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Discutir con la culpa

La culpa llega siempre a la misma hora. Llega los domingos a la noche, cuando ya pasó el día y empieza la semana en la cabeza. Llega los…

Nabilia L. Rivero · 2026-05-23 16:06 · 0 claps · 4.0 min read
#motherhood #mothers #work #gender-equality
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Discutir con la culpa

La culpa llega siempre a la misma hora. Llega los domingos a la noche, cuando ya pasó el día y empieza la semana en la cabeza. Llega los miércoles a las once, después de un evento que se extendió y un mensaje en el chat de mamis que tardé en responder. Llega los viernes cuando cierro la computadora y descubro que ya no alcanzamos a ver una peli con mi hijo. Tiene horarios precisos, la culpa. Conoce mi agenda mejor que yo.

Durante mucho tiempo creí que era parte del paquete. Que ser madre y trabajar venía con esa compañera incluida. La aceptaba sin discutir. Cuando aparecía, me sentaba con ella en silencio, le servía un café, escuchaba todo lo que tenía para decirme. Hoy estuviste poco. Hoy llegaste tarde. Hoy lo dejaste con tu madre y él te busco. La culpa habla en frases cortas y certeras, como una buena editora. Sabe dónde cortar.

Hasta que un día me hice una pregunta que cambió la conversación. Le pregunté si visitaba con la misma frecuencia a los padres de los compañeros de jardín de mi hijo, a los colegas trabajan tanto o más que yo. La culpa se quedó callada. Es lo que pasa con la culpa cuando le haces preguntas concretas; pierde la elocuencia.

Ahí entendí algo importante. La culpa de las madres trabajadoras no es un sentimiento. Es un dispositivo. Es una herramienta cultural perfeccionada durante siglos, que cumple una función muy específica; hacer que las mujeres carguen, además del trabajo doble, el peso emocional de hacerlo mal en alguna de las dos partes. No importa cuánto rindas en la oficina ni cuánto estés en la casa. Siempre vas a estar fallando en algo. La culpa se asegura de eso. Es su trabajo.

Y como toda herramienta cultural, le sirve a alguien. No me sirve a mí. No le sirve a mi hijo. Le sirve a un orden que necesita que las mujeres sigamos pensando que nuestro lugar natural es la casa, y que todo lo demás es un permiso, una excepción, una concesión que estamos obligadas a pagar emocionalmente.

Hace un tiempo mi hijo me preguntó qué hago cuando salgo a trabajar. La pregunta venía cargada de una curiosidad genuina, no de reclamo. Podría haberle respondido cualquier cosa simple. Mamá va a la oficina. Mamá tiene reuniones.Algo que cerrara la conversación sin abrirla. Pero, en lugar de eso, le conté. Le conté que escribo cosas para personas que después las dicen frente a mucha gente. Que ayudo a que ideas que están confusas se entiendan mejor. Que trabajo con un equipo que decide cómo se cuentan ciertas cosas importantes. Le hablé en serio. Y él me escuchó en serio.

Mis dos trabajos

Mis dos trabajos

De a poco, sin que yo lo haya planificado, esa conversación se volvió otras. Me pregunta cosas más precisas. Alguna vez me vio en la tele y me pregunta cómo sé que cosas decir. A veces me dice que mi trabajo le parece raro y otras veces me dice que le parece importante, sin que le haya pedido opinión sobre ninguna de las dos cosas.

Algo se acomodó, no en él, sino en mí. Entendí que cada vez que le escondo el trabajo, o lo minimizo, o lo presento como una molestia necesaria, le estoy enseñando que el trabajo de su madre es algo menor. Algo que se hace casi de costado, casi pidiendo perdón. Y no quiero enseñarle eso. Quiero que crezca sabiendo que las mujeres también construyen, también deciden, también dejan huella afuera de la casa. No quiero que lo aprenda en una clase de género en el colegio dentro de diez años. Quiero que lo aprenda viéndome.

Ahí está, creo, una parte del antídoto contra la culpa. La culpa quiere que esconda. Quiere que apague la computadora cuando él entra al cuarto, que disimule la llamada importante, que actúe como si el trabajo fuera una infidelidad menor que cometo contra mi rol verdadero. Y yo prefiero hacer lo contrario. Prefiero que vea. Que sepa que su madre, además de prepárale con amor la lonchera y buscarle las figuritas del Mundial, hace cosas que importan en otros lugares.

No estoy diciendo que sea fácil dejar de sentir la culpa. La culpa es resistente. Tiene raíces hondas, herencias largas, voces familiares. Mi madre la sintió. Mi abuela la sintió. Es probable que la herede mi hijo, en alguna forma transformada, cuando algún día tenga que repartir su tiempo entre lo que ama y lo que construye. Pero hay una diferencia entre sentir la culpa y obedecerla. Sentirla es inevitable. Obedecerla es opcional.

La madre que yo quiero ser — la que muchas seguro estamos intentando ser — está construyendo dos cosas al mismo tiempo. Un hijo y una vida propia. Y las dos cosas necesitan tiempo, atención, energía y errores. Voy a equivocarme como madre y voy a equivocarme como profesional, y en ningún caso el error va a tener que ver con haber elegido ser las dos cosas. Va a tener que ver, simplemente, con que estoy viva y haciendo cosas difíciles.

Este día de las madres, mientras circulen las flores y las frases de catálogo, voy a estar pensando en otra cosa. Voy a estar pensando en todas las mujeres que esta semana discutieron con la culpa y le ganaron, aunque sea por una hora. En las que dejaron al hijo con el padre y se fueron a una reunión importante sin pedir perdón. En las que están enseñándoles a sus hijos e hijas, con su sola manera de estar en el mundo, que las mujeres también pueden. Que no es un eslogan. Que es una vida cotidiana, posible, real.

Mi hijo va a crecer mirándome. Quiero que lo que vea sea una mujer entera. Una mujer que lo cría con todo lo que tiene y que, además, deja algo más en este mundo. No una mujer culposa pidiéndole disculpas a la vida por haberse atrevido a ocuparla del todo.


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