hablar.

— Francisco, voy a pedir un permiso en el hospital. Estaré en casa unos días — y decidido, se pone de pie — Alejarme no es la solución, pero me ayudará a pensar, con sensatez. Cuando regrese, no iré a por ella, pero sí, a por mi hijo. Tengo derecho a disfrutar de él, de alguna manera — y de forma increíble, las lágrimas, no lo dejan continuar. Por lo que decide de una vez, ir hacia la ducha.

Beatriz, que tampoco puede contener las lágrimas, se dirige hacia la cocina y Francisco, de forma disimulada, se aparta de todos, para hacer una llamada.

Un rato después, cenan y acto seguido, Leandro opta, por irse al estudio a ordenar el desastre, que había hecho.

— No, Leandro. Ahora, vas para tu habitación, a descansar. Nosotros vamos a ver televisión, y después iremos a dormir. Mañana te ayudaremos, a ordenarlo todo — Francisco lo empuja ligeramente, obligándolo, a que obedeciera.

— Te haré caso, Francisco. Iré a la cama, pero sabes bien, que no podré dormir — y suspira, con visible tristeza.

— Lo sabemos, pero al menos, descansas. Si quieres, ponte a leer, pero para el estudio, no te dejaremos pasar — Francisco, con total determinación, está decidido, a no ceder.

Tratando de complacer a unos amigos, que han hecho tanto por él, se va para su habitación. Y si bien se tira sobre la cama, su mente no descansa y el sueño no llega. Pero lo que sí tiene muy claro es, que Sandra, es lo que menos le interesa en ese momento, y de solo recordar, que Alejandro es su hijo, comienza a llorar sin consuelo, hasta que poco a poco, se adormece.

Francisco y Beatriz esperan un rato, y al sentir tanto silencio, van al estudio, para con mucho cuidado, organizarlo todo, y de esa manera, Leandro, cuando salga de la cama, no tenga que enfrentarse a Sandra, de ninguna manera.

— Esto es increíble, Francisco. Es una obsesión, lo que Leandro tiene por Sandra — y admirada, Beatriz se queda observando, una de las pinturas.

— Beatriz, todo es, como lo hablamos. Ella se convirtió en obsesión para él, por no ponerle un cierre a lo que tuvieron. Si ellos, hubieran terminado de forma amistosa, o si ella no hubiera huido… — pero Beatriz lo interrumpe, abruptamente.

— Entonces, hoy, la historia fuera otra, Francisco. Pero la vida, lo quiso así — y visiblemente preocupada, le pregunta — Y ahora, ¿qué va a pasar con el niño?, porque Leandro tiene derecho, a disfrutar de su hijo.

— No lo sé, Beatriz. Por eso creo, que es un error, que se vaya. Él se tiene que quedar aquí, a enfrentar lo que viene — y baja la voz, para poner atención, al sonido de la puerta.

— Son casi las cinco de la mañana, ¿Quién podrá ser? — sorprendida, Beatriz le pregunta.

— Mia y Jorge — y Francisco se da cuenta, de que Beatriz no los conoce — La hermana de Leandro y su novio. Son médicos también, en fin, yo los llamé anoche, voy a abrirles.

Muy aprisa, Francisco se dirige hacia la puerta, y Beatriz, con total precaución, lo sigue.

— Hola, Mia. Bienvenida — Francisco la abraza y después, saluda a su novio — Jorge, ¿cómo estás?

— Bien, amigo. Gracias por llamarnos — Jorge, perceptiblemente preocupado, le responde.

De inmediato, pasan a la sala y Mia se percata, de la presencia de Beatriz.

— ¿Es tu novia? — y mira hacia Francisco.

— Mucho gusto, mi nombre es Beatriz — y con su naturalidad habitual, Beatriz, también la abraza y añade — Además de ser su novia, soy la enfermera principal, de Leandro.

— ¡Qué bien! Todos estamos, en el mismo sector — Jorge sonríe, intentando bajar la presión, que Mia ha traído, por todo el camino.

Mientras todos, toman asiento, Francisco le explica a Mia y a Jorge, los detalles, de todo lo sucedido, al tiempo que Beatriz les pide permiso, para dirigirse a la cocina, por café.

— Dios mío, Francisco. Esto es bastante para procesar, sobre todo lo del niño — comenta Mia, que asombrada, no aparta la mirada sobre Jorge.

