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SIDA, Sexo y Patriarcado.

Recuerdo a mis 15 años despertar llorando, coincidiendo con la furtiva entrada de mi madre a mi habitación a darme los buenos días.

Elena de LaCruz · 2026-01-13 03:18 · 0 claps · 3.2 min read
#sida #sexualidad #erotismo #feminism #morality
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SIDA, Sexo y Patriarcado.

Recuerdo a mis 15 años despertar llorando, coincidiendo con la furtiva entrada de mi madre a mi habitación a darme los buenos días.

Mi madre siempre supo que yo era una persona hipersensible y preocupada por mi llanto me preguntó dulcemente qué pasaba. Tuve una pesadilla — contesté — le conté que me había visto en mi sueño acostada en una cama de hospital, muriendo de SIDA.

Mi miedo no era casual, crecí en los 90’s, donde era común escuchar en radio y TV la enorme propaganda de miedo y demonización del sexo. El comercial más benevolente que escuché tenia un jingle que rezaba algo así como: “Ante el SIDA, el condón la mejor protección”.

Luego, recordar una telenovela mexicana llamada “Amor de nadie”, creo que fue la primera vez en mi vida que vi — burdamente retratada — la deshumanizante tragedia que era en aquellos entonces esta enfermedad.

Los años transcurrieron, yo tuve mi despertar sexual, y hoy a mis 41 años — y una relación bastante larga — aún no logro deshacerme del miedo a contagiarme.

En mi mente sobreviven los horribles retratos de pacientes seropositivos con lesiones del sarcoma de kaposi en sus caras, tal como se vió en Philadelphia, A Normal Heart, o las múltiples peliculas y documentales que han tratado de reproducir el horror, el estigma, la muerte social, el abandono y por último la muerte física de quienes tuvieron la desgracia de contagiarse.

Viví el drama de la enfermedad de primera mano, vi personas abandonadas en hospitales, dementes, suicidios, la negación y el terror de quienes recibieron el diagnóstico. Hoy en día aún con tratamientos avanzados, algunos casos de éxito, prevención, el sexo aún me equivale a muerte.

Esto me lleva a cuestionarme, como escribía brillantemente Susan Sontag en su ensayo: El Sida y sus metáforas, y para mi: El Sida y el deseo como objeto de regulación política, social, moral y religiosa.

El patriarcado, en sus múltiples configuraciones culturales , ha producido dispositivos para limitarlo, sospecharlo o transformarlo en un instrumento reproductivo antes que erótico. Sin embargo, la irrupción del VIH/SIDA en los años 80 produjo una inflexión histórica sin precedentes: la patologización biomédica del deseo se articuló con moralismos preexistentes, generando un sistema altamente eficaz de vigilancia y autocensura sexual femenina.

El entendimiento del SIDA como un acotecimiento biopolitico, tal como ilustraba Foucault, mostró como el poder moderno también se ejerce sobre la vida, la clasificación de los individuos, y como una enfermedad se convirtió en un foco de vigilancia de la moral en las sociedades modernas.

La vigilancia y el control del deseo no desapareció con el uso del condón como método de barrera, el PreP o la esperanza de una vacuna. Simplemente mutó en nuevas formas de apoderamiento del deseo y el cuerpo femenino como maquinaria gestante, como combustible del patriarcado y el capitalismo.

Después del auge de la segunda ola del feminismo, las mujeres se vieron frente a un panorama inesperado: acceso a anticonceptivos, capital financiero, cuestionamiento del matrimonio tradicional, el rol de la mujer en la sociedad y discursos de placer y agencia emegiendo.

En ese periodo se gestaba la posibilidad de lo que las teóricas llamaron “La revolución erótica”, truncada por la aparición del VIH, la cual permitió reinstalar discursos conservadores legitimados por la ciencia y la moral.

No solo se condenó la homosexualidad masculina; se reintrodujeron formas de control sobre la sexualidad femenina bajo el discurso del riesgo, la seguridad y la responsabilidad individual. También de algún modo aparece nuevamente la figura de la mujer como cuidadora, una relación amorosa entre la mujer y la comunidad gay y sobrevive hasta ahora. Podemos decir que, hubo un destello de humanidad entre tanta muerte.

Si en los 70 el placer femenino comenzaba a legitimarse, en los 80 volvió a asociarse al riesgo.La mujer deseante se convirtió en figura problemática: Una portadora potencial, incluso cuando las estadísticas epidemiológicas no lo justificaban.

Se reinstaura la monogamia como refugio moral, resurge el matrimonio como estándar dorado para las mujeres. La pareja heterosexual monógama fue reintroducida como única estructura “segura”.

No se la promovió por convicción ética sino por eficacia biopolítica: controlar cuerpos, estabilizar comportamientos, reducir flujos eróticos no normativos.

Desde una perspectiva feminista, es evidente que el deseo femenino fue diferenciado del deseo masculino bajo criterios de: responsabilidad, contención, culpa y sospecha moral. La promiscuidad femenina sigue patologizándose más severamente que la masculina.

Veo con esperanza a intelectuales, científicas, creadoras de contenido, trabajadoras humanitarias y más mujeres despaganizando la sexualidad femenina. Pero estamos sin embargo, nuevamente enfrentadas a la censura del deseo y erotismo en nombre de la “libertad”, el regreso al conservadurismo, la familia como eje central y núcleo de la sociedad y una creciente necesidad de la maquina voraz capitalista de mano de obra barata.

Mi miedo no es individual: es histórico. Mi deseo tampoco. Entre ambos se juega todavía la posibilidad de una sexualidad que no sea castigo, ni deber, ni sacrificio. Tal vez no sepamos aún cómo habitarla del todo, pero al menos podemos empezar por no callarla.

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