Bebe de la fuente de la alegría
Cuarta meditación dominical sobre la alegría
Bebe de la fuente de la alegría
Cuarta meditación dominical sobre la alegría
La alegría es un fruto del Espíritu Santo en ti, según san Pablo en Gálatas 5,22: “El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz…”. Por eso el Papa Francisco afirma que «no es algo que yo la hago con el esfuerzo» (homilía 28/05/2018). Entonces, si la alegría no es fruto de tu esfuerzo por conseguirla, sino fruto del Espíritu Santo ¿puedes favorecer de algún modo que fructifique en ti? Es un buen momento para que bebas en la fuente donde mana la alegría: + En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; amén.
San Pablo VI, en su exhortación sobre la Alegría Cristiana, te señala dónde está esa fuente: “Consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino” (GiD 30). No pases deprisa por esta verdad en la que encuentras el modo de favorecer en ti el fruto de la alegría: la alegría brota en tu corazón cuando te sientes lleno de Dios. Reconócelo ahora ante el Señor con el salmo 4,8:
“ Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino”.
Repite esa frase del salmo, despacio. Díselo una vez más.
La alegría es puesta en ti por el Espíritu, no es consecuencia de algo que hayas hecho. Brota del corazón por un encuentro; como lo cuenta Jesús con una breve parábola en Mt 13,44: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría..”. El que encuentra el reino de Dios, se ve llenado de alegría. La alegría brota en ti por un encuentro.
Cuando te encuentras con el Señor, te va calando una alegría inesperada. Seguro que puedes recordar momentos vividos por ti en que has tenido esa experiencia de sentir la alegría al estar con el Señor. Así también lo confirma el Papa Francisco al comienzo de su exhortación sobre esta Alegría del Evangelio: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús… Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”
Señor, redescubro ahora esta sencilla verdad: la alegría me viene de Ti, gratis, profunda, serena, plena, radiante. Es tan simple que cuesta creerlo: al encontrarme de veras contigo, al entrar en Tu presencia, al sumergirme en la relación contigo, al reconocerte aquí presente en este momento en que estoy orando, al darme cuenta de que estás conmigo ahora, entonces mi corazón se va ablandando, se transforma en un corazón de carne, late, fluye por la venas Tu paz, me visita el gozo inesperado, gozo en Ti. Tan simple, tan real. Gracias, gracias, gracias. Amén.
Tienes una invitación a la que responder: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso”, exhorta el Papa en EG 3, y añade recordando la enseñanza de San Pablo VI en GiD 22: “No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. El gran gozo anunciado por el ángel, la noche de Navidad, lo será de verdad para todo el pueblo (cf. Lc 8,10)”
Esa misma invitación la hace san Pablo a los cristianos de Filipos y ahora mismo el Espíritu Santo te la hace a ti: “Alegraos siempre en el Señor” (Flp 4,4). La clave está en ese “en el Señor”; alégrate siempre “en el Señor”, alégrate ahora “en el Señor”. “En el Señor” encuentras la fuente de tu alegría. Encuéntrate con el Señor, tu alegría.
Puedes hacerte el mismo propósito que George Müller, un pastor evangélico que albergó a más de dos mil niños de la calle confiando en la divina providencia, que confesó en The Autobiography: “El primer gran y principal deber al que debía asistir todos los días era tener mi alma feliz en el Señor. Lo primero que me preocupaba no era cuánto podía servir al Señor, cómo podía glorificar al Señor; sino cómo podría llevar mi alma a un estado feliz, y cómo mi hombre interior podría ser nutrido… no siendo feliz en el Señor, y
no siendo nutrido y fortalecido en mi hombre interior día tras día,
todo esto podría no ser atendido en un espíritu correcto”. Aprópiate de esa prioridad en tu vida:*“El primer gran y principal deber al que debía asistir todos los días era tener mi alma feliz en el Señor”.* ¡Encuéntrate cada día con el Señor en la oración hasta que notes brotar en ti Su alegría! Ten tu alma feliz “en el Señor”.
Señor Jesús, deseo adentrarme en este sendero de tu Espíritu Divino, que me guie hasta las fuentes donde brota alegría fresca, agua que quiero beber para apagar mi sed de felicidad. Sé que al encontrarte, encuentro mi gozo íntimo. Mi Redentor, las cosas de la vida me distraen y pierdo el camino que lleva al manantial que nunca se agota; envíame tu Espíritu que me reconduzca. Espíritu paráclito, acostúmbrame a encontrarme con el Padre, y el Hijo, y contigo en la oración, hasta hallar mi plenitud, hasta localizar la roca sobre la que levantar mi vida de cada día. Amén.
Pero ten en cuenta esta advertencia de san Pablo VI en GiD28, que te invita a no aislarte en tu mundo interior: “Sucede que, aquí abajo, la alegría del Reino hecha realidad, no puede brotar más que de la celebración conjunta de la muerte y resurrección del Señor”, es decir, en la celebración de la Eucaristía, particularmente en el domingo: “esto se manifiesta con eficacia particular precisamente en la reunión dominical de toda la comunidad…La gracia que mana de esta fuente renueva.” (San Juan Pablo II, Dies domini 81)
Tú espíritu, Madre, se alegra en Dios, tu Salvador, como cantaste en tu Magníficat
(Lc 1,47). Así respondiste con obediencia a la invitación del arcángel San Gabriel, cuando te dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»(Lc 1,28)Basta que “el Señor esté contigo” para que tu “espíritu se alegre en Dios”. Virgen María, “causa de nuestra alegría”, como te rezo en la letanía, enséñame a “alegrarme en el Señor” como tú. “Causa de nuestra alegría, reuga por nosotros”, ruega por mí.
Dulce Corazón de María, sé la salvación {del alma} mía.
JCmf

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