Y justo en ese momento, Leandro, abrumado de la cama, sale de su habitación y se sorprende al verlos.

— Mia, Jorge. ¿Qué hacen aquí, y amaneciendo? — Leandro, los abraza, cuando les dice — Debieron avisarme, porque yo tenía pensado irme hoy para allá, por lo menos por una semana.

— Leandro, no dramatices. Te prometimos que vendríamos a pasarnos unos días contigo, y aquí estamos — Mia se aferra al brazo de su hermano, sin soltarlo ni un segundo.

— ¡Ah, ya entiendo! — y con la mirada, le reclama a Francisco — Este, se fue de lengua y les avisó de lo sucedido. Porque si mal no recuerdo, ustedes no venían precisamente, esta semana.

— Este nada, Leandro — Jorge se pone del lado, de su también amigo — Francisco es, como tu hermano y nosotros coincidimos con él. No es hora de huir, es hora de analizar, lo que se va a hacer.

Al instante, Mia se da cuenta, de que Beatriz viene con las tazas de café, y suelta de una vez a Leandro, para ayudarla.

— Gracias, Beatriz. Pero no trabajes más — y mirando para Francisco, Leandro agrega — Siéntate al lado de tu novio, por favor. Ustedes ni han descansado, por quedarse conmigo, la noche entera.

Después de tomarse el café, Leandro, de forma impulsiva, se pone de pie.

— Voy a ordenar un desastre, que armé anoche, en el otro cuarto — y de inmediato, deja la taza, sobre la mesa.

— Quédate tranquilo, Leandro. Ya lo arreglamos todo, entre Beatriz y yo — y con fuerza, Francisco lo hala, hacia el sofá.

— Pues, entonces, tengo razón. No descansaron, ni durmieron nada, ¿Cómo piensan rendir hoy? — y con total atención, se les queda mirando.

— Pensé, que al menos, nos darías las gracias — Francisco sonríe, mientras toma de la mano a Beatriz.

— Y se las doy, claro que sí — Leandro se pone en pie, y con visible emoción, abraza a Francisco — Sabes muy bien, que tengo mucho más, que agradecerte, Francisco.

En ese instante, Leandro recuerda, que aún tiene en el bolsillo, la prueba de ADN y se la da a Mia, para que, junto a Jorge, la revisen. Y ellos, con bastante atención, analizan cada detalle.

— Aquí, no hay dudas de nada, Mia — le ratifica Jorge, con el documento en la mano.

— ¡Ay, dios mío! Estoy ansiosa por conocer a mi sobrino, ¿Tú no? — y con visible emoción, se le queda mirando.

— Sí, pero no es tan sencillo — Jorge se pone serio y ella, con su ímpetu natural, lo interrumpe.

— Lo sé todo, Jorge. Vamos a ver, qué piensa hacer mi hermano — y ahora respira, con visible preocupación.

Con premura, para no llegar tarde al hospital, Francisco toma a Beatriz de la mano, y se despiden de todos, quedando en verse con Leandro en el hospital, y con la promesa de coincidir con los demás, para compartir un rato, por la noche.

Momento, en el que Mia, como es su costumbre, se recuesta a su hermano.

— ¿Qué piensas hacer, Leandro? — y suspira, con bastante intensidad.

— Pensaba irme a Valencia, pero realmente huir, no resolverá nada — y se inclina hacia atrás, visiblemente cansado — Tengo que pensar, cómo voy a actuar, de ahora en adelante. Por lo pronto, ahora, me voy al hospital y espero, me lleven al niño a la consulta. Hoy tiene su primer chequeo postoperatorio.

— Por dios, Leandro. ¿Estás preparado para eso? — la exaltación de Jorge es, perfectamente perceptible para todos.

— Lo tengo que estar, Jorge — y mirando la hora, les dice — Ustedes hagan lo que deseen, hasta que yo regrese. Aunque sé, que adelantaron sus días de descanso, para impedir, que me fuera, aprovechen y diviértanse, yo no iré a ninguna parte.

Transcurre el tiempo y una hora después, Leandro, que parece calmado, va llegando a su consulta.

— Buenos días, Paula. Discúlpame, pero no tuve oportunidad de responder a tus llamadas — y se acomoda en su escritorio, enciende el ordenador, y se presta a atender, al primer paciente.

