El alma de las cosas: arqueología del animismo
El alma de las cosas: arqueología del animismo

En esta revista ya hemos hablado de mi animismo, mi necesidad de infundir alma en los objetos que uso, frecuento y en algunos casos amo. Como ese buzo viejo, que ya no me pongo para salir pero sí en casa, cuando necesito un abrazo de alguien que conozca mi historia. El animismo me ha llevado a explorar la teoría detrás de mi práctica inconsciente, y para entenderlo mejor deben explorarse algunos conceptos que no están muy lejanos: ídolos, fetiches, higas, mascotas, talismanes y agüeros.
Sé que a primera vista puede parecer una lista dispareja, un inventario de palabras que no pertenecen a la misma familia. Pero tenganme paciencia: ya verán que sí. Todas, de un modo u otro, hablan del mismo impulso profundo — ese deseo obstinado de dotar a la materia de alma, de encontrar en los objetos un refugio para lo que sentimos, tememos o recordamos.
He comenzado a pensar que los objetos no son tanto “cosas que poseo” como presencias que me acompañan. No las miro: me miran. Un ídolo, en su forma más pura, no es una escultura de adoración, sino un espejo invertido. Representa algo, sí, pero también me representa: el deseo de que haya algo fuera de mí capaz de sostener mi fragilidad. No necesito creer en su poder para que actúe; basta con que su forma haya captado una parte de mi atención, de mi biografía, de mi fe dispersa.
En eso se diferencia el ídolo del fetiche: el primero evoca una trascendencia, el segundo la fabrica. El ídolo apunta a un cielo; el fetiche, a un circuito.
Hoy, cuando oímos la palabra fetiche, solemos pensar de inmediato en lo sexual, en el deseo dirigido hacia un objeto o una parte del cuerpo. Y sí, ese sentido existe — porque el erotismo también es una forma de devoción — , pero no se agota ahí. El término fetiche viene del portugués feitiço, “hecho”, “fabricado”, y designaba originalmente aquellos objetos a los que se atribuía un poder inexplicable, una eficacia simbólica más allá de su materialidad. Era, antes que nada, una palabra para nombrar la agencia de lo inerte, el misterio de lo que actúa sin estar vivo.
Marx decía que la mercancía se convierte en fetiche cuando los objetos del trabajo humano adquieren vida propia y las personas se vuelven sus servidores. Pero antes del capitalismo ya éramos fetichistas: siempre hemos atribuido vida, agencia o misterio a lo que tocamos con afecto o con temor.
Mi cámara vieja, rayada y pesada, es un fetiche. No por su precio, sino porque condensa un fragmento de poder afectivo: cada foto que tomé con ella parece seguir viva en su lente. No la uso hace años, pero me costaría venderla. No porque necesite su uso, sino porque la necesito simbólicamente.
El fetiche, lejos de ser una superstición primitiva, es una forma sofisticada de relación: el intento humano de otorgar presencia a lo invisible en lo visible. El amor, la esperanza, la fe, el recuerdo… todos necesitan un cuerpo, un soporte material. De ahí que la crítica ilustrada al fetichismo — la que denuncia “creer en cosas” — haya ignorado un hecho básico: no podemos no creer en cosas. Los cuerpos, las fotos, los amuletos son gramáticas del vínculo; nos recuerdan que el alma no flota: se posa en el mundo.
En Antioquia —acompañado de un “mamolas”—, la higa — esa mano cerrada con el pulgar entre los dedos — ha sobrevivido a siglos de un virreinato simbólico. Es una pequeña rebeldía apotropaica: un gesto vuelto objeto. La higa defiende: del mal de ojo, de la envidia, de la mala suerte, de la dominación. Es la versión mínima de un escudo moral.
Su eficacia no depende de su veracidad, sino de su gestualidad heredada. Cuando alguien la invoca con su mano, repite inconscientemente un acto del pasado en el presente: “que no me miren con mal deseo”. En ese sentido, la higa me parece una de las formas más humanas del pensamiento mágico: una semiótica de la vulnerabilidad. No necesita un templo ni un sacerdote, solo una mano cerrada y una fe discreta.
