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Fascismo Molecular y Resistencias : Poder, Deseo y Ecología en Deleuze y Guattari

En un mundo marcado por el resurgimiento de movimientos autoritarios y populistas, los conceptos desarrollados por Deleuze y Guattari en…

Manu Torres · 2024-10-16 14:58 · 0 claps · 7.1 min read
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Fascismo Molecular y Resistencias : Poder, Deseo y Ecología en Deleuze y Guattari

En un mundo marcado por el resurgimiento de movimientos autoritarios y populistas, los conceptos desarrollados por Deleuze y Guattari en su obra *Mil Mesetas *(Mille Plateaux, 1980) ofrecen una perspectiva crítica para entender cómo el poder no solo se manifiesta en las grandes estructuras políticas, sino que también se infiltra en las relaciones cotidianas y deseos “individuales”.

El fascismo molecular describe estas formas de control operando a nivel microscópico, condicionando comportamientos, representaciones y emociones de manera insidiosa. A partir de una reinterpretación de las ideas de Wilhelm Reich –y una profunda crítica al capitalismo–, Deleuze y Guattari proponen formas de resistencia basadas en la creatividad, la transformación subjetiva, y una visión eco-ecológica que busca develar las redes de opresión en distintos niveles.

Fundamentos teóricos

Wilhelm Reich y la psicología de masas

Wilhelm Reich, psiquiatra, psicoanalista y teórico social, fue pionero en el estudio de las estructuras psicológicas y sociales del fascismo, particularmente en su obra Psicología de masas del fascismo (1933). Su análisis trata sobre cómo el fascismo se cuela en las estructuras psíquicas y sociales, ofreciendo una perspectiva sobre la interacción entre la psicología individual y las dinámicas colectivas que permiten la proliferación de regímenes autoritarios.

Reich argumenta que el fascismo se nutre de la represión sexual y del autoritarismo familiar, condiciones que predisponen a los individuos a convertirse en sujetos obedientes y conformistas. En psicoanálisis, lo sexual trata menos de lo anatómico que de lo simbólico. En este sentido, la represión sexual hace referencia más bien a una “alienación generalizada del placer” y no a la “inhibición exclusiva del placer genital”. Esto, según Reich, lleva a las personas a buscar compensación al identificarse con figuras de autoridad.

Para Reich, estas dinámicas configuran una base psicológica colectiva que facilitará luego la aceptación del autoritarismo como sistema de gobernanza.

Deleuze y Guattari: perspectivas

La pareja de filósofos retoma las ideas de Reich y las expanden en una crítica más profunda de los sistemas de poder. En “Mil Mesetas” introducen el concepto de “fascismo molecular” para describir al poder actuando a niveles infra-políticos. A diferencia del “fascismo molar” –que se manifiesta de manera explícita en regímenes autoritarios y estructuras centralizadas–, el fascismo molecular opera de forma difusa, diseminándose a través de prácticas y relaciones aparentemente invisibles, pero profundamente arraigadas en el entramado social. Estas formas de control son sutiles y capilares, moldeando comportamientos y deseos de manera casi imperceptible, lo que las hace especialmente difíciles de detectar y combatir.

El fascismo molecular: análisis

Los mecanismos del poder molecular

Este tipo de fascismo se expresa entonces a través de micro-opresiones que impregnan las interacciones personales, las normas sociales y las estructuras institucionales. Ejemplos de ello son las normas y roles de género, los roles autoritarios en la familia y las prácticas disciplinarias en la escuela o el trabajo que actúan como vehículos de poder. Estas formas, aunque pequeñas y a menudo invisibles, condicionan profundamente comportamientos y deseos gracias a los procesos de socialización. Así, figuras como “el buen alumno”, “el buen cristiano” o “el buen ciudadano” encarnan la subjetividad moldeada para reproducir las estructuras de control sin necesidad de una coerción visible.

El deseo : Estado y capitalismo.

El deseo, en su naturaleza más intrínseca es una construcción profundamente influenciada por las dinámicas de poder que nos rodean. Esto quiere decir que no es simplemente un impulso liberador, sino más bien un campo de batalla en donde los intereses del Estado y del capitalismo intervienen para dominarlo y controlarlo. Desde esta perspectiva, el deseo se convierte en un objeto de manipulación, un recurso que las estructuras de poder buscan dirigir hacia fines que perpetúen su propia existencia.

El Estado, en su afán de consolidar su autoridad, utiliza el deseo como una herramienta fundamental. A través de la creación de normas, prácticas y discursos, transforma los anhelos individuales en instrumentos de consenso. Este proceso se manifiesta en la explotación de deseos universales como la seguridad, la estabilidad y la pertenencia, que se convierten en justificaciones para políticas autoritarias. Así, en lugar de ser un motor de liberación, el deseo se convierte en una trampa que encierra a los individuos en una red de expectativas y obligaciones que refuerzan la jerarquía existente.

Del mismo modo, el capitalismo también se infiltra en el tejido del deseo, operando a niveles microscópicos. No se trata entonces de solo la presencia de grandes corporaciones o de un mercado desenfrenado ; el capitalismo, en efecto, actúa también a través de las prácticas cotidianas y las relaciones sociales que coartan nuestras aspiraciones y conductas. En este contexto, la cultura ofrecida por la publicidad y el marketing juegan un papel crucial transformando los deseos en mercancías y convirtiendo la búsqueda de identidad personal en una experiencia de consumo. Los individuos, al absorber estos valores, se convierten en cómplices de un sistema que, bajo la apariencia de la “libertad”, impone una forma de control sutil y sofisticada.

