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Cartagena, la joya tapada de lo afro y el dancehall en el Caribe

Con eventos como el Classic Night, este destino de manual para turistas que llegan a Colombia converge en sí misma en una vorágine de…

Yoiber Yesid · 2025-05-15 17:12 · 0 claps · 5.0 min read
#dancehall #musica-colombiana #conciertos-y-festivales #cronicas #caribbean
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Cartagena, la joya tapada de lo afro y el dancehall en el Caribe

Con eventos como el Classic Night, este destino de manual para turistas que llegan a Colombia converge en sí misma en una vorágine de eventos en playas, islas, discotecas o arenas, con potencial -pero falta de ambición- para marcar un mercado nuevo en la industria de conciertos colombiana. Aquí, la crónica.

Personas, como hormigas, bordeaban de forma distendida los alrededores de La Plaza de Toros de Cartagena el 19 de abril pasado. El hecho sucedió en la constante búsqueda de DJ Dever por hacer cultura. A la larga, aprovechado por otros personajes, que, como en cualquier lugar donde haya dinero en Cartagena, son avistados, formando así un hormiguero -comercial-, sin ser tan ordenado como sí lo es el conformado por los pequeños hijos de la tierra.

Previo a entrar a la arena del Classic Night: La Reunión, nombre oficial del evento, el primer concierto que oyes es interpretado por los parqueadores, dueños efímeros del espacio donde pondrás tu vehículo, pero no de las consecuencias si un policía de tránsito decide que ahí no pertenece. Te abordan cada dos metros, aunque vayas a pie, y luego, consecutivamente, emergen los vendedores ambulantes. Infaltables. Te adornan en ofrecimientos mientras presagian un dinero que quizá no tienes. Así es el rebusque.

Allí, frente a las vallas y la interminable fila de la entrada para boletas generales, se encontraba una niña; algunos nueve años, de prendas notablemente asoleadas, aunque la noche ya no fuese joven, pelos tostados y mirada frívola. No parecía importarle nada que no fuese vender sus Bom Bom Bums. Tenía un aura a vergüenza, aunque quizá era cansancio.

Lo presumible en la mirada de la niña, lo era asimismo en la de los visitantes: pragmatismo. Sus murmullos y sus motivaciones, no podían ser sobre más que “esperar por un parche bacano”. El supuesto de mayor debate en las colas era si el grupo de amigos estaría completo, si hallarían a alguien para danzar. La calidad de la obra no se discutía.

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La logística funcionaba en un sentido único. Una pregunta, que no fuera por la ubicación del baño o la entrada, no tenía respuesta. ¿Y si necesitas saber a qué hora salen los artistas?, ¿qué si alguien desea conocer el límite de edad para el ingreso?; “Hermano(a), ni idea”, la común respuesta. La policía se perdía en el gentío. Si alguien contó más de 15 uniformados en los alrededores, se esforzó por hallarlos. Aunque sí hicieron su trabajo al final, como si de un regalo de despedida se tratase.

Tres anillos de seguridad separaban el exterior del recién inaugurado corral de hierro de la Villa Olímpica, del segundo ambiente del concierto. Protocolos de papel. Bastaría con el ingenio de algún desinteresado para colar algún arma adentro de la fortificación.

La antesala, denominada Zona de Experiencias; se resumió en un stand de fotos, pruebas gratis del único proveedor de ron en la noche, y comida -vendida- de patrocinadores. Poco ofreció para ser memorable, pero la comida no estuvo mal. Agradecer a quien haya pensado dicha etapa como algo de paso — si así fue-, porque debería reconocérsele como un acierto.

Una vez pasado el último anillo –cinco en total-, ahora sí adentro de La Plaza de Toros, aparece el gigante acorazado, armado con un objetivo que, si se piensa, varía según quien lo camine, quien lo vea, quien lo interprete. Pero debe quedar claro que no fue un molino, y menos fue vencido. Se vio imponente.

Alrededor del show de luces que adornaba la tarima, relucían corralitos de sillas plásticas -los palcos- que, como en la portada de DeBÍ TiRAR MáS FOToS (álbum de Bad Bunny) y bajo el cielo cartagenero, gritaron “Caribe”.