— Leandro, solo necesito saber una cosa, antes de empezar con las consultas — Paula suspira, visiblemente agobiada — ¿Podremos seguir viéndonos, fuera del trabajo?

— Paula, yo fui muy sincero contigo desde un inicio, y en estos días de separación, te lo volví a demostrar. No creo, que yo sea el hombre apropiado para ti — Leandro trata, con total sutileza, de no herirla — No es por ti, tú eres adorable. Pero yo estoy, en una etapa muy compleja de mi vida, y no puedo hacer feliz a nadie. Pensé buscar el momento y el lugar apropiado, para decírtelo, pero ya, que me has preguntado, te he respondido. Y por favor, no quiero que te sientas mal. Te lo repito, tú no eres la culpable.

— ¿Ella regresó a tu vida? — su pregunta, va cargada de mucha melancolía.

— Sí, Paula. De alguna manera, ella regresó a mi vida. Te pido disculpas, si te he herido, sabes bien, que no ha sido mi intención. Pero siempre te demostré mi incapacidad, para amar a otra persona — Leandro respira profundamente y da por terminada la conversación — Por favor, avísale a Beatriz, para que haga pasar, al primer paciente.

Paula cumple su cometido y de forma inmediata, Beatriz hace pasar al primer paciente, que estaba citado para la consulta.

— Buenos días, doctor — Sandra lo saluda, con la cordialidad, que corresponde.

— Buenos días — a continuación, Ricardo lo saluda, también.

Leandro, que llenaba en ese momento, una documentación, levanta la cabeza, y los observa. Ellos constituyen el justo ejemplo, del matrimonio perfecto, que fueron premiados con un hermoso y saludable hijo.

Pero su mirada, no se detiene, ni por un segundo, en Ricardo, y mucho menos, en Sandra. Él, solo desea disfrutar de la presencia de su hijo. Porque de forma increíble, ya no lo puede mirar, como a un niño más, que va a su consulta, ni como a un paciente más; Alejandro es, su propio hijo.

En esos segundos, Ricardo se dedica a observar cada detalle, que quizás, en otro momento, no fuera relevante. Pero ahora, todo es diferente. Ahora, lo invaden los celos, y quiere descifrar si entre ellos, existe algún lenguaje secreto, donde se juren amor eterno, aunque nunca más, puedan tocarse.

— Buenos días, por favor, tomen asiento — la cortesía de Leandro, siempre ha sido parte, de su distinción.

Alejandro escucha su voz y en ese momento, sin nadie imaginarlo, le tira los brazos a Leandro, para que lo cargue.

— El doctor está ocupado, mi amor — Sandra, fuertemente, lo sujeta.

Pero en ese preciso instante es, cuando se cruzan las miradas de Sandra y de Leandro, y él pudo darse perfecta cuenta, de que sus ojos delataban, lo mucho, que debía haber llorado. No obstante, Leandro, obviando las palabras de Sandra y también sus ojos vidriosos, en un impulso descontrolado, se pone de pie y toma a Alejandro entre sus brazos.

— A ver, ¿Cómo te sientes hoy? — la mirada de Leandro es diferente, y todos los presentes, se dan cuenta — Tenemos que acostarnos en esta camita, para que te revise muy bien tu barriguita. ¿De acuerdo?

Leandro, como hace con todos los niños, les pide a sus padres, que se acerquen, para que observen y se involucren, en todo el proceso.

— Necesito, que lo sujeten, para poder examinarlo, por favor.

Sandra y Ricardo, acuden al llamado del doctor, y en ese momento, sin ninguno de los dos proponérselo, sus miradas vuelven a cruzarse, pero para Leandro pasa, como algo sin importancia, porque él, no quiere verla.

El chequeo es muy exhaustivo y repleto de preguntas, para los padres del niño. Las conclusiones del doctor avalan, que la recuperación marcha, de forma correcta. Se mantienen las mismas indicaciones, y las consultas de seguimiento, tal y como estaban programadas.

Un rato después y terminada la consulta, van de regreso a casa. Ricardo conduce y Sandra, lleva al niño, en brazos. Durante todo el trayecto, las palabras son muy escasas. La reaparición de Leandro, ha removido todos los cimientos y ha provocado, una real crisis en su matrimonio, y eso, no es secreto para ninguno de los dos. Sandra abraza a su hijo, y mantiene lo ojos cerrados, sin deseos de hablar, y Ricardo solo observa y calla.