La eco-ecología

Deleuze y Guattari también integran una dimensión ecológica en su crítica, subrayando que los sistemas de poder afectan no solo las relaciones humanas, sino también nuestra relación con los “no humanos”. Es decir, con el entorno natural, los animales, las plantas e incluso las formas no vivientes del mundo físico. Para el filósofo y el psicoanalista, la ecología no puede reducirse a una simple gestión de recursos naturales o a la preservación de especies, sino que implica, ante todo, una reconceptualización de las relaciones que establecemos con todo lo que nos rodea. En este sentido, el poder no solo se ejerce sobre los cuerpos y mentes humanas, sino también sobre la naturaleza misma, sobre los ecosistemas, que son modulados, explotados y regulados según las lógicas de control y explotación características del capitalismo y lasformas autoritarias de gobernanza. Esta “eco-ecología” se articula en tres planos inseparables: la ecología social, la ecología mental y la ecología medioambiental.

Las Tres Categorías de la Eco-ecología :

En la ecología social, se examinan las relaciones entre individuos y colectivos, las estructuras de poder que operan en las interacciones humanas y cómo estas relaciones son condicionadas por formas de control y jerarquía.

La *ecología mental*, por su lado, abarca los territorios de la subjetividad y el deseo, considerando cómo nuestras percepciones y afectos son modulados por sistemas de poder que influyen en nuestras maneras de pensar, sentir y desear.**

Finalmente, la ecología medioambiental apunta a la relación entre los humanos y su entorno “no humano”, cuestionando las prácticas extractivas, productivas y destructivas que han marcado la relación entre la humanidad y la naturaleza en el contexto del capitalismo contemporáneo.

Según esta perspectiva, cualquier forma de explotación o dominación sobre la naturaleza no puede separarse de la explotación y dominación de los seres humanos o visceversa ; ambas forman parte de un mismo tejido de relaciones de poder. En otras palabras, el fascismo molecular que atraviesa las relaciones humanas también se extiende a la manera en que interactuamos con nuestro entorno, construyendo nuestras relaciones con otros seres en términos de dominación, control y utilidad.

La extracción de recursos naturales, la destrucción de los ecosistemas, la degradación ambiental y el cambio climático no son para nada fenómenos aislados, sino manifestaciones de una lógica de poder que atraviesa lo económico, lo social y lo ecológico. Este “fascismo ecológico” se expresa, por ejemplo, en la manera en que se justifican proyectos extractivistas, como la minería o la deforestación, bajo el pretexto del progreso o el desarrollo económico, ignorando el daño irreparable a los ecosistemas y a las comunidades que dependen ancestralmente de ellos.

Resistencias

Resistencia : deseos y subjetividad

Para Deleuze y Guattari, la resistencia a este tipo de fascismo comienza en el plano del deseo. Mientras que el deseo es usualmente concebido como una fuerza liberadora, la verdad es que éste puede ser capturado y redirigido por las estructuras de poder hacia formas de sumisión y conformismo.

Para resistir, los individuos deben de recuperar el poder sobre sus propios deseos. Este proceso implica una desterritorialización del deseo, es decir, una ruptura con las estructuras que fijan y configuran nuestros deseos hacia formas conformes a la dominación. En este aspecto, en vez de aceptar pasivamente las normas, valores y deseos impuestos por el poder dominante, Deleuze y Guattari abogan por el desarrollo de un Cuerpo sin Órganos, una noción que simboliza un espacio de potencialidades abiertas, donde las fuerzas creativas y deseantes pueden liberarse de las formas organizadas y represivas del poder. La potencialidad es clave. La creación de un CsO es un proceso activo de resistencia que no se limita a la negación o el rechazo del poder, sino que busca reorganizar la vida misma, liberando el deseo y las relaciones de las estructuras represivas de control.

La Resistencia Colectiva y los Agenciamientos

Otro elemento clave en la resistencia al fascismo molecular es la creación de agenciamientos colectivos de enunciación. En lugar de basarse en identidades fijas o en organizaciones jerárquicas tradicionales, los agenciamientos son ensamblajes fluidos y temporales de personas, ideas y recursos que actúan en conjunto para desafiar las estructuras de poder. Estos agenciamientos se organizan de manera descentralizada y horizontal, lo que contrasta radicalmente con las formas de poder autoritarias que operan de manera jerárquica y vertical.

La resistencia colectiva, para Deleuze y Guattari, no puede ser pensada simplemente en términos de un enfrentamiento directo contra el poder (como las formas tradicionales de resistencia política). Más bien, se trata de crear nuevas conexiones y ensamblajes que promuevan la creatividad, la autonomía y la transformación de las relaciones de poder. En este sentido, la creación de nuevas formas de subjetividad colectiva, que no reproduzcan las estructuras opresivas de poder, es un acto de resistencia en sí mismo. Estos agenciamientos colectivos pueden tomar la forma de movimientos sociales, pero también pueden expresarse en formas culturales, artísticas o incluso en experimentaciones con modos de vida alternativos.

Desterritorialización y creación: la resistencia en movimiento

El poder, especialmente en su forma molecular, se infiltra y se adapta a las resistencias tradicionales. Por eso, la lucha debe adoptar formas creativas y mutantes. El concepto de desterritorialización implica que no basta con liberar un territorio (sea un espacio físico o simbólico) de las formas opresivas de poder; también es necesario generar nuevas formas de vida y nuevos territorios. Estos territorios no son fijos ni estáticos, sino que están en constante transformación, rompiendo las líneas de control y creando nuevos espacios de libertad y experimentación.

En resumen, la resistencia al fascismo molecular según Deleuze y Guattari se aborda de manera multidimensional. No es solo una lucha política en el sentido convencional, sino una transformación continua de la subjetividad, el deseo y las relaciones sociales.


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