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La izquierda de la noche

Entramos por una puerta lateral. Hay que dar un rodeo largo, porque está vallado el acceso al microestadio de calle trece por la cincuenta…

Braian Tadei · 2024-04-29 02:38 · 7 claps · 4.4 min read
#babasónicos #sensualidad #crónica #recitales #izquierda
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La izquierda de la noche

Entramos por una puerta lateral. Hay que dar un rodeo largo, porque está vallado el acceso al microestadio de calle trece por la cincuenta y nueve. Llueve poco, pero la vereda ya resbala, y las ramblas son charcos de barro, latas aplastadas y colillas de cigarro. A lo largo del perímetro vemos gente de rostros empapados, sus facciones decidiéndose aún entre la incomodidad y la alegría. Hay un aire de anticipación. Falta más de una hora para que arranque el recital, pero cuando llegamos, por el lado opuesto, ya hay colas formadas para pasar la seguridad.

Dentro de Atenas el aire es cálido, y el bullicio hace difícil conversar. Pasamos un buen rato callados, entonces, mirando con atención a los personajes que desfilan en el interior: adultos de más de cincuenta, lookeados con campera de cuero y botas estilo tejano; una chica apenas pasados los veinte, con sombrero de cowboy, corpiño negro y chaleco de jean. Un joven con camisa que parece de seda y pantalones de vestir. Hay adolescentes de largas remeras negras y pantalones abultados. Un vampiro con suéter oscuro de cuello de tortuga y su consorte, de vestido blanco y ojos pintados. Mi compañera se saca el abrigo y revela que había ido envuelta en un top estilo corset, con acabados de cuerina violeta. Sus hombros descubiertos exudan calidez. A mí me avergüenza darme cuenta que había llevado la misma ropa que hubiese vestido en la oficina. La tribuna se llena y quedamos pegados, su pecho rozando mi espalda y su cabeza apenas apoyada sobre mi hombro mientras vigila el escenario aún vacío. Volteo la cabeza a mirarla. Mis exhalaciones mueven un poco su pelo.

Por fin se apagan las luces y el murmullo se convierte en vítores al salir uno a uno los miembros de la banda. Cuando Dárgelos aparece en el escenario se encienden todas las luces y la alegría se apodera de todos. ¿Por qué este tipo, bajito, con cara de duende y voz extraña, suscita tanto ardor?

La primera vez que lo vi me puso incómodo. Allá por el año dos mil, apenas me animaba a dejar de ser un pibe y enganché ese videoclip raro en MTV. Aparecían tres chicas jugando con ambivalente ternura. Una inflaba un chicle que parecía estirable hasta el infinito. A través del globo se traslucían sus labios entreabiertos. Como pude, entendí que se mostraba un misterioso rito de pasaje, de chicas a mujeres. El clip ofrecía unos segundos de esa escena, los suficientes para descubrir que había algo en el mundo que se llamaba placer; luego se interrumpía, y el rostro poco agraciado del cantante aparecía entre las sombras y el humo. Esa aparición me producía gracia y hastío, porque, en esos primeros dibujos de la atracción, el tipo era lo contrario a lo agradable. Cabeza redonda, ojos hundidos, pelo lacio y engominado, pegado a la cara como una cáscara, boca torcida y demasiado grande. Aparecía como diciendo: esta es mi casa, ¿qué esperabas? ¿Un galán? ¿Creés que no me puede pertenecer un mundo de placeres, por no verme como los actores de las novelitas que mira tu prima? Invitaba a pasar a un sueño, con sensaciones que yo no sabía clasificar o nombrar. Tampoco me atrevía.

Todo su gesto, sus palabras, eran desafiantes. No había otra cosa igual en la tele. El tema se llamaba El loco. Cantaba sobre ser la víctima de un dios, pero lo cantaba con una mezcla de nostalgia y gozo. ¿Quién era el loco, él, la víctima o el dios? ¿El dios era la chica evaporada, platónica, y yo iba a ser un loco por querer ver más de ella, sin saber si era real, o posible siquiera? Diría que en ese momento yo tenía diez u once años. Sería lógico pensar que esas imágenes fueron las primeras que me mostraron cosas que me podrían gustar, que me erizarían la piel, que me harían buscar.

Dárgelos fue desde entonces, para mí, un cerbero, el guardián de un mundo al que tampoco estaba seguro de querer entrar. Sí, había deleites, al parecer, en la vida adolescente, en el anhelo sensual. Pero también podía volverme loco. Me generaban resentimiento y curiosidad tanto él como su música, los temas que trataba. Con los años, sus canciones se volvían cada vez más provocadoras; hablaban del deseo, de sexo y de seducciones prohibidas en escenarios nocturnos. A mí ya me preocupaba la vida social, la injusticia capitalista, y toda esa fijación me resultaba superficial. Si había injusticias, ¿qué podía aportar ese tipo a la cultura que necesitábamos edificar? Yo seguí buscando rebeldía en el rock, en el metal, en el tango o el folklore. Escuché a Atahualpa hablar de pobreza y de lucha, ¿qué indisciplina podía haber en evocar el roce de una tela en las partes íntimas?

Más de veinte años después de ese primer encuentro, nos volvemos a ver: esta vez cara a cara, él sobre el escenario y yo en el público. Los roles explícitos de una ceremonia audaz. Como en un circuito, vuelvo con los años a encontrar el punto de partida, trayendo conmigo las experiencias de esa transición juvenil, y de los veinte y treinta años. Ya no me resulta superficial la búsqueda del placer. Más que nunca, el capital absorbe esa búsqueda y la convierte en mercados inmediatos, en datos agregados, cifrados y descifrados por algoritmos. Los nuevos dioses locos, invisibles, omniscientes. En este ritual sónico, en cambio, el deseo vuelve a ser algo que atraviesa los cuerpos. Rayos lumínicos, móviles, parten del escenario y rebotan entre los atendientes. Se transpira, se baila, y músicos y público ofrendan su energía a otro dios, uno pagano, sensual.

Pero Dárgelos ya no canta sólo sobre el deseo. ¿Alguna vez fue así? Habla de la muerte y de cómo apalabrarla hasta que desista de llevarnos. Ganarnos un día más. Habla de frente y sin penas sobre amigos muertos, y también sobre deshacerse en los demás, en comunión impía. Sobre el escenario, en las visuales, se forma una versión noctámbula, libidinosa, del símbolo de los trabajadores unidos: una luna acolmillada y un tridente remplazan la hoz y la maza. La izquierda de la noche. Entiendo que podemos ser más que la muerte, que opera siempre tranquila, cuando nos podemos fundir con los otros; el deseo es el instrumento y Babasónicos, por un rato, es el obrador. Afuera del microestadio se desata una tormenta, que acompaña a los cuerpos vibrantes. Esta noche es posible desear más allá de lo que dictan los nuevos dioses del lucro. Somos capaces de volver a ser irreverentes.


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