El caso del loro injurioso
Justicia en su Salsa
El caso del loro injurioso

Justicia en su Salsa
El Caso del Loro Injurioso
Álvaro se levantó ese lunes con la energía de joven picapleitos que todavía cree que el Sistema funciona. Ignoraba que el Sistema tiene sus cosas. Bien los sabía Kafka, que también era abogado, además de gestor de seguros.
Se duchó al ritmo del himno de la Unión Europea — en versión flauta dulce, lo tenía como despertador — Era un europeo de pro. Desayunó tostadas con aceite de oliva virgen extra y abrió su portátil Lenovo como quien abre una carta de amor: con esperanza y deseos incontenibles de emociones legales…
Su toga, recién planchada y comprada en Amazon — sección “profesiones teatrales” — , había pasado toda la noche colgada del respaldo de la silla como un cuervo con vocación legalista. Tenía un forro azul eléctrico, “para darme suerte procesal”, decía él, sin saber que lo único azul en la justicia son los lunes y los formularios.
— Hoy empieza todo — se dijo Álvaro en voz alta. Era de los que hablaban solos, se respondían y a veces incluso se contradecían con furia. Con furia y con jurisprudencia contradictoria.
Se había colegiado hacía un mes y no sabía siquiera que cara tenía un cliente. Seguramente serían gente normal, aunque con ganas de liarla. Ya podía trabajar de abogado. Cosas de la vida: podía ejercer en cualquier caso de millones euros, pero no podía apuntarse al Turno de Oficio para defender a un robaperas. Para eso tenía que llevar tres años de ejercicio, más un cursillo y un máster.
Su primer cliente, al fin llegó con puntualidad suiza y aspecto de Borjamari hortera. Había localizado al licenciado Álvaro al tun tun en la lista de abogados del ICAV. El querulante se llamaba Luis Alberto, como el jugador aquel del Barcelona, pero pedía ser llamado “Luichi”. Llevaba un polo rosa, gafas de espejo y un bolso de piel que parecía hecho con restos de coches de Fórmula 1.
— Mire usted, abogado — dijo mientras se sentaba sin ser invitado a ello — . Vengo a denunciar a mi cuñado.
Álvaro, que esperaba una demanda de cláusulas suelo o cualquier caso molar o al menos sustancioso, abrió el bloc con solemnidad.
— ¿Y por qué motivo quiere denunciarlo?
— Porque su loro me insulta.
Hubo un silencio. De esos largos. Como los recursos sin resolver.
— ¿Su… loro?
— Eso he dicho. Me llama “pringao” cada vez que paso por delante del balcón. Lleva dos semanas. Es alevoso, porque espera a que pase a tirar la basura y entonces me insulta. Es un loro con mala fe.
Álvaro anotó “Loro — presunta injuria” en el margen derecho del folio, con letra pequeña y esperanzas aún más pequeñas de que aquello tuviera algún recorrido legal.
— ¿Tiene alguna prueba?
— Sí. Un vídeo. Un día harto de sus insultos, dejé enfocada y grabando la cámara del móvil. Ya en el primer minuto se ve como me insulta varias veces. No he querido ver más para no hacerme mala sangre y estrangularlo a él y a mi cuñado.
Efectivamente, le pinchó el video en el móvil y en él aparecía un loro verde y amarillo, chillón y alborotador, como desquiciado. Estaba en una jaula colgada en el balcón y gritaba con voz nasal:
— ¡Pringaoooo! ¡Pringaoooo! ¡Eres un pringaooo!
Seguidamente imitaba una carcajada, seguramente aprendida de algún familiar alcohólico.
Álvaro, tras 3 o 4 segundos para armar su razonamiento, dijo con gesto profesional:
— Podríamos intentar una demanda por acoso vecinal con agravante animal. Pero será complicado. La jurisprudencia sobre loros ofensivos es… limitada.
Luis Alberto asintió, cruzado de piernas.
— Usted denuncie. Lo que quiero es que lo embarguen. Al loro o a mi cuñado; lo que venga antes.
— Un loro no tiene personalidad jurídica — advirtió Álvaro — Será difícil embargarlo. La demanda debe dirigirse contra su cuñado, que será el propietario del animal, supongo…
— Sí, el loro es suyo. La zorra de mi hermana se lo regaló al ganso de mi cuñado en su cumpleaños.
— Loro, zorra, ganso… — Álvaro pensó para sí, que más que familia aquella parecía un zoo bien surtido — Bueno, tendremos que investigar quién es el propietario real, porque lo que cuenta es el responsable civil del evento dañoso.
