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Torso arcaico de Apolo

Es viernes lluvioso por la tarde y Miquel cuenta la historia de un poema de Rilke.

Martín Tami · 2025-11-19 18:11 · 3 claps · 4.8 min read
#rilke #louvre #conversión #apolo
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Torso arcaico de Apolo

Es viernes lluvioso por la tarde y Miquel cuenta la historia de un poema de Rilke.

En 1908, el poeta se encontraba en París. Un día, visitando la sección de antigüedades griegas del Louvre, se sintió súbitamente atraído por la contemplación de un torso masculino esculpido en mármol.

El impacto de la obra en el poeta fue de tal magnitud que luego éste escribió unos versos inmortales, que dicen:

No conocemos la legendaria cabeza donde sus ojos maduraron como manzanas. Pero su torso arde todavía igual que un candelabro en el que la vista, aun deficiente,

persiste y brilla. De otro modo el torso curvo no te deslumbraría, ni por el sereno arco de las caderas una sonrisa se deslizaría hasta el oscuro centro donde la procreación llameaba.

De otro modo esta piedra parecería desfigurada bajo la traslúcida cascada de los hombros y no reluciría como la piel de una bestia salvaje,

ni, de cada uno de sus bordes, estallaría como una estrella: porque aquí no hay un solo lugar que no te mire. Debes cambiar tu vida.

El imperativo verso final relampagueó en el silencio del Square.

Tanto fue así que también resultó evocado en las homiléticas palabras del Padre Rafa, el sábado por la noche, y en las de Carola, con el pulso de una despedida, ya el domingo por la mañana.

Debes cambiar tu vida.

La consistencia humana del arte se pone de manifiesto con especial contundencia en estas cuatro palabras de Rilke. Con ellas, el poeta nos hace partícipes de un sentimiento de urgencia ante lo que no puede dejarnos indiferentes. Si hemos sido alcanzados por el valor estético de una obra, de un cuadro, de un soneto, algo en nosotros ya no permanece igual. El cambio se impone por la fuerza de lo majestuoso, de lo que se yergue con la potencia del misterio, ese que es, al mismo tiempo, al decir de Rudolf Otto, tremendo y fascinante.

Las palabras de Rilke, comentadas por Miquel y evocadas por el P. Rafa y Carola, además de haber sido recordadas en otras conversaciones del fin de semana, me dejaron, desde el mismo viernes por la tarde en que se pronunciaron por primera vez, un cierto sabor agridulce.

Puedo comprender -y hasta aceptar, sino desear- el mandato contenido en esta afirmación: debo cambiar mi vida.

¿Cuántas cosas me recuerdan a diario que no vivo a la altura de mis exigencias más elementales de verdad, de belleza, de amor, de justicia y de felicidad? Muchísimas.

Por lo tanto, sí: claro que sí. Debo cambiar mi vida.

Mi factura personal no se ha consumado todavía, soy consciente de que sigo abrigando un potencial inaudito, que hay en mí una forma de ser capaz de expresar aun más -aun mejor- el secreto abisal de mi corazón. Debo cambiar mi vida si quiero descubrirlo.

Sin embargo, como decía, las palabras de Rilke me han dejado un cierto sabor agridulce… Porque reconozco en ese mandato, en esa voz que me conmina a cambiar mi vida, un imperativo demasiado kantiano, demasiado moralista, demasiado…

Mil y una veces he experimentado la necesidad de cambiar: de mejorar, de perdonar, de repetir, de volver a empezar.

Y mil y una veces más he constatado mi insuficiencia para ser capaz de sostener con autonomía ese esfuerzo de mejorar, de perdonar, de repetir, de volver a empezar.

No he tenido ocasión todavía de visitar el Louvre para acercarme a contemplar el torso arcaico de Apolo.

Pero sí puedo dar fe de una experiencia de vida, la mía, asistida por el testimonio de otros a quienes tengo la suerte de poder llamar “amigos”, que en estos años que llevo viviendo en España me aproxima al descubrimiento de una verdad que me atrevo a considerar esencial: que la mayor de mis acciones no es la iniciativa epopéyica de quien aspira a hacerse con lo que desea, sino la pasión de admitir que la raíz de mi propio ser se encuentra inefablemente hundida en las entrañas de la trascendencia de otro.

Dicho de otra forma: que la mayor -la principal, la primera, la fundamental- de mis acciones no es una actividad, sino una pasividad.

Mi acción es respuesta, porque no es la primera. Más aun, es conmoción ante la acción de quien verdaderamente me precede y, precediéndome, me constituye. Yo soy Tú que me haces.

“El primer contenido de nuestro impacto con la realidad”, escribe don Giussani, “es la palabra don. (…) La misma palabra ‘dado’ refleja una actividad delante de la cual yo soy sujeto pasivo; ahora bien, se trata de una pasividad que constituye mi actividad original, que es precisamente recibir, constatar, reconocer”.

Eso es. El deber de cambiar mi vida -inexorable- no es un emprendimiento que he de cumplir como si de ir al gimnasio tres veces por semana se tratara. El cambio de vida -mi verdadera conversión- brota del reconocimiento de la iniciativa de otro que me configura y me ofrece la perspectiva de un camino humano que transitar. Transitarlo equivale a recibir, constatar, reconocer, secundar. Dejarse guiar con docilidad: esa es mi actividad original.

Escuchemos un poco más a don Giussani:

Una vez, cuando enseñaba en el primer año de bachillerato, pregunté: “Entonces, según vosotros, ¿qué es la evidencia? ¿Podría definírmela alguno de vosotros?”. Un chico que estaba sentado a la derecha de mi mesa, después de un largo rato de silencio embarazoso de toda la clase, dijo: “¡La evidencia es una presencia inexorable!”. ¡El darse cuenta de una presencia inexorable! Abrir los ojos a esta realidad que se me impone, que no depende de mí, sino al contrario, de la que yo dependo: es el gran condicionamiento de mi existencia o, dicho de otra manera, lo dado.

Este estupor es lo que despierta la pregunta última en nuestro interior: no es una comprobación fría, sino un asombro lleno de atractivo, una especie de pasividad que en el mismísimo instante en que se produce engendra en su seno la atracción.

He aquí la clave. He aquí lo que, según mi humilde entender, resulta necesario acotar al verso inmortal del poeta: que debo cambiar mi vida, sí, pero no como fruto de una imposición moralista que me aplasta y asfixia, sino como el gesto de adhesión a una presencia rebosante de significado, capaz de suscitar un deseo genuino en mi interior. La fuente del cambio no será nunca, si el cambio ha de ser auténtico, la medida de mi propio esfuerzo, la soberana audacia de mi voluntad de cambiar, siempre sometida, por otra parte, a mi humana -demasiado humana- inconstancia, sino el “asombro lleno de atractivo” ante la palabra de otro que me llama por mi nombre y me promete el alivio definitivo de todos mis agobios.

Ese es el cambio que yo quiero, que no me puedo dar a mí mismo, pero que por gracia se me ofrece cada vez que me atrevo a pedirlo con sencillez.

Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.


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