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Sin pena y sin gloria

A la mañana habíamos salido a dar una vuelta por la estación. Hacía calor; mamá me había puesto un solero y unas zapatillas tipo…

Susanamsalguero · 2025-12-03 15:48 · 0 claps · 2.6 min read
#cuento #relato #ficción #susana-salguero #diciembre
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Sin pena y sin gloria

A la mañana habíamos salido a dar una vuelta por la estación. Hacía calor; mamá me había puesto un solero y unas zapatillas tipo guillerminas, pero de tela escocesa. Ella no sabía que mi abuelo me iba a llevar bordeando las vías. El lugar estaba lleno de flores de manzanilla y mi pediatra creía que yo era alérgica. Algo en mi cuerpo, ya a esa edad, se revelaba sin explicación. El simple contacto con aquella planta tan sanadora me generaba manchas rojas enormes, como quemaduras. Y luego, fiebre alta. Creo que esto me ocurrió hasta los seis años; después vendrían otras cosas, claro. A mi abuelo le faltaba el pulgar de la mano derecha. Se había pinchado con una chinche, la infección creció y perdió el dedo. La historia la sabía de memoria porque me la contaba antes de dormir, para que siempre tuviera cuidado. No era la única historia. Mi favorita era aquella en la que escapaba del franquismo saltando de techo en techo. Para alguien de cinco años, eso era inabarcable. Después, casi por accidente, supe que me había mentido. Nunca escapó de la Guerra Civil Española: vivía en el campo. Imposible que hubiera huido por los techos. Yo lo amaba más que a nada; siempre hacíamos planes juntos. Y aquella mañana de diciembre teníamos previstos varios: dejar la carta a Papá Noel en el buzón de la esquina, primero; jugar a las bochas con sus amigos, después. Al volver a casa, comprar caramelos en lo de Susy. Y galletitas para el té. Todas actividades penadas por mis padres, que habían decidido que yo no debía comer dulces ni pasar tanto tiempo en la parte de atrás de una estación de trenes con viejos desconocidos. Sí, eran amigos de mi abuelo, pero ¿amigos de dónde? ¿Quién los conocía? No hables con ninguno, insistía mamá. Papá, directamente, cuando se enteraba, se peleaba con él. Sin intermediarios. Yo lloraba y lo defendía. Ese día hubo un agregado: pasar por el kiosco de revistas y comprar Billiken y Anteojito. Las dos juntas eran casi un anticipo de Navidad. Mi papá, que era generoso conmigo, siempre me hacía elegir una u otra. Yo elegía Anteojito. Billiken era mejor, pero esa se la compraban a mi primo y yo la leía los viernes, cuando íbamos a la casa de mis tíos.

Volvimos despacio, yo agarrada a su mano, sosteniendo mis tesoros en la otra. La trompa manchada por un helado que me había comprado en algún punto del trayecto. Al entrar en casa, mamá me mandó a mi habitación — que también era la de mi abuelo — y discutieron. Tendríamos que haber disimulado mejor el helado. Después, lo normal en una casa: baño urgente para sacar la roña de la calle, almuerzo, siesta, merienda con té negro y galletitas, un rato de dibujos y un bache enorme lleno de horas que no recuerdo ni puedo completar. Entonces, la noche. Jamás me separaba de mi abuelo. Nunca. No podía entender cómo se iba a ir a una fiesta sin llevarme. Me sentía inquieta, enojada. Mamá me dijo que dejara de llorar. Que basta. Ella no entendía nuestra relación. Y yo no quería que me dejara sola. En un momento intenté esconderle los tiradores que usaba, pero no tuve éxito ni imaginación: rápidamente los encontraron. Mi abuelo terminó de vestirse y salió para el cumpleaños de uno de mis tíos. Yo me negué a saludarlo; le di vuelta la cara. Estaba herida, furiosa. Inasible. Mamá no podía calmarme. Insistió en que le diera un beso. No te quiero ver más, le dije. Él se fue. Mi madre, con su frialdad habitual, me sermoneó: Dios castiga sin pena y sin gloria. Mirá si se muere hoy y no lo volvés a ver. Sos una nena grande. Pensá un poco. Me hice pis encima. Durante la noche, en mi mesa de luz, apareció el caramelo que él me había comprado. No había estado ahí. No podía estar ahí. Nadie dijo una palabra. Al día siguiente, mamá me llevó a su habitación. Me dejaron ver dibujitos y almorzar en la cama grande, usando una bandeja especial. Nunca más comí caramelos.


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