Álvaro despidió al cliente con un apretón de manos, una hoja de encargo firmada y una mezcla entre compasión por el pobre diablo y fiebre jurídica por la excitación del caso. Había comenzado su carrera legal. Y su primer enemigo era un loro con problemas de gestión emocional. Iba a ser tan fácil como quitarle el chupete a un bebé, por mucho que berreara el loro
No pudo dormir en toda la noche pensando en el loro. Llegó temprano al despacho. Se sirvió un café humeante de la vieja cafetera doméstica y releyó mientras lo hacía la demanda. Le pasó el corrector de ortografía y lista para subir a la plataforma telemática.
Abrió el navegador y escribió: “LexNet Abogacía acceso seguro”. Pulsó Enter.
El sistema pidió su certificado digital. Álvaro lo insertó en el lector de tarjetas.
— Ahora sí. El loro ese se va a enterar — murmuró.
Pero la LexNet tenía otros planes.
Primero, le pidió la contraseña. Álvaro la introdujo con diligencia. Segundo, le pidió que la renovara. Habían pasado 23 días y medio desde la última vez. Tercero, le exigió una contraseña de 8 caracteres con al menos una mayúscula, una minúscula, un número y un carácter especial.
Tras diez intentos, el sistema respondió con serenidad insultante:
“Usuario bloqueado por exceso de autenticaciones fallidas. Intente dentro de 24 horas.”
— Vale… no pasa nada — se dijo — . Puedo presentarla físicamente.
Intentó imprimir el escrito. La impresora respondió como suelen hacerlo las impresoras: con un mensaje críptico.
“Atasco en bandeja 2. De persistir el problema, consulte con su proveedor.”
Después de levantar la tapa de la carcasa, sacar el carro, soplar y amenazarla con destruirla a martillazos, la impresora se mantuvo en sus trece. Había decidido no funcionar.
Por si faltaba poco, el anexo con las pruebas audiovisuales del delito del loro también daba problemas. El pendrive era renuente a abrirse. Una y otra vez no dijo nada hasta que finalmente se abrió y escupió: “Extensión mkv no permitida”.
Álvaro maldijo en latín, en administrativo, en procesal y hasta en catalán normativo. Aquello era inaudito.
Tras batallar con varios convertidores online y fracasar, se bajó e instaló el FormatFactory y logró convertirlo el mkv a mp4. Se le había ido la mañana. Eran las 14:10. El Registro ya estaría cerrado. Mejor, así no tendría que precipitarse. Tenía toda la tarde para preparar la demanda.
Al cabo de tres días, martes, 09:04 h, Álvaro descendía del autobús como si bajara de un vehículo blindado rumbo a zona de guerra. La Ciudad de la Justicia se alzaba ante él como una mezcla entre cárcel de diseño escandinavo y centro comercial sin tiendas.
Pasó el control de seguridad. Le pidieron el DNI, el móvil y hasta la sonrisa. Lo cachearon con más celo que a un diputado en el Congreso y, al no tener aún la tarjea de colegiado, le hicieron pasar por el arco detector de metales.
Tras pasar por el Registro de la planta baja y averiguar en qué juzgado había caído el asunto, se encaminó al Juzgado de Primera Instancia número 17. Tocó con los nudillos en la mampara de cristal, vestigio de la época de la Covid 19. Lo hizo educadamente, al tiempo que decía un hola para que lo oyeran. Nadie respondió. Volvió a tocar.
— ¿Quién es? — surgió de una voz oculta en el interior.
— Álvaro. Abogado. Vengo a ver cómo está un asunto.
Silencio. Luego:
— Deje el escrito en la bandeja.
— Perdone, no quiero dejar ningún escrito. Quería ver unos autos. Es mi primer caso. Es que hay un vídeo de un loro y quisiera saber si lo han podido abrir. Es importante.
Una cabeza emergió tras la mampara. Una funcionaria de pelo rojo y mirada como la de un búho que ha leído demasiado Kafka le objetó:
— ¿De un loro? ¿Cómo que de un loro?
— Sí. Acoso vecinal. Por injurias. El loro insulta a mi cliente desde el balcón.
— Aquí no tenemos nada contra un loro. De habernos entrado algo sobre eso lo habríamos remitido al Juzgado número 4. El de Violencia Inter especies.
— ¿Perdón?
— Es broma. Relájese. Todavía no lo hemos proveído. Leí ayer las primeras hojas. Lo proveeremos cuando tenga un hueco. Es que vamos muy liados.
— ¿Y cuándo será eso?
— ¿Ve esa planta muerta ahí fuera? Pues cuando reviva. Es broma, no se preocupe, Mañana mismo le asigno número y lo ponemos en marcha. El demandado, ¿De dónde es?
— De Valencia, vive al lado de mi casa. Calle Curtidores, 27. Yo vivo en el 29.
