Narrar el dolor: El peso de la ausencia
Por Miguel Ángel Restrepo González
Narrar el dolor: El peso de la ausencia
Por Miguel Ángel Restrepo González

Imagen original generada con IA
La mirada se posa sobre el camino con atención, cuidando de no resbalar, de no caer. El pensamiento revolotea intranquilo, evocando presencias huidizas. Cada paso sobre la ladera de barrios como La Divisa, El Salado o El Alto de la Virgen carga con el peso de la tragedia. Sin duelo no hay héroes ni rituales; sin duelo no hay descanso, solo la angustia asfixiante de la desaparición. El terror divide comunidades, barrios y familias, que, atomizadas, se ven doblegadas por el demonio de la guerra, que unifica y organiza en torno a la muerte y la violencia.
En 2002, con la llegada de Álvaro Uribe Vélez al poder, la Comuna 13 fue considerada un objetivo militar. Entre febrero y octubre de ese año se llevaron a cabo 11 operativos militares que aumentaron los registros de torturas, desapariciones forzadas y decisiones arbitrarias por parte de las fuerzas del Estado.
El eco de los disparos resonaba en la Comuna 13. Dos operativos de la fuerza pública dejaron una marca profunda en la población civil. La Operación Mariscal, el 21 de mayo de 2002, buscaba desarticular un supuesto plan terrorista para sabotear las elecciones presidenciales del 26 de mayo de ese año. Las calles, otrora llenas de juegos infantiles, se inundaron de gritos y estruendos. Durante este operativo, la fuerza pública atacó indiscriminadamente a la población civil con ametralladoras M60, fusiles y helicópteros artillados. El saldo fue devastador: nueve civiles muertos, incluidos varios niños, más de 37 heridos y 55 detenidos arbitrariamente (CINEP y Justicia y Paz, 2003, citado en GMH, 2011).
Ese mismo año, del 16 de octubre a principios de diciembre, tuvo lugar la Operación Orión. Con helicópteros artillados sobrevolando las calles y tanquetas abriéndose paso por las pendientes empinadas, participaron el DAS, Policía Nacional, Ejército, CTI, Fiscalía General de la Nación y Fuerzas Especiales Antiterroristas. Esta operación buscaba erradicar la insurgencia, pero dejó una estela de desolación: 150 allanamientos, más de 355 capturas (82 de ellas terminando en sindicaciones), un civil muerto, 38 heridos y ocho desaparecidos por el Ejército Nacional, paramilitares e integrantes del CTI. También desplazó a 1.259 personas, dejando casas convertidas en ruinas del silencio. La Comuna 13, que alguna vez fue hogar, se transformó en un terreno baldío de recuerdos arrancados, donde la vida parecía haberse esfumado junto con quienes fueron forzados a desaparecer.
La metáfora se presenta como un espejo; las historias, sean ficción o realidad, nos revelan ideas sobre nosotros mismos y nuestra posición como sujetos y sociedad. El conflicto armado colombiano, con su estela de historias, forma parte constitutiva del relato común que nos contamos como nación. Reconocer estos relatos nos da la posibilidad de intentar comprender el nivel de horror alcanzado en estas décadas de guerra, pero también resaltar los hechos de resistencia y esperanza de quienes no se rindieron en la defensa de la vida. Es por esto que las víctimas y sus relatos resuenan con el mundo y todo lo que en él acontece. Tal vez la capacidad de la metáfora, la narración y la historia radica en representar las vidas que nunca serán escuchadas en su particularidad, pero que tienen la posibilidad de ser reconocidas colectivamente.
Este caso nos invita a reflexionar sobre los espacios que se integran en el horizonte de los sujetos para generar significados basados en procesos de memoria específica. La Escombrera, como espacio generador de memoria, ha permitido la transmisión de narraciones y la construcción de historias locales, al punto de convertirse en un monumento a la memoria. Sin embargo, también surgen preguntas: ¿Qué une a las personas? El dolor, el recuerdo y la búsqueda de la verdad.
Colombia es un lugar donde la ficción se hace difícil de narrar. Los hechos imposibles, increíbles e impresionantes, como la desaparición y asesinatos masivos de líderes sociales, el bombardeo a niños en Caquetá o la masacre del 9 de septiembre en Bogotá durante las manifestaciones contra el abuso policial de 2020, dificultan creer en la verdad del horror y la facilidad con que se oculta. Si estas historias no se relatan y denuncian una y otra vez, desaparecen en la negación de líderes sociópatas y fanáticos enceguecidos. Como politólogo, he aprendido que la incertidumbre sobre el respeto de la verdad no se disipa con explicaciones, comprensiones o descripciones del hecho. Muchas veces, solo aprehender el dolor da alguna certeza sobre esta guerra interminable.
La verdad social busca establecer los móviles del conflicto, sus actores y sus efectos sobre las víctimas, así como las atrocidades que estas vivieron. La memoria histórica, por su parte, garantiza que lo sucedido se recuerde y se difunda con acciones concretas que clamen: ¡Nunca más!
“No matarás” es el primer mandamiento de la democracia colombiana. Así inicia el capítulo “No matarás: relato histórico del conflicto armado en Colombia” del Informe final. Marta Ruiz, comisionada directora de este volumen, explicó que su objetivo personal con este capítulo era crear un gran reportaje o guion teatral que diera una intención narrativa al relato de la guerra colombiana. Este volumen se dedica a una gran trama donde el Estado, en un ejercicio de resignificación y auto-resistencia, se narra a sí mismo como un personaje marcado por actores, momentos y circunstancias que lo configuran y desagregan en la historia del conflicto armado.
La introducción del capítulo enfatiza: “Casi todas las guerras tienen un hito que marca su comienzo: el disparo contra un archiduque, la invasión de un territorio, un florero que se rompe, una palabra de agravio. La historia de la humanidad ha demostrado que es mucho más fácil soltar el primer tiro que lograr un armisticio cuando la sangre ya inunda los campos. La guerra suma agravios a los que ya le dieron origen; por eso, a pesar de desarmes, treguas, perdones y procesos de paz, las heridas quedan… deforman el rostro de las naciones y entrelazan las violencias de manera que ya no se pueden separar unas de otras” (“No matarás”, p. 9).
Los comisionados y quienes participaron en este informe han hecho un esfuerzo descomunal para darnos este legado. Es responsabilidad de todos apropiarnos de él y replicarlo; no solo como ejercicio de memoria histórica, sino como una postura ética activa y reflexiva sobre la sociedad y su devenir. Me sumo a la propuesta narrativa de la comisión de “echar el cuento” con argumentos centrales e innegables sobre el horror que padecemos como nación. Como dijo el padre Francisco de Roux: “Si hiciéramos un minuto de silencio por cada víctima, tendríamos que callarnos 17 años”. Pero la apuesta por la verdad es no hacer ni un minuto de silencio, para que el terror no se repita. Que el negacionismo no sea una opción, ni tenga cabida la naturalización de la violencia o los falsos relatos que desvían la atención de las responsabilidades que tenemos como sociedad.
메타데이터
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