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Un día desaparecieron los relojes

Un microrrelato

Luis León · 2026-03-07 15:31 · 0 claps · 2.2 min read
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Un día desaparecieron los relojes

Un microrrelato

Todo empezó en medio de un pueblo, donde el segundero de un gran reloj se detuvo, y nadie lo pudo reparar. Todos los relojes del mundo le siguieron. Hasta los digitales. La gente seguía viviendo, pero todos estaban sumamente confundidos. ¿A qué hora pasaba una cosa? ¿O la otra? Por un momento, regresaron los relojes de sol, y los tiempos se volvieron más aproximados.

Sin embargo, poco después, el planeta se congeló a la mitad de una rotación, dejando a la gente entre el día y la noche. De pronto, nadie podía estimar el paso de las horas. La maquinaría se resistía a funcionar, y hasta hubo personas que en un intento desesperado por regresar a la normalidad, daban pequeños golpes con los dedos o los pies para fingir ser segunderos biológicos, pero tras un tiempo desistían de semejante tarea herculanea.

Libres de la cárcel de la exactitud, de pronto las personas empezaron a comportarse de maneras extrañas. Nadie contaba ya su edad, ni la antigüedad de las cosas. Había nacimientos en medio de un torrente de muertes, que les recordaba esporádicamente que existía algo parecido a un continuo, pero la vida se medía ahora como un sueño febril. Había eventos sucedidos por otros, aunque resultaba difícil ubicarlos en la memoria. Una visita, una plática o un amor se volvían los espejos de otros; ecos de algo que pudo haber sucedido en el pasado o en el futuro. Un niño y un anciano recordaban lo mismo.

Las ciudades desaparecían y aparecían junto a ruinas llenas de esqueletos que bien pudieron venir de atrás o del después. El río de la sucesión era más bien un círculo de sal. Los nombres se evaporaron junto a la ropa, las pertenencias, los gobiernos y las fronteras. Nada pasaba, y a la vez, todo ocurría. Los animales comían, vivían y morían. Las personas caminaban, crecían y desaparecían de la memoria de la humanidad. La escritura era importante por breves momentos, antes de perderse en la colectividad anónima de las civilizaciones. El cine y la música eran breves recordatorios de un sentido unificado de las cosas, pero cada día hacían menos sentido, hasta que, como el resto de la realidad, se despidieron de la coherencia y se volcaron a la cacofonía y agonía. Surgieron y se exterminaron pueblos e ideologías. Nacieron y murieron costumbres y leyendas. Y en una cosmovisión erradicada del tiempo, fue como un parpadeo para quienes les tocó pasar por ello.

Tras un tiempo, el reloj en medio del pueblo donde todo empezó, volvió a correr, como si nada hubiera sucedido. El resto de las máquinas, y hasta el Sol y la Tierra, volvieron a girar. De pronto se podían volver a leer las horas y los calendarios. Sin embargo, para quienes vivían, estos artefactos ya no hacían ningún sentido, y ordenar el caos ya no era preocupación alguna. Para los que aún recordaban el tiempo, se dieron cuenta que realmente, nada había cambiado en el fondo. Las cosas siguieron pasando como lo habían hecho hasta ese momento, y como seguirían ocurriendo hasta que ya no pudiera pasar nada más.

Texto recobrado de finales del 2023.


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