Fue un tour gastronómico por una colección de himnos infaltables en cabildos/esquinas/reuniones/discotecas/radios desde inicios de los 2000 hasta el presente -en Cartagena-.

¿Por qué viene la gente?, fue necesario preguntar y las contestaciones brillaron por específicas. “Vine por nostalgia. El tipo de canciones que ponen aquí me recuerdan a mis días de colegio”, comentó la primera chica. De ahí en más, su respuesta, y la de la mayoría de cuestionados se diluyó a un sencillo “Me interesa lo que hacen los cantantes de la ciudad”.

Escenario 360° dispuesto para las más de 15.000 mil personas presentes en la Plaza de Toros de Cartagena.//Foto: YEYO

Escenario 360° dispuesto para las más de 15.000 mil personas presentes en la Plaza de Toros de Cartagena.//Foto: YEYO

En paralelo; la presencia de algunos nombres protagonistas en los ‘flyers’’ en la tarima fue nula (El Vega); y en casos menos trágicos, dieron un show deficiente del tiempo necesario para promover una buena tanda de baile, un coro más largo, besos desinteresados de parejas brotadas del calor del alcohol, ingrávidas en su proximidad, enlazadas en la temperatura de una ciudad tropical y una Plaza de Toros congregada con más de 10.000 personas.

Los DJ’s Tra, Pke y Jhon Vivas fueron tan protagonistas como los cantantes. Entre sets largos y canciones repetidas, hicieron mover cada fibra en la arena. Lucieron tan estelares como algunos cantantes, quienes, entre monólogos de DJ Dever; discursos para agradecer a Dios y, un límite de hasta 4 canciones por presentación, casi siempre prensadas a la mitad de su duración, elevaron emociones. Rayo y Toby, sin duda, con el tiempo necesario, hicieron vibrar todo. Kevin Flórez, con una presentación de un lapso largo como strike en béisbol, hizo lo propio.

Cuando tu mayor organizador tiene claro lo que quiere, el resultado es realista. Y Classic Night fue un éxito para DJ Dever, que tuvo tiempo de ser condecorado por su constante participación y creación de cultura a través de la música. Pero fue antes de su coronación, donde las palabras del animador y productor apuntaron mesas alejadas espacial y etéreamente de lo que acá era todo júbilo. Y respondió un interrogante clave: ¿Para qué hacen estos shows?.

“Muchas gracias por haber venido, sobre todo, a aquellos que compraron a treinta mil pesos (la boleta), porque ese el caso, que sea asequible para todos. La plata que quede que sea para invertir en artista nuevos y hacer crecer el género. Y para que cierta industria por allá se de cuenta que Cartagena existe y tiene talento”.

Ha de ser dicho que artistas nuevos no hubo en tarima, más allá de Hector Nazza, figura ya poseedora de un arsenal de hits como para llenar discotecas semana a semana. Y por más que el evento fuese asequible, ¿no es contradictorio invocar a una industria que lo mejor que logra en los espacios musicales de nicho es gentrificar, caricaturizar e industrializar sonidos autóctonos?.

Desear internacionalizar los ritmos predominantes en Cartagena -sea champeta, afrobeat o dancehall- será una meta ferviente mientras los símbolos del movimiento tengan nuestra bandera.

Dada la deficiente gestión de tiempo, arribó el ocaso del repertorio de cantantes con Lil Silvio en las postrimerías del evento, que alcanzó a brindar un pseudo-show para cuando lo único constante era el revoleo de abanicos de mano -que nunca dejaron de aletear- y cuando la expectativa ya era cansancio. Así, su presentación se tornó más amarga cuando agentes de la Policía Nacional “apagaron” el evento a las 3:00 a.m. exactas.

Entonces, como si le echasen agua a una colonia de hormigas, la Noche de Clásicos llegó a su fin, pero antes de apagar la controladora, fueron anunciados: Wakanda y Papa Sabor. ¿Más de lo mismo?, tal vez. A pesar de todo, así vibra Cartagena.

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