Los cuervos
Comentario breve y prescindible sobre los cuervos. Colección índica (III)
Los cuervos
Comentario breve y prescindible sobre los cuervos. Colección índica (III).

Un cuervo aterriza en un bote pesquero. Foto tomada en una playa de la costa este de Sri Lanka / Andrés Pineda.
Fueron lo primero que noté y escuché. Los cuervos. Ruidosos, insistentes, expectantes. Cuervos grandes y negros chillando desde los postes de luz del Aeropuerto Internacional Bandaranaike. No esperaba encontrarlos en Sri Lanka. Mi imaginación los hallaba solo al Norte, donde la nieve a veces lo cubre todo durante el invierno. Pero los cuervos estaban allí, en el calor de la isla, regios, sin derramar una gota de sudor. Sin una sola pluma mal puesta.
En Sri Lanka, los cuervos están en todas partes. En los árboles, en los andenes, en los tejados. Son la banda sonora de la isla, su estruendo. El recordatorio de que el bullicio no es una prebenda humana. Por regla general, las personas los aborrecen. Los espantan con escobas y piedras: con lo que tengan a mano. Se quejan de ellos. Les acusan de ahuyentar a las otras aves, de aturdir. Ay, pajarracos inmundos, decía Isabel, una turista española con quien trabajé, cada vez que bajaba de la camioneta y los escuchaba.
Pero los cuervos no son pajarracos inmundos. O no siempre. Todo depende, claro, de cuándo se les vea. Cuando hinchan el pescuezo y erizan las plumas del copete, por ejemplo, se ven feos, como si tuvieran una papada descomunal, una papada de oficinista, de conductor de camión: una papada de registrador nacional de Colombia. En cambio, cuando van dando brincos por la calle, con una mueca astuta —el pico a medio abrir en una sonrisa pícara—, se ven guapos.
A diferencia de la mayoría de las personas, yo disfrutaba observar a los cuervos: escucharlos, reírme con ellos. Incluso los llamaba «niños», con una condescendencia injustificada. Porque no son aves tiernas ni adorables. Al contrario, más de una vez me pasó que un cuervo se me quedó viendo con hambre —con la determinación de un tren, con la seguridad de un coco dejado en el suelo— y, aun cuando yo sabía que mis bolsillos estaban vacíos, los ojos del animal me obligaban a rectificar y a revisarme. Como si el pájaro supiera que estaba mintiendo. Como si quisiera desenmascararme. Como si lo consiguiera.
Durante el tiempo que viví en Sri Lanka, vi a los cuervos hacer cosas extrañas y repugnantes. Los vi volar con un gancho de ropa en el pico o devorar el cadáver de una rata en plena calle: la piel del roedor volteada como un banano pelado hasta la mitad. Una vez, aunque no tengo pruebas, estoy seguro de que emboscaron y mataron a una ardilla. En otra ocasión, mientras pasaba debajo de un árbol, dos cuervos, quizás envueltos en alguna rencilla familiar —vaya uno a saber—, se me cayeron encima; los tres gritamos.
Sobre todo, me intriga el poco respeto que muestran por los humanos. No nos temen ni nos evitan. Tengo grabada la siguiente escena: un grupo de cuervos devora unas sobras esparcidas en el pavimento. La comida está en la mitad de la vía, por lo que los pájaros deben ser ágiles, tomar cualquier cosa y volar antes de que los aplasten. Uno de esos cuervos, sin embargo, picotea con más saña que los otros. En su abstracción, parece ignorar el peligro de la calle. Pero el peligro de la calle es real: un autobús —y, en Colombo, eso solo significa una cosa: una amenaza de muerte— viene por el carril por donde el pajarraco se da el festín. Y pese a que la trayectoria del vehículo apunta directo hacia él, el cuervo no se inmuta, se cree una paloma que camina por un parque durante una tranquila tarde de verano en Berlín.
Yo, mientras tanto, lo veo todo desde la silla trasera de un tuk-tuk, fascinado por la displicencia del cuervo y aterrorizado de pensar que voy a verlo morir. Pero, en el momento justo, el pájaro se mueve apenas lo suficiente para que no lo destripen y se posa en el andén contiguo. Entonces me fijo en algo extraño, en algo que me deja tan perplejo como si lo hubiesen matado: el cuervo mira al autobús con algo parecido al rencor. Con el equivalente aviar del odio. Con ojos que dicen: Me llegará el turno.
Me avergüenzo. Siento la necesidad de disculparme con el animal, de explicarle que no todos somos así. Pero el tuk en el que voy emprende la marcha y el cuervo queda atrás: planeando, quizás —quién lo puede decir con certeza—, la venganza de los suyos.
메타데이터
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