— Bien, mañana la pongo marcha. De todas formas, ya que está aquí se lo digo y así no lo tengo que requerir por LexNet: Tiene que traer dos copias más de la demanda y del pendrive.
Al día siguiente, Álvaro regresó armado con su fe procesal y las fotocopias extras. Las acompañaba con un escrito que hubo de ir a que lo sellaran.
En la mesa del fondo habitaba el funcionario que sellaba los escritos. Detrás del mostrador, el gestor judicial lucía lo mejor de la administración de justicia: Nombre desconocido, edad indeterminada, posición fetal de oficina y cara de mala hostia.
— Perdone, traigo un escrito para sellar — dijo Álvaro.
El funcionario levantó la mirada lentamente, como si cada pestañeo le costara un sobreesfuerzo laboral.
— ¿Sello? ¿Para qué lo quiere?
— Para acreditar que lo presento.
— ¿No se fía del sistema?
— ¿Usted se fía?
— Buena respuesta. Pues no. Yo tampoco me fío, pero eso no tiene nada que ver. ¡Traiga!
Sacó un sello que parecía tallado por monjes cartujos durante la Guerra de Sucesión. Lo empapó con tinta seca. Lo estampó. ¡CLAC!
— Es mi primer caso, ¿sabe? — sonrió Álvaro.
— No se ilusione, novato. No tenga prisa. Aquí, si algo se mueve… es por error. O por milagro.
Tres meses después, cuando Álvaro ya había asumido que el caso del loro se había perdido en los laberintos de la burocracia judicial, recibió una citación que lo dejó perplejo.
No era para una vista oral. Era para una mediación extrajudicial obligatoria presidida por un funcionario especialista en “Conflictos Vecinales con Participación Animal”. Así lo había decidido el Juez tras la entrada en vigor de la última reforma de la Ley de Enjuiciamiento Civil, la cual exigía el intento de conciliación previa como condición de procedibilidad.
El día señalado, Álvaro llegó al edificio anexo de la Ciudad de la Justicia: el flamante “Centro de Resolución Alternativa de Disputas Inter especie” (CRADI), inaugurado la semana anterior con fondos europeos.
Luis Alberto ya estaba allí, nervioso y con el mismo bolso de piel de Fórmula 1. El cuñado Manuel había llegado acompañado del loro en su transportín y.… sorprendentemente, de un intérprete.
— ¿Un intérprete? — preguntó Álvaro confundido.
— Especialista en comunicación animal — aclaró el mediador, un hombre calvo con gafas de pasta que llevaba una placa identificativa: “Dr. Emilio Castañuela Calvo — Psicólogo Judicial y Traductor de Pájaros Certificado”.
— Verán — comenzó el doctor — , tras estudiar todas las grabaciones contenidas en el video, hemos descubierto algo extraordinario. Este loro no solo reproduce insultos. Es un políglota excepcional que ha desarrollado un síndrome de Tourette ornitológico adquirido.
Todos se quedaron callados.
— ¿Cómo dice? — preguntó Luis Alberto.
— El animal ha absorbido no solo las palabras de su dueño, sino conversaciones telefónicas completas de todo el edificio. Algunas de ellas, por cierto, dicen poco de la moralidad de los vecinos. Su capacidad de retención es asombrosa.
El doctor se dirigió hacia la jaula:
— Hola, Perico. ¿Podrías contarnos qué más has escuchado?
El loro, como si hubiera estado esperando este momento toda su vida, se irguió teatralmente y comenzó su actuación:
— ¡Buenos días! ¡Soy la señora del tercero! ¡Manuel, baja la música que tengo jaqueca! — cambió a voz grave — Cállese, Remedios, que estoy viendo el fútbol. Usted también chilla y hace ruido cuando se pone a empujar con su marido los viernes por la noche — voz de niño — Mamá, Alfonsito dice palabrotas… ¡Me ha dicho maricón! — voz de anciano — En mis tiempos los loros callaban. ¡Calla ya! ¡Te voy a retorcer el pescuezo, maldito pajarraco!
La sala quedó en silencio absoluto. Pero el loro continuó:
— ¡Luis Alberto! — imitó perfectamente la voz del demandante — ¡Ese cuñado mío es idiota! ¡Ojalá se lo coma su maldito el loro! ¡Ja, ja, ja!
Luis Alberto se puso rojo como un tomate.
— ¡Eso es mentira! ¡Yo nunca he dicho eso!
— ¡MIENTE! ¡MIENTE! — gritó el loro — ¡Luis Alberto miente! ¡Lo dijo el martes por teléfono a su madre!