A veces un objeto no protege: acompaña. A eso lo llamamos “mascota”. No necesariamente un animal, sino un objeto que guarda una historia compartida.
La palabra mascota viene del francés mascotte, que en el siglo XIX designaba precisamente un amuleto o talismán que traía suerte. Solo más tarde, con el auge de la vida urbana y doméstica, el término empezó a usarse para referirse a los animales de compañía, esos seres que pasaron de ser útiles (para cazar o cuidar) a ser presencias afectivas, miembros simbólicos de la familia. En cierto modo, seguimos usándolos como amuletos vivientes: criaturas que condensan protección, cariño y sentido de pertenencia.
Pero el sentido original persiste en los objetos que elegimos guardar: hay quien lleva un billete doblado en la billetera “porque le trajo suerte una vez”, o quien no se quita una pulsera gastada por miedo a cortar el hilo de lo bueno. Esos gestos son, en el fondo, rituales de continuidad, maneras de asegurarnos de que lo vivido no se pierde del todo —mi buzo azul—, de que algo — una mirada, una caricia, una promesa — sigue acompañándonos en silencio.
El talismán se le parece, pero su promesa es más activa: no solo guarda, atrae. Es un objeto que organiza la esperanza. En cambio, el agüero es la narración de un riesgo: una traducción popular de la causalidad simbólica (“si se me cae la sal, alguien me traiciona”). Ambos operan con la misma lógica: el deseo de negociar con el azar, de volver el mundo un poco más legible.
He llegado a sospechar que esta necesidad de dotar de alma a las cosas no es una debilidad infantil ni una superstición premoderna, sino una forma de resistencia existencial. En un mundo que insiste en reducirlo todo a función, utilidad o precio, el acto de amar un objeto sin razón práctica es casi un gesto político.
Si Marx veía en el fetichismo la alienación de lo humano, Latour y Gell nos invitan a pensar lo contrario: quizás la humanidad consiste precisamente en esa capacidad de relacionarnos con entidades no humanas, de crear redes de sentido entre materia y afecto. Somos los únicos animales que lloran ante un anillo, que acarician un objeto porque ya no pueden tocar a la persona que lo sostuvo.
Hoy los amuletos ya no cuelgan del cuello sino del algoritmo. Guardamos nuestras fotos, mensajes y fragmentos de alma en dispositivos que creemos neutros, pero que funcionan como talismanes digitales. Cada notificación, cada recuerdo emergente, cada playlist vieja nos devuelve a un lugar que ya no existe.
El buzo viejo, la cámara rota, la higa en mis manos y el celular agrietado pertenecen a una misma constelación: objetos y acciones en los que depositamos la fe de seguir siendo. No son supersticiones, sino interfaces emocionales entre la memoria y el presente.
Así pues, mi animismo no es una teoría, sino una forma de ternura ontológica. No creo que las cosas tengan alma por sí mismas, pero sí creo que el alma necesita de las cosas para no dispersarse. El fetiche, el ídolo, la higa, el talismán, la mascota y el agüero son distintos modos de hacer visible la reciprocidad entre el alma y la materia.
Tal vez por eso, cuando me pongo ese buzo viejo, siento que alguien me abraza. Y no es el único: guardo también un caracol que me regalaron y que, cada vez que lo miro, me devuelve a un árbol de mangos gigante junto a una playa; una taza de peltre blanca con borde verde que, al llenarla de café, proyecta la presencia de alguien querido como si estuviera al otro lado de la mesa; un collar hecho de fragmentos de piedra azul, recuerdo de un niño en Luxor que me miró con admiración y me hizo sentir, por un instante, el mejor fotógrafo del mundo; los collares de mi época de santería, uno de Obatalá y otro de Shangó; un reloj regalado; un anillo de Linterna Verde; mis audífonos, donde el punk rock sigue dándome coraje en los días grises; y mis nuevas gafas blancas, que amo porque hacen visible la manera en que miro el mundo.
Cada uno de esos objetos guarda una forma distinta de alma. No por misticismo, sino porque han aprendido a sostenerme. Son mis talismanes domésticos, mis pequeñas constelaciones materiales de memoria, afecto y sentido. No es magia, lo se. Es pura memoria: el alma encontrando refugio en lo que el mundo llama simples objetos.
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