Cuando llegan, Sandra, con su hijo en brazos, baja del coche, pero Ricardo, se queda al volante.

— ¿No entras? — ella le pregunta.

— No, Sandra. Debo hacer algunas gestiones. Todo lo que conversamos anoche, se mantiene en pie. No tengo ningún cambio al respecto. Es imposible para mí, intentar compartirte con nadie, lo siento — y sin esperar, ni un minuto más, pone el coche en marcha.

Ricardo regresa al hospital. Sabe, que aún es temprano, pero esperará todo el tiempo que sea necesario, para poder hablar con Leandro. Respira con total determinación y se dispone a leer. Así, transcurren tres horas, cuando lo ve salir, por la puerta principal.

Algo nervioso, pero decidido a dar el paso, que se había propuesto, desciende del coche, e intercepta a Leandro, en el estacionamiento.

— Es preciso, que hablemos — Ricardo, no dice más.

— De acuerdo. ¿Qué propones? — Leandro también pronuncia, las palabras justas.

— Cerca de aquí, hay un buen bar, que conozco. Voy delante y me sigues — y al Leandro, asentir, ambos, suben a sus coches.

Pasados algunos minutos, ya compartían mesa y alguna que otra cerveza, que los ayudara a dialogar.

— De sentir amor por Sandra, no te voy a hablar, porque los dos, estamos enfermos, de tanto amarla — Ricardo, decide comenzar.

— Sé, que la amas profundamente. Ella me lo contó todo, pero no hay más, que mirarte, se ve a simple vista, cuánto la amas — Leandro está obligado a ser, totalmente sincero.

— Lo mismo puedo decir de ti. Sé, que quizás ahora mismo intentes odiarla, por ocultarte lo del niño, pero tu amor por ella, no lo puedes esconder, ni superar. Estás enfermo por ella, no duermes, no has vivido, y has dejado todo, por llegar a dónde estás hoy — Ricardo bebe nuevamente, para mitigar su dolor.

— Yo no quiero romper, lo que ustedes tienen. No hay vuelta atrás con lo nuestro, aunque por ella, yo muera. Pero quiero disfrutar de mi hijo. Tengo derecho a ser su padre — Leandro también bebe, pero su angustia, lo supera.

— Lo nuestro no existe, Leandro. Solo existe de un lado. Yo siempre la amé, pero ella, a mí no — la mirada de Ricardo, está repleta de amargura y de dolor — Yo podía tener su cuerpo, pero nunca su alma, ni su corazón. Ella dejó todo eso, aquel día en Valencia.

Leandro no puede esconder la pena, que siente por Ricardo. Realmente es, una persona, extremadamente buena y en verdad, aunque se lo propusiera, no puede ocultar su dolor.

— Ricardo, no es correcto construir mi felicidad, encima del sufrimiento ajeno — Leandro no puede creer, que esté dispuesto a dejarla ir, pero siente, que así debe ser — Permíteme entrar en la vida de mi hijo, es lo único que quiero.

— Eres muy buena persona, Leandro. Lo supe desde siempre y eso me da mucha tranquilidad — Ricardo suspira con fuerza, pero nada lo hará, cambiar de opinión — Yo he construido mi felicidad, encima del sufrimiento de ustedes dos. Es imperdonable. Analízalo bien, porque ha sido así. Ustedes se aman, no lo pueden esconder, y el hijo es de ustedes. Dime, ¿qué papel juego yo, en medio de todo esto?

— Visto así, me dejas sin palabras, Ricardo — Leandro, ciertamente, ya no sabe, qué más decir.

— Mi decisión es definitiva, Leandro. Yo me alejo — Ricardo trata de controlar la agonía, que expresan sus ojos — En pocas horas, me voy para Nueva York. Me apareció un proyecto nuevo por allá, y es el momento de hacerlo. Además, me servirá para desaparecer de la prensa, por un tiempo. Ya sabes, que cuando todo esto salga a la luz, será tremendo.

No obstante, a todo lo que ha escuchado, Leandro no puede creer, que Ricardo le deje el camino libre. Y aunque debía sentirse feliz, sin embargo, está, totalmente confundido.

