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Vargas Llosa en el campo: 11. El patriarca liberal

Alexis Iparraguirre · 2026-03-02 06:33 · 0 claps · 4.3 min read
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Vargas Llosa en el campo: 11. El patriarca liberal

Cómo Vargas Llosa se convirtió en autoridad moral del liberalismo global y se lanzó a reconfigurar el campo cultural peruano durante las dos primeras décadas del siglo XXI

Entre 2000 y 2015, Vargas Llosa pasó de ser un novelista de prestigio universal a convertirse en una de las voces más visibles del liberalismo global. El Nobel de 2010 selló ese tránsito: lo proyectó a una escala distinta y le dio una autoridad moral en un momento marcado por la crisis del consenso liberal, el ascenso de los populismos y las tensiones que dejó la recesión de 2008. Con el tiempo, quedó claro que el “liberalismo” que defendía coincidía casi por completo con el neoliberalismo de corte economicista — desregulación, Estado mínimo, privatización, apertura comercial y una ética de la responsabilidad individual — , aunque él evitara ese término por su desgaste en América Latina. Era una estrategia simbólica que buscaba presentar su programa como la versión legítima y moderna de la libertad.

En paralelo, su figura se había desplazado del ámbito editorial del hispanismo hacia espacios donde la cultura legitimaba el orden económico global. El Premio Las Américas (2000–2001) lo convirtió en interlocutor político en Estados Unidos; el Premio Cristal de Davos (2001) lo integró al imaginario cultural del capitalismo global; y en 2005 el Premio Irving Kristol del American Enterprise Institute (AEI) lo consagró como portavoz de un liberalismo organizado a escala planetaria. En la ceremonia de ese premio pronunció su discurso Confesiones de un liberal, que fijó un marco ideológico que oponía libertad al colectivismo, el nacionalismo y el populismo mediante una relectura del viejo esquema civilización/barbarie, una perspectiva dicotómica que le permitió ser más frontal, pero también menos flexible en los razonamientos de sus columnas y declaraciones.

Para 2010, Vargas Llosa ya operaba como una figura global con peso político y autoridad cultural. El Nobel desencadenó una apoteosis nacional: doctorados honoris causa, bibliotecas que adoptaron su nombre, homenajes oficiales y relanzamientos exitosos de todos sus clásicos. La creación del Ministerio de Cultura ese mismo año reforzó esa percepción, pues su primer titular, el antropólogo Juan Ossio, era muy allegado suyo desde los tiempos de la comisión de Uchuraccay. Todo ello consolidó la idea de que Vargas Llosa encarnaba un modelo de modernización liberal en un momento en que ese orden parecía amenazado.

Ese nuevo estatus se articuló con un clima cultural peruano que él mismo había ayudado a moldear desde comienzos de los 2000. La alianza liberal–izquierda democrática que restauró la democracia adoptó como horizonte simbólico su defensa de la estabilidad económica — el neoliberalismo sin la tiranía fujimorista — y convirtió su figura en un referente moral. En ese marco, el país fue naturalizando una sensibilidad meritocrática: miniseries sobre emprendedores exitosos desplazaban los conflictos estructurales hacia relatos de superación personal, mientras la campaña Marca Perú celebraba el emprendimiento como identidad nacional.

En este contexto, y gozando de su mayor predicamento como intelectual globalizado, Vargas Llosa expresó su apoyo explícito a Contarlo todo (2013), la primera novela del escritor Jeremías Gamboa. La obra narra un ascenso basado en talento y esfuerzo, pero lo hace desde un voluntarismo que reduce el logro literario a la experiencia individual y a los afectos como motores del progreso. A diferencia de la literatura neoliberal de los noventa — encarnada por Bayly, que asociaba libertad con deseo — , Contarlo todo proponía una subjetividad orientada a la autodisciplina laboral y a la interiorización de las reglas del rendimiento profesional. Su protagonista, un sujeto mestizo que busca integrarse al campo cultural limeño, convierte su vida en proyecto, gestiona su tiempo y sus afectos como capital humano y adopta códigos culturales de los sectores de mayor prestigio.

El elogio de Vargas Llosa reforzó esa lectura. Contarlo todo se convirtió en el primer best seller local en muchos años, lo que amplificó su visibilidad. Pero ese éxito no disipó las tensiones que ya atravesaban la escena cultural limeña. Desde hacía años, la prensa literaria — en especial El Comercio, donde Gamboa trabajaba — había ido empujando el campo hacia un modelo de escritor internacional dedicado a la exaltación de la experiencia individual e incluso a la autorrepresentación dentro de estas coordenadas. Ese sesgo editorial había generado una resistencia creciente entre la mayoría de intelectuales y escritores con formación literaria, quienes cuestionaban tanto la superficialidad del enfoque como la relegación del arte literario a las secciones de entretenimiento del diario, un gesto que para muchos simbolizaba la subordinación de la literatura a las lógicas comerciales. En ese clima, la aparición de Contarlo todo y su intensa campaña publicitaria fueron leídas como la confirmación de un proyecto cultural restrictivo, orientado a intereses comerciales y artísticamente empobrecedor.

Mientras ese debate agitaba la escena limeña, la propia obra de Vargas Llosa reforzaba la imagen que lo acompañaba desde comienzos de la década: la de un patriarca liberal cuya escritura funcionaba como extensión de su autoridad moral. Primero, La civilización del espectáculo (2012) lo consolidó como árbitro cultural al diagnosticar la banalización de la vida pública desde la defensa de la alta cultura del siglo XIX, la centuria del liberalismo clásico; luego, El héroe discreto (2013) trasladó a la narrativa doméstica los valores que él promovía como fundamentos de la vida moderna — ética del trabajo, responsabilidad individual, meritocracia; y, finalmente, el guión de Los cuentos de la peste (2015), al reinterpretar El Decamerón, lo inscribió en la genealogía de los autores humanistas y reafirmó su lugar como continuador de una tradición literaria universal, una dignidad que había trabajado previamente mediante dos obras teatrales: Odiseo y Penélope (2006) y Las mil noches y una noche (2010).


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