El lenguaje de las nubes
Es una buena hora para pasear después de una charla intensa, mientras los pasos direccionan la diligencia de los pensamientos, aprueban…
El lenguaje de las nubes

Momentos lucidos
Es una buena hora para pasear después de una charla intensa, mientras los pasos direccionan la diligencia de los pensamientos, aprueban, entre murmullos de aves y un ligero estrellado cielo, el devenir caprichoso de las nubes. Parecen una novela, una epopeya, un milagro, una poesía, espuma de cerveza, olas migratorias en espejo constante, árboles de cielo fragmentados llenos de vacío, nada o casi acarician la nada, lágrimas densas de algún dios soñando que es humano. Algunas son más duraderas que una conversación banal, otras parecen diálogos internos de un loco, una de ellas esculpe una interesante espina dorsal de un leviatán con un final encorvado en forma de daga. Otras explotan y en su recorrido a la destrucción construyen azules y blancas montañas imposibles de escalar. Unas acaparan a la luna danzando, dándole curva al halo de colores, distingo huellas de animales, una persona sentada convirtiéndose en alacrán, luego en pocos segundos es una palmera y luego una flor. Cerca de ésta más a la izquierda una boca, un cráneo prehistórico se deshace, a la vuelta un caligrama misterioso japonés, que lastima se aclara el cielo en lo oscuro, “¿Ya se rindieron las nubes por hoy?” son caducas como el ladrido de un perro y a su vez fuertes en su decisión espontánea. Cerca de una estrella apareció un humano con una capucha, es abril y las constelaciones me confunden, me acostumbré al cielo de diciembre, camino, masticando chicle y alzo la cabeza en este ímpetu teatral, se distinguen unas letras árabes, muy próxima a ellas en lo alto de esta ciudad de faros intermitentes e inamovibles dos personajes vuelan, estirando los brazos, el de la izquierda carga con un saco y el de la derecha más femenino abraza al hombre, juntos crean un cuadro típico de Chagall. Hoy me despido del cielo ya sereno, por un momento envidio ser una nube, pero en realidad, mis mejillas sonríen sabiendo que mañana al despertar un inicio aproxima el canto del agua, plasmando así insólitas partituras incrustadas en cabellos de ángeles.
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