El doctor Castañuela tomaba notas frenéticamente:
— Fascinante. El animal ha desarrollado una memoria selectiva y capacidad de contextualización. Es capaz de reproducir conversaciones íntegras con las voces originales.
Lo mejor. Sin embargo, estaba por llegar. El loro, en un arrebato de inspiración testimonial, comenzó su gran final:
— ¡ESCUCHEN TODOS! ¡Luis Alberto habla con su novia por teléfono! — imitó la voz de Luis Alberto — ¡Mi amor, estoy demandando a mi cuñado por el loro! ¡Es una chorrada, pero el abogado novato se tragó el anzuelo! ¡Así me libro de pagar la deuda de los 500 que le debo a Manuel desde Navidad! ¡Soy un genio!
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Luis Alberto palideció, se levantó de la silla y, señalando al loro, balbuceó:
— Eso… eso es… ¡DIFAMACIÓN COLEGIAL ORNITOLÓGICA!
El doctor Castañuela se quitó las gafas y las limpió lentamente:
— Caballeros, este caso ha tomado un giro inesperado. El loro no es el problema. Es la solución. Ha actuado como un detector de mentiras con plumas.
Manuel, el cuñado, se levantó indignado:
— ¡Mi loro es un testigo de la verdad! ¡Quiero contrademandar!
Álvaro, que había permanecido callado procesando la situación, se aclaró la garganta:
— Señores, creo que necesitamos una pausa técnica.
Media hora después, cuando regresaron a la sala, el doctor Castañuela tenía una propuesta
— Tras consultar con mis colegas del departamento de Jurisprudencia Veterinaria Aplicada, hemos llegado a una solución salomónica.
Sacó un documento oficial:
— Luis Alberto debe pagar la deuda de 500 euros a Manuel. Manuel debe disculparse por los insultos originales. Y el loro…
Hizo una pausa dramática:
— … proponemos incorporarlo como Testigo Especializado del CRADI. Su capacidad para recordar y reproducir conversaciones lo convierte en un auxiliar judicial único en España.
Todos se quedaron boquiabiertos.
— ¿El loro va a trabajar en los juzgados? — preguntó Álvaro incrédulo.
— Exacto, si así lo desea. Con sueldo de funcionario interino, seguridad social y dos semanas de vacaciones en las Islas Canarias. Le ofrecemos un contrato de trabajo por gestos.
En ese momento, el loro, entendiendo perfectamente la situación, gritó con voz solemne:
— ¡ACEPTO EL CARGO! ¡JURO POR MIS PLUMAS DECIR LA VERDAD Y SOLO LA VERDAD! ¡Y TAMBIÉN PALABROTAS CUANDO SEA NECESARIO!
Manolo movió la cabeza, dubitativo. Al fin y al cabo, el loro era suyo. Sin embargo, una mirada rigurosa del Juez, le hizo comprender que bien está lo que bien acaba…
Seguidamente el Juez dictó un Auto homologando el acuerdo conciliatorio y ordenó que todo el mundo desalojara la sala, que ya eran horas de irse a comer.
Epílogo Definitivo
Seis meses después, Álvaro recibió una invitación grabada en un pendrive. Era la voz del loro:
— ¡Estimado abogado Álvaro! ¡Soy Perico, funcionario judicial de carrera! ¡Me caso con una cotorra del Juzgado de Familia número 3! ¡Está invitado a la boda! ¡Será en el Salón de Plenos del Tribunal Superior! ¡Manuel y Luis Alberto son mis padrinos! ¡Ahora son socios en un negocio de interpretación animal! ¡La vida es muy loca! ¡Ja, ja, ja!
Álvaro comprendió que había ganado su primer caso, pero también había creado el primer funcionario judicial con plumas de la historia del derecho español. Eso le creó algún problema de conciencia, pero al fin y al cabo era imposible empeorar la Administración de Justicia en España, Ley de Murphy mediante…
Desde entonces, cuando otros abogados le preguntaban por el caso más extraño de su carrera, Álvaro sonreía y respondía:
— El del loro que me enseñó que, en el derecho, como en la vida, la verdad casi siempre tiene alas… y a menudo sake volando.
FIN
PD: Apunte complementario para ornitólogos y juristas ociosos: Perico siguió trabajando en el CRADI hasta su jubilación, convirtiéndose en el funcionario con mejor índice de resolución de casos del sistema judicial español. Su autobiografía, “Memorias de un Testigo con Plumas”, se convirtió en bestseller en la sección de Derecho Animal. De su unión marital con la cotorra del Juzgado de Familia nº 3 nacieron dos loritos, tres cotorras y una cacatúa (cuya paternidad anda en cuestión entre la pareja). Todos ellos y ellas siguen un plan de formación y entrenamiento en el mismo instituto CRADI.
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