— Solamente quiero, que me permitas participar de la vida de Alejandro. Sabes, que lo quiero, como si fuera mi hijo. Y con respecto a Sandra, te pido que la perdones y logres entenderla. Ha sufrido demasiadas presiones. Merece ser feliz, y yo no pude lograrlo. La dejo libre, para que retome su verdadero camino — y como todo un caballero, Ricardo, le da la mano y se aleja.

Leandro termina la cerveza, pero se siente, totalmente desorientado. Y con la cabeza echa un torbellino, sale hacia su apartamento, para reunirse con su hermana y con su cuñado. Les había timbrado a sus móviles, y ninguno le respondía.

Cuando llega, no ve a nadie, eso lo hace suponer, que están recorriendo la ciudad. Por lo tanto, decide tomar una ducha, que lo ayude a ordenar sus pensamientos. Pero de camino al baño, un sonido desconocido, lo hace detenerse. No recordaba haber dejado abierto el cuarto de las pinturas, y se intriga mucho, al ver desde afuera, la luz prendida. Sobresaltado, empuja la puerta y ahí, está ella.

— ¿Qué haces aquí, Sandra? — Leandro, por no verse obligado a perdonarla, no se le acerca.

— Estaba revisando tus cuadros. Todos son preciosos, pero creo, que necesitas a la modelo original, para que no te falte ningún detalle — y en ese momento, su mirada es, bastante atrevida.

— Dudo, que falte algún detalle. Tu rostro, era lo único, que me tenía confundido, y cuando te volví a ver, lo completé — y tentado por lo inevitable, Leandro decide acercarse.

— Tengo una marca de nacimiento y varios lunares, que no veo por ningún lugar — y ahora, es ella, la que se le acerca bastante.

Y con la imposibilidad de poder respirar, Leandro, da un paso atrás.

— Sandra, juré, que nunca te perdonaría — y ahora, su mirada se torna, muy dura.

— Pues hiciste muy mal, porque de antemano sabías, que no podrías cumplir con tu juramento — y ella, decidida a todo, lo empuja hacia una silla, y se sienta de frente, encima de él — No me iré de aquí, hasta que no me dibujes un cuadro especial. El cuadro, que represente un nuevo comienzo. No te voy a pedir, que me perdones, porque ya lo hiciste, si no, me hubieras expulsado de aquí, como lo hiciste el otro día.

— Sandra — Leandro, con el perceptible temblor de su voz, le toma el rostro, entre sus manos — Parece, que tenía razón, cuando te dije, que lo nuestro, no había terminado. Quisiera no poder perdonarte, pero no sé, qué poder tienes sobre mí, que me inhabilitas los cinco sentidos, y me atrapas en tus manos — y suavemente, le besa los labios.

— Leandro ¿Quieres que me vaya? Estás a tiempo de decirlo — pero ella no espera respuesta, ni se aleja, por el contrario, también, le besa los labios, muy suavemente.

— Solo quiero saber algo, antes, de que pierda la razón, por completo — y totalmente fuera de sí, Leandro suspira — ¿Dónde está mi hijo?

— Con sus tíos. Mia y Jorge estuvieron horas, conversando conmigo, mientras esperábamos, que salieras del hospital. También sé, que Ricardo habló contigo, él, me llamó desde el aeropuerto, y me lo dijo. Le juré, que siempre estaría en nuestras vidas, y que sería como un padre para Alejandro, y, además, que sería nuestro mejor amigo — Sandra deja de hablar, y con total devoción, se le queda mirando.

— Estoy totalmente de acuerdo contigo, Sandra. Ricardo es, una excelente persona, que ha estado por mí, con ustedes, todo este tiempo. Merece nuestro mayor respeto y cariño — y con dulzura, le aparta el pelo, que se interpone entre él, y su bello rostro.

Photo by Samuel Castro on Unsplash

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— ¿Qué más deseas saber, antes de hacerme el amor, como aquel día? — y totalmente hechizada, lo cautiva con sus inmensos ojos oscuros.

Leandro enloquece al escuchar la frase, que tanto se repetía en su mente, una y otra vez, porque hacerle el amor, es lo que llevaba tres años deseando. Y dejando atrás todos sus rencores, la perdona de una vez, para concentrarse en hacer feliz a la chica, que como soñó muchas veces, había emergido de sus lienzos, para llenarlo de